Enclavada en la cuenca del lago Llanquihue, con una vista ininterrumpida hacia los volcanes Calbuco y Osorno, la Casa MG se alza como una oda contemporánea a la arquitectura sureña. El proyecto de Winteri Arquitectura equilibra con sutileza el rescate de la identidad local y una visión de diseño audaz y minimalista. Su fachada acristalada abre la vivienda al paisaje, permitiendo que el entorno entre y se convierta en parte del habitar. Espacios amplios, doble altura y materiales nobles dialogan con el entorno natural, generando una experiencia inmersiva donde tradición y modernidad se funden en un mismo gesto arquitectónico.
- Casa MG
- Lugar: Llanquihue, Chile
- Superficie: 112 m²
- Año: 2021
- Diseño: Winteri Arquitectura
- Fotografía exterior: Nicolás Saieh
- Interiorismo y fotografía interior: Vincent Pearson
- Redacción: Cristian Muñoz C.
Aorillas del Lago Llanquihue, en la región de Los Lagos, se levanta la Casa MG como un manifiesto contemporáneo que honra las raíces de la arquitectura sureña sin renunciar a la innovación. Desde su emplazamiento, los volcanes Osorno y Calbuco custodian la escena, convirtiendo al paisaje en un elemento activo de la experiencia doméstica.
Esta vivienda, proyectada en 2021 por Winteri Arquitectos, responde al encargo de una familia que deseaba algo más que un techo: buscaban un refugio que hablara el lenguaje del lugar, pero con palabras nuevas. Un hogar que respirara identidad local y, al mismo tiempo, ofreciera una mirada fresca, luminosa y actual.
El resultado es una casa de 112 metros cuadrados que combina la sobriedad formal del sur de Chile con una estética depurada. A primera vista, su silueta evoca los galpones rurales, con techumbre a dos aguas, revestimientos de madera oscura y terminaciones metálicas. Sin embargo, un segundo vistazo revela la audacia de un diseño que apuesta por la transparencia y la fluidez espacial.
La gran fachada vidriada, ese living-invernadero orientado hacia el noreste, no solo captura la luz de la mañana: también actúa como un marco abierto hacia el lago Llanquihue y los volcanes. Esta apertura deliberada transforma el paisaje en una constante presencia interior, como si la casa respirara al ritmo de la naturaleza.
El corazón del proyecto es un espacio de doble altura que organiza la vida cotidiana. En el nivel inferior se despliegan sin barreras el estar, el comedor y la cocina, mientras que en la planta alta, una pasarela liviana conecta el dormitorio principal con un estudio, en una disposición que equilibra privacidad y conexión.
Esta articulación no responde solo a criterios estéticos. La doble altura permite una ventilación cruzada eficiente y una ganancia solar pasiva que mejora el desempeño térmico. La forma sigue a la función, pero también a la emoción: desde cualquier punto, la casa se siente abierta, viva, inmersa en el paisaje.
El diseño también tomó en cuenta el clima sureño, con lluvias frecuentes y vientos predominantes del suroeste. Por eso, las áreas de servicio y circulación se ubicaron estratégicamente en la cara sur-poniente, protegiendo los espacios principales sin restarles luz ni vistas.
La relación entre esta vivienda y la casa colindante —proyecto de los hijos de los propietarios— fue un tema central desde el inicio. Ambas se pensaron como un conjunto: «juntas pero no revueltas». Comparten una paleta de materiales y proporciones similares, pero cada una conserva su orientación y autonomía visual.
REFUGIO MODERNO
En ese mismo espíritu de armonía, se utilizaron materiales nobles y duraderos, pensados para resistir el paso del tiempo y los embates del clima, como un refugio moderno. El techo de zinc acanalado, las tejuelas de alerce reciclado y el tinglado de pino tratado fueron seleccionados no solo por su eficiencia, sino también por su valor simbólico.
Cada elemento fue cuidadosamente elegido para establecer un diálogo entre tradición y vanguardia. Detrás de la envolvente, capas de lana mineral, barrera de vapor y cámara ventilada aseguran un excelente desempeño térmico, muy por debajo de las exigencias normativas.
El interior, por su parte, adopta un lenguaje nórdico y minimalista. Predominan los blancos, grises y antracitas, que actúan como un fondo silencioso para dejar que el paisaje entregue el color. La calidez se introduce mediante la madera en cielos y detalles, generando un equilibrio entre sobriedad y acogida.
La ausencia de herrajes visibles, el mobiliario integrado y las líneas puras contribuyen a una sensación de orden y reposo visual. Todo está pensado para que el ojo fluya sin interrupciones, al igual que la vida dentro de la casa.
Más allá de lo estético, el mensaje de la Casa MG es profundamente emocional. Quien la habita no solo encuentra abrigo, sino también una forma de habitar el territorio con respeto, de integrarse al paisaje sin someterlo ni competir con él.
Desde el momento en que se atraviesa la puerta roja —reminiscencia de los antiguos graneros del sur— el visitante es recibido por un espacio que se abre, que se desborda hacia afuera. La arquitectura no impone, acompaña. No domina, sino que se deja atravesar por la geografía. Una arquitectura que escucha. Que comprende que habitar en el sur profundo no es solo una elección estética, sino una forma de vida. Que no teme ser moderna, pero que no olvida de dónde viene.
En Llanquihue, esta casa se convierte en una ventana abierta. Un lugar donde la memoria se reinterpreta y donde la naturaleza deja de ser fondo para convertirse en protagonista. En su silencio elegante, Casa MG habla con fuerza. Y su lenguaje —hecho de madera, vidrio y luz— permanece en quien la visita, como un eco del sur más auténtico.











