UN DOBLE FILO EN LA MIRADA

UN DOBLE FILO EN LA MIRADA

A través de aquellos grandes ventanales del piso diez  se observa la bella curvatura del cerro Manquehue escrita como prólogo a la inmensidad de Los Andes. El intenso verde del club de Golf que lo antecede crea un escenario perfecto para sentarse y admirar la divina naturaleza. No obstante, al interior del departamento ubicado en Las Condes, en cada una de las salas, se aprecia otro espectáculo de vívidos colores reunidos en intensas e inquietantes miradas.

Cada una de las obras – cerca de 25 – son creación de Karin Helmlinger, quien luego de 2 años y medio de trabajo expuso “Un doble filo en la mirada”, cuadros que en técnica mixta de óleo y acrílico realzan sobre tela la figura femenina por sobre la masculina, con mujeres fuertes, severas, bellas, seductoras. Trabajo que según la artista surge de la emoción, de los sentidos, y que al concluir toma una forma de razonabilidad.

A ciencia cierta Karin Helmlinger sabe de racionalidad. Por más de 18 años dirigió un centro de mediación y arbitraje en la Cámara de Comercio aprovechando la mayor cantidad de ratos libres para pintar. Hoy, concilia sus dos mundos – el arte y el derecho – al ejercer la docencia en varias universidades con un horario que le permite mayor dedicación a sus cuadros.

 

Háblanos de la exposición “Un doble filo en la mirada”, ¿de qué trata?

“Habla mucho de mí, primero por la presencia femenina. Mujeres fuertes, bien paradas… las escojo así. Son mujeres normalmente solas; cuando alguien las acompaña no forman un conjunto con la otra persona, pues su mirada distante causa la sensación de que estuvieran solas. Y si bien, los personajes de mis cuadros son modelos bonitos, la verdad es que me interesa otro tipo de belleza.

¿Y de qué trata? Bueno, eso lo decide el observador. Para mí funciona en la medida que te inquieta o llama a pensar en algo. Es sentarse un rato y ver qué te dice la mirada y captar a qué te interpela. Por eso llamé a este conjunto de cuadros Un doble filo en la mirada”.

 

¿Cómo surge este conjunto de más de 20 obras?

“Surge hace unos tres años, aunque no dije voy a crear esta muestra. Tú sencillamente pintas y luego, sigues pintando. Es lo que sabes hacer. Ahora, por una coherencia lógica del mismo trabajo cada una de las piezas comienzan a concatenarse hasta que dices: Esto es”.

 

¿Por qué la mujer cobra tanta relevancia en tu arte?

“Simplemente porque me encanta, no es nada racional. Pienso que hay una sobrevaloración en general, no solo en el arte, de la razón por sobre la emoción.  Creo que todos, incluso los que afirman ser más racionales y vivir en un lugar lleno de reglas urbanas siguen siendo seres emocionales. Tomamos nuestras decisiones diarias por el tacto, el olfato, la vista,  historias y vivencias. Después le otorgamos,  como dice Humberto Maturana, una linda forma racional, de lo contrario no podríamos  siquiera comunicarnos ni entenderlo nosotros mismos, sería solo una sensación. Pero cuando yo “decido hacer ese cuadro” no tengo ninguna razón para hacerlo. Luego le damos una razonabilidad porque nuestro cerebro funciona de forma dual, requiere comprender”.

 

Observo un vestuario bastante peculiar en tus personajes, muy cercano a la tierra, no sé si llamarlo étnico o hasta tribal.

“En realidad el vestuario dice mucho, aunque no tiene nada que ver con lo que tuviera alguien puesto cuando me inspiré. Y si bien las caras tienen siempre algo mío, un rasgo o simplemente un gesto, los trajes comienzan a aparecer. Eso sí, me gusta todo lo relacionado con las etnias; valoro mucho no sólo la sabiduría indígena, sino todo lo colectivo, las cosas naturales y la cultura grecolatina”. 

 

Leí sobre tu interesante ascendencia y crianza multicultural.

“Soy hija de inmigrantes que a su vez son hijos de otros inmigrantes. Mi  apellido Helmlinger es alemán, pero mi padre – quien llegó a Chile a los 18 años de edad - es de ascendencia eslovenia y croata, así que nací en un ambiente primero esloveno-croata mezclado con chileno. Por otro lado,  mi abuelo materno era catalán y mi abuela libanesa-italiana, pero también nacida en Chile. Gracias a esta multiculturalidad creo ser una persona muy curiosa, que desde chica quería estudiar algo relacionado con el folclore. Te preguntas qué es exactamente eso.

En mi casa fui educada sin darme cuenta entre la diferencia entre hombres y mujeres,  entiendo que las hay,  pero nunca vi incapacidades o diferencia de talentos por ser uno u otro. Eso puede ser por la formación suiza donde nosotros construíamos algo, después los hombres cocinaban, cosían y bordaban. Te hablo de la década del setenta y tanto, donde eso no era muy habitual en Chile”.

 

Retomando el arte, ¿cuál es tu escenario idóneo para pintar?

“Para pintar debo tener un orden inicial que luego de un rato se transforma en un desorden espantoso. Paro y reordeno, de lo contrario no podría seguir.  Coloco música ecléctica, puede ser Mercedes Sosa, Mozart, Björk o Sinéad O´Connor, excepto rock pesado”.

 

¿Haces bocetos?

“No me salen, mi boceto es la tela. Estoy dispuesta a cambiarla 20 veces si es necesario. Un mismo cuadro puede tener siete tenidas o vestuarios, cuatro fondos; puedo incluso estar varias semanas trabajando en un cuadro y al final cambiar todo el fondo. Espero que nadie vea mis obras con rayos x, no entenderían nada, porque al igual que en la vida, para mí el arte es un proceso de cambio constante”.

 

Tus propias obras reflejan con distintas luces del día este cambio.

“Por ejemplo el cuadro TZIGANES (óleo y acrílico sobre tela 120 x 140 cm) varía su tono unas cinco veces a lo largo del día, siendo las siete de la tarde mi hora favorita en que los rostros de los personajes se ven radiantes y sus ojos se incrustan en mí mirada. O sea, la gran palabra para mí es la transformación. Y no puede ser casualidad que enseñe en la universidad sobre la trasformación de las personas a través de la comunicación. Al parecer estoy llegando a un momento donde las cosas confluyen, una sintonía interna en cómo uno vive, trabaja, siente las cosas, cómo se comunica”.

 

Dices que no te gusta interpretar ni darle nombre a un cuadro.

“Es como con el vino, aunque valoro la enología, no necesito saber mucho de cierta cosecha, o tal cepa para saber si me gusta o no lo que estoy bebiendo. En  el caso de mi arte, pienso que el  observador es el cien por ciento y el pintor es el otro cien por ciento. Un cuadro para mí me llega o no me llega desde la emoción”.

 

 

 

 

www.khelmlinger.cl