Para las cámaras y las redes sociales, livianita de sangre. Para adentro, observadora, sensible y muy reflexiva. Así se autodefine. Su mundo interior lo cuida y protege a toda costa en un medio donde la exposición es una sombra siempre latente. Con casi 30 años en el mundo de las teleseries y consolidada como conductora radial, cuidar el metro cuadrado es todo un reto frente al acecho de la farándula. Bien lo sabe tras su mediática separación ocurrida en agosto de 2025, después de diez años de matrimonio, proceso que la llevó a sacar diversas lecciones; entre ellas, la convicción de no hacerse cargo de lo que piensen los demás.
- Entrevista: Pablo Yutronic
- Maquillaje: Ely Gaby
- Fotos y producción: Guille Vargas Pohl
- Instagram: @varletazo
La vida ha ido mutando para Carola, al igual que sus prioridades. El foco antes estaba puesto en el trabajo y los viajes, en una dinámica vertiginosa sin tiempos para la pausa. La maternidad no figuraba en sus planes iniciales, pero se abrió paso de forma natural. Hoy, madre de dos pequeños, abraza este rol como un catalizador de profundo aprendizaje: la certeza de establecer límites y la virtud de mantenerse atenta, despierta y alerta.
Su intuición, lejos de abandonarla, la acompaña desde la infancia con la convicción íntima de que triunfaría en la actuación. Y no se equivocó. Carola Varleta es un nombre indiscutible de nuestra televisión. Imposible no recordar su participación en Machos (2003), donde dio vida a Kiara, una inolvidable y magnética adolescente de espíritu rebelde.
Y es que esta comunicadora nata, ha conquistado la conducción televisiva y el lenguaje de la radio con fluidez. Una figura versátil que no se detiene y que, hoy, puntual y con la calidez que la caracteriza, llega a nuestro estudio para compartir una distendida sesión de fotos. Entre café y pautas previas, nos disponemos a iniciar un diálogo cercano con un rostro entrañable, dispuesto a abrir su mundo interior, sus aprendizajes y la faceta más íntima de su historia.
¡Ingresaste a las teleseries en 1999! ¿A qué atribuyes haberte mantenido vigente durante tanto tiempo en la industria?
—¡A la intuición! Cuando le conté a mi papá que estudiaría teatro, le dije: “Créeme que me va a ir bien”. No sé de dónde saqué esa convicción, pero tenía la certeza absoluta de que todo saldría bien. Creo que he permanecido gracias al amor y la pasión que siento por mi trabajo; esa es mi gran motivación. Además, disfruto explorar las distintas facetas que han surgido a partir de la actuación, como la conducción. Hoy dicto talleres de comunicación para empresas, conduzco mi programa de radio, entre otros proyectos. A fin de cuentas, este árbol de la comunicación se ha ido ramificando con los años y me ha permitido desarrollarme siempre desde la expresión. Estoy profundamente agradecida, no solo de la actuación, sino de las comunicaciones en su totalidad.
Imposible no hablar de «Kiara», tu icónico personaje en la exitosa teleserie Machos. ¿De qué manera marcó tu carrera?
—¡Ahí se me abrió el mundo por completo! Si bien ya había hecho otros trabajos antes, fue con Machos que mi carrera realmente explotó; ¡a partir de ahí no paré más! Fue maravilloso. Era un personaje rebelde al que le tengo un cariño enorme. Yo venía llegando de vivir un par de meses en Nueva York, así que traía una energía y un ímpetu muy grandes por comerme el mundo. Machos me abrió las puertas a todo: campañas publicitarias, eventos, de todo. Recuerdo que me impactaba mucho cuando la gente me saludaba en la calle; recién ahí tomé real dimensión de lo que estaba pasando con la teleserie y con mi personaje.
¿Cómo manejaste el ego en ese momento? Tenías solo 24 años…
—Lo que ocurre es que mi motivación siempre fue actuar, no la fama, y creo que ahí radica la gran diferencia. Elegí ser actriz porque era mi manera de expresarme, de entender el mundo; jamás fue una búsqueda de reconocimiento público. Siempre mantuve los pies bien puestos en la tierra gracias a mi familia, mis amigos y mi entorno más cercano. Nunca perdí el eje. Al contrario, los cimientos que me dieron mis padres fueron sumamente sólidos para no encandilarme.
No todo es color de rosa… Cuando has tenido que enfrentar momentos críticos, ¿de qué manera los has abordado?
—Hubo épocas en las que no valoraba del todo dónde estaba parada ni el enorme privilegio que significaba estar ahí. Sobre todo en esos años frenéticos en los que grababa una teleserie tras otra. Caí en el error de no dimensionar esa suerte de estar en la cima, dándolo casi por sentado, como si fuese a durar para siempre… y luego la vida te enseña que nada es para siempre (ríe).
¿En qué momento se produce ese punto de inflexión donde comienzas a valorar realmente lo que tenías?
—Ocurre cuando tus prioridades cambian; en mi caso, de forma definitiva, cuando fui mamá. Uno evoluciona, la vida va mutando y de pronto te das cuenta de que el eje central ya no está en lo laboral, sino en la maternidad. Es ahí cuando comprendes, en toda su magnitud, que nada es para siempre.
Ser madre, ¿cambió de manera radical tu perspectiva sobre la vida?
—¡Uf, en todo! Antes mi foco era ciento por ciento el trabajo, viajar, la vorágine. De hecho, ser mamá no era una prioridad en mi vida ni una meta preconcebida; si pasaba, perfecto, pero jamás estuvo en mis planes someterme a tratamientos. No fui de las personas que crecieron diciendo “quiero ser madre”, fue algo que simplemente fluyó con el tiempo. Pero cuando me convertí en mamá, mis prioridades cambiaron por completo: cambia el rumbo, la dirección de tu vida, todo. Lo que sí tenía claro era mi deseo de construir un núcleo familiar. Para mí, la familia es fundamental, independientemente de cómo esté conformada, aunque sea con una mascota. En el fondo, anhelaba tener ese espacio íntimo de amor y contención.
Has mencionado que en su momento te costaba poner límites en la vida. ¿La maternidad influyó en esa postura?
—Siempre fui de un perfil muy conciliador, de evitar los conflictos, de no generar problemas ni hacerle daño a nadie. Sin embargo, con los años aprendes que es necesario marcar límites y aprender a ponerte a ti misma en primer lugar. Y al ser madre, indefectiblemente te ves obligada a estar más atenta, despierta y alerta. A fin de cuentas, de eso se trata la vida: de evolucionar y aprender de los propios errores.
¿Sientes que los errores han sido tus grandes maestros?
—Más que de los errores, he aprendido muchísimo de la vida misma. Soy una persona profundamente agradecida de todo lo que me ha tocado vivir. He aprendido a través de la observación, de la mirada, del diálogo. Lo que más me apasiona en la vida es conectar con las personas de forma genuina, conectar de verdad. En ese aspecto, siempre he sido sumamente reflexiva. Quizás proyecte una imagen muy liviana de sangre o desenfadada, pero por dentro soy analítica y observadora. Intento resguardar al máximo mi mundo interno; siempre lo he protegido celosamente. La Carola hacia afuera es una, pero la Carola hacia adentro es infinitamente sensible, y cuando alguien traspasa ese límite…
Como ocurrió con el episodio de tu separación, que fue de una alta exposición mediática…
—¡Fue algo sumamente violento! ¡Violentísimo! Precisamente porque era un proceso que yo deseaba resguardar. Claro, desde afuera la gente tiende a juzgarlo todo con un reduccionismo simplista de “uno más uno es dos”, pero las relaciones de pareja son complejas y tienen infinitas capas. Yo preferí guardar silencio porque sencillamente no me interesaba exponerlo; las únicas explicaciones se las debía a mis seres queridos y a nadie más. Ver cómo una historia con tanto trasfondo terminó manoseándose y reduciéndose a la especulación fue terrible. Me sentí invadida, lo pasé francamente pésimo.
En esa misma línea, ¿consideras que esa sobreexposición es el gran costo de pertenecer al medio?
—El otro día leía una encuesta que señalaba que a los chilenos no les gusta la farándula, pero ves el alcance de esos programas y les va increíble. ¡Ahí hay un doble estándar evidente! A ver, creo que el espectáculo y el rumor hasta cierto punto son parte de nuestra idiosincrasia. La contingencia liviana o el chisme nos entretiene a todos, ¿para qué nos vamos a engañar? Genera conversación, une a la gente… pero claro, cuando la aguja te apunta a ti, la perspectiva cambia drásticamente.
Sin embargo, si algo me dejó como aprendizaje todo ese episodio, es que no puedo hacerme cargo de lo que piensen los demás; eso ya pertenece al terreno del juicio ajeno. Para mí ha sido una lección enorme: comprender que solo soy responsable de mi propio metro cuadrado y de mis convicciones, porque a fin de cuentas es desde ahí donde construyo mi realidad.
¿De qué manera sanas esas heridas?
—Estos últimos años han sido sumamente reconfortantes justamente por eso. Siempre he tenido un mundo interior muy desarrollado, pero hoy procuro conectarme de forma consciente a través de la naturaleza, la meditación, la música o mediante personas clave que han llegado a mi vida a abrirme los ojos y a quienes valoro profundamente. En realidad es un todo; se trata de un estilo de vida. Y en ese proceso, la gratitud diaria es un pilar fundamental.











