Entre establos, bosques y lobos, una joven periodista chilena se instala en un pintoresco rancho alemán como voluntaria creyendo que aprendería todo sobre caballos. Pero entre el barro de las madrugadas, las rutinas del trabajo rural y un bosque que parece no tener fin, descubre un lugar donde la vida cotidiana convive con una historia que aún permanece bajo tierra.
- Relato y fotografías: Trinidad Rendich
- Instagram: @trinirendichga
«Aún siguen encontrando bombas de la Segunda Guerra Mundial”, menciona la anfitriona del lugar, Dani Decker durante el desayuno, mientras bebe café en una taza floreada y colorida. Como si la gravedad de aquella afirmación que sostiene la anfitriona, se aligerara con la estética delicada de la vajilla. Un comentario que te hace recordar que estás muy lejos de casa.
A las 7:30 de la mañana el rancho ya está más que despierto. Y apenas se hace contacto visual con los caballos, relinchan al saber que su comida está por llegar. Afuera, el pasto se ve algo gélido, pues la primavera en Alemania se parece mucho más al invierno chileno. O al menos así se vive en Bellersdorf, un pequeño pueblo rodeado de un bosque en el que no se podría encontrar el final del arcoíris.
La rutina comienza antes del desayuno. Primero hay que alimentar a los animales. Minutos después, cruzas el patio junto a los otros voluntarios rumbo al restaurante familiar. Te sacas las botas para no dejar huellas en el acogedor lugar que tiene más de 45 años de historia, y te pones unas pantuflas. A cada voluntario le han regalado unas.
Al abrir la puerta de “Gasthaus Decker”, el padre de Dani, un señor alto y delgado de unos 80 años, que se ha dedicado toda su vida a la cocina, te recibe con una camisa cuadrillé, unos jeans altos y un: guten morgen.
Tras una cantidad abundante de jamón serrano, salame, salchichas y más jamón, vienen los establos.
Entre palas y carretillas, las mañanas transcurren sacando el estiércol y removiendo paja húmeda. Si bien no es el clásico destino que uno esperaría luego de ver tantas comedias románticas situadas en pueblos, no está nada mal cuando coincides con un compañero chileno que como buen nacionalista trajo un artículo imprescindible para el sudamericano: un parlante.
UN BRAZO DE DISTANCIA
Al conocer a personas del pueblo, el impulso es automático: saludar de beso en la mejilla como en Chile. Sin embargo, al ver alrededor se puede observar a cada persona gozando de su espacio cuadrado.
“Menos mal no lo hiciste”, dice Dani entre risas. En Alemania, explica, el saludo se mantiene a distancia. “Debes imaginar un brazo completo, sobre todo con desconocidos”.
La advertencia no se siente como una reprimida, sino como un código social que regula la cercanía física. No obstante, mientras te atas los cordones de los bototos, endurecidos por el barro, no puedes evitar pensar: “qué diferente es todo.”
ÁRBOL DE MAYO
El frío, el barro y el olor a establo comienzan lentamente a volverse cotidianos. Pero el 30 de abril la rutina se interrumpe. En Bellersdorf, el levantamiento del árbol de mayo transforma el silencio habitual del pueblo en una celebración comunitaria.
La lógica detrás de la tradición parece simple: nadie puede dormir hasta que salga el sol. Solo así el árbol permanece protegido de los pueblos vecinos, cuyos habitantes intentan robarlo o cortarlo durante la madrugada como parte de un legado que se ha transformado en una especie de juego.
Resulta curioso ver como incluso los alemanes más estrictos con sus horarios y rutinas permanecen despiertos hasta la madrugada vigilando el árbol entre cervezas, salchichas, sopa de papa y conversaciones que se alargan más de lo habitual. Como si en aquella fecha el “brazo de distancia” que suele regir los saludos cotidianos se desvaneciera.
O tal vez no importa. Después de todo, quienes viven en las casas blancas que rodean Bellersdorf, alineadas una junto a la otra y con jardines perfectamente verdes, son familia entre sí.
“No creo que logre quedarme hasta al amanecer”, le digo a Mauro mientras bebemos una cerveza entre risas, contemplando el árbol y compartiendo anécdotas que vivimos en nuestro país de origen.
Los niños lo decoraron con serpentinas de colores y, al verlo levantado frente al pueblo, cuesta creer que horas antes seguía enterrado entre los árboles del bosque. Derribarlo tomó varios intentos. Fue como jugar al “tira y afloja», sólo que con un oponente mucho más pesado.
“LAS HADAS SE ENOJAN”
A pesar de dormirse tarde, la alarma o el grito del gallo no perdonan. Otra mañana, otro día de trabajo. En el pueblo, la vegetación crece sin límites, y cuando las ramas comienzan a invadir los corrales donde pastan los caballos, toca despejar los terrenos. Ello interrumpe la clásica rutina de los voluntarios que ya por inercia, se dirigen todos los días a los establos.
Entre árboles de más de 30 metros el canto de los pájaros acompaña el sonido agresivo de la máquina eléctrica que corta con infinita rapidez. Dani comenta que “cuando cortas las plantas, las hadas se enojan”.
Y es que Bellersdorf realmente parece sacado de un cuento de hadas. Por un momento, la idea parece completamente posible: bosques interminables, casas antiguas y caminos donde el silencio sólo se interrumpe con el viento, la lluvia o los animales. Un pueblo de más de cuatrocientos años que parece existir fuera del tiempo.
Pero el sonido de la máquina vuelve a interrumpir los pensamientos. Al levantar la mirada, luego de que varias ramas golpearan el rostro, aparece nuevamente el bosque. Y entonces surge el pensamiento intrusivo e inevitable: ¿qué hacer si aparece un lobo o un oso?
EL SUSTO A LO DESCONOCIDO
“Hoy los lobos mataron a un caballo a ocho kilómetros de acá”, menciona Dani mientras cenamos en la cocina de la casa.
Hasta ese momento, los lobos parecían parte del imaginario del bosque, algo lejano. Pero escuchar que uno había matado un caballo tan cerca cambia la forma en que se mira la oscuridad al salir de la casa por la noche.
Por primera vez en días, la cena no incluye salchichas, jamón ni algún otro tipo de cerdo. El pesto fue preparado con ingredientes cosechados en el mismo lugar y el ajo, explica Dani, salió directamente del bosque que rodea Bellersdorf.
La cocina se siente acogedora: cojines coloridos, las paredes pintadas de amarillo, luces cálidas y ventanas desde donde todavía entra la luz del día. Aquí el sol se esconde cerca de las nueve de la noche. Afuera no se escucha nada y quizás por eso la frase incomoda más de lo que debería.
Hasta entonces, los lobos parecían parte de las historias del pueblo. Algo que pertenecía al bosque hace un par de siglos y no a la rutina cotidiana actual. Pero no. Han vuelto, y en manadas.
Entonces el rancho, que hasta ese momento parecía detenido en una calma casi irreal, sorprende con la noticia. Resulta inevitable pensar la experiencia de forma cinematográfica cuando se viaja sola. ¿Es una película histórica, una de terror o simplemente la vida rural alemana lejos de las postales?
“¿Quieren algo dulce?”, pregunta Dani, como en cada cena, con el pelo rubio todavía amarrado después de otro día entero de trabajo. “Esta mujer es como SuperWoman”.
MERECIDA POSTAL
Los días transcurren, y empiezas a sentir que Bellersdorf es un hogar fuera de casa. No solo se cumple el sueño de vivir en un rancho rodeado de animales y naturaleza: también tienes la sensación de haber entrado en otro tiempo. Tanto así, que por un momento dudas si lo que acabas de ver fue realmente una carroza.
Mientras vas a darles vitaminas a los caballos, junto a la voluntaria holandesa, recuerdas el comentario que dijo Mauro hace unos días cuando cocinaban los tres: “En Holanda viven las personas más altas”. Y así es como lo confirmas mientras tus pasos se sienten pequeños y lentos al lado de Caitlin, una chica rubia de un metro ochenta. Y no sabes si es por tus piernas más cortas o por las tres capas de ropa que llevas para luchar contra los -4°.
Al llegar a los pastos, las voluntarias contemplan la maravilla de ver a los caballos en su estado natural, corriendo, jugando y relinchando. A pesar de tener que dirigirse todos los días para allá, la sensación que genera estar entre ellos, no cambia ni disminuye. Y ahí es cuando el susto a lo desconocido se desvanece por completo.
“Hoy entiendo cuando le mencioné a Dani que tenía ganas de ir a conocer ciudades grandes de Alemania y me dijo que no valía la pena porque habían sido bombardeadas en la guerra. Me aclaró que todo lo que se veía ahí eran edificios modernos y reconstruidos, y que para conocer el origen, era mejor ir a lugares cercanos al pueblo.
Y sí, ahora lo puedo confirmar: Bellersdorf merece una postal.
Y aunque el pequeño pueblo alemán empieza a quedar como memoria, el viaje continúa hacia el sur. Quizás ahora sea el turno de descubrir un pequeño pueblo en Italia. Tal vez aquel paisaje también tenga su propia forma de quedarse…














