Foto•Reportaje: Chiloé Salvaje

Desde los humedales que rodean su casa en Castro hasta los senderos más remotos de Tantauco, el médico veterinario y fotógrafo Diego Navarro ha construido una mirada íntima sobre Chiloé o Chilwe en mapudungún. Entre la vida clínica y la exploración del territorio, su cámara se ha convertido en una forma de redescubrir la isla, registrar su fauna y revelar un mundo salvaje que siempre estuvo allí, pero que pocos habían sabido ver.

  • Relato: Cristian Muñoz
  • Fotografías: Diego Navarro
  • Instagram: @ chilote.birds

Entre la rutina clínica y los silencios del paisaje, Diego Navarro encontró una forma distinta de mirar su isla. Médico veterinario de profesión, nacido en Puerto Montt pero criado en Queilen, en el sur de la Isla Grande de Chiloé, su historia con la fotografía no comenzó con una cámara profesional ni con una búsqueda estética planificada, sino con una necesidad íntima de reconectar con lo que siempre tuvo delante.

Hoy tiene 34 años, una hija de 9 años llamada Antonia y más de una década trabajando con animales menores. Pero fue hace unos ocho años cuando algo se quebró y, al mismo tiempo, se abrió. “Comencé a tener bajas emocionales relacionadas con la pega, y eso me llevó a comenzar a fotografiar”, recuerda. En ese tránsito silencioso, la isla se volvió otra.

ORIGEN Y EL HUMEDAL CERCANO

Diego nació y creció en el sur de Chiloé, en la comuna de Queilen, rodeado de naturaleza. El mar, los humedales y los bosques eran parte del paisaje cotidiano, no una excepción. Sin embargo, no fue hasta ese momento que empezó a mirarlos de verdad.

A unos 300 metros de su casa en Castro hay un humedal. Un lugar que siempre estuvo ahí, visible cada mañana. “De hecho cuando salgo en la mañana lo veo”, dice. Fue allí donde comenzó todo.

Con una cámara que había comprado originalmente para retratar viajes familiares, empezó a acercarse a las aves. Sin saberlo aún, estaba entrando en un mundo que había habitado toda su vida sin percibirlo.

LA FOTOGRAFÍA COMO DESCUBRIMIENTO

El primer gesto fue técnico: usar el zoom. El segundo, más profundo: aprender. Compró libros, identificó especies y empezó a nombrar lo que antes era solo movimiento en el paisaje.

La fotografía se transformó en una forma de estudio y también de calma. Un espacio paralelo a la clínica veterinaria, donde atiende perros y gatos de lunes a viernes. La otra mitad de su vida ocurría frente a una pantalla, observando aves que siempre habían estado ahí.

Su hermano fue clave en el siguiente paso. Le sugirió comenzar a compartir lo aprendido en redes sociales. Así nacieron pequeñas cápsulas digitales donde mostraba aves, luego mamíferos, luego paisajes. Sin pretensión, pero con constancia.

CHILOÉ DESCONOCIDO

Con el tiempo, la mirada se expandió. Ya no eran solo aves del humedal cercano, sino toda una geografía viva que comenzaba a revelarse. “Comencé a ver un mundo que estuvo siempre frente a mí pero que no lo veía”, resume.

Desde 2021 aproximadamente, su cuenta de Instagram se convirtió en una bitácora visual de la isla, pero también en una herramienta educativa. Mostrar un huillín, por ejemplo, era más que una foto: era una forma de existencia visible para otros. “Hay gente que no sabe que existe una nutria acá”, explica. La imagen se vuelve entonces un puente entre lo invisible y lo cotidiano.

Diego habla de una función doble: conservación y educación. Mostrar la fauna para protegerla, pero también para hacerla parte de la conciencia de quienes habitan la isla sin conocerla del todo. En ese proceso, también se reconfigura el turismo local. Ríos como Chepu o Notué, en Chonchi, comenzaron a circular en sus registros, junto a guías locales que transmiten saberes familiares sobre la navegación y el territorio.

RÍOS, SENDEROS Y TERRITORIO VIVO

El trabajo fotográfico lo llevó a lugares que incluso para muchos chilotes eran desconocidos. “Llegaba a personas locales que hacían estas navegaciones y tenían conocimientos transmitidos desde la infancia”, cuenta.

En ese intercambio, no solo se observa: también se aprende. Nombres de especies, rutas de navegación, relatos del territorio que no siempre están en los mapas oficiales. Chiloé, dice, no se reduce a sus palafitos o iglesias. “La isla no tiene nada que envidiarle al continente”, afirma. Hay senderos, playas y una naturaleza que se manifiesta con cercanía constante.

Esa concentración de vida es, para él, una de las grandes particularidades del territorio insular.

AVENTURA, LÍMITES Y CONSERVACIÓN

Con el tiempo, Diego comenzó a organizar salidas con otros fotógrafos y aficionados a la naturaleza. Grupos pequeños, expediciones colaborativas, viajes compartidos hacia zonas como Ancud, Chepu o Chonchi.

También ha viajado fuera de la isla para fotografiar el extremo norte y sur del país, además de otros rincones de América Latina. Este año se prepara para una nueva expedición a la Amazonía con un grupo de seis personas entre fotógrafos y amantes de la naturaleza. Pero es en Chiloé donde su trabajo toma más fuerza.

Una de sus experiencias más intensas fue en el Parque Tantauco, en el sendero Caleta Zorra. Un recorrido exigente, de varios días, que terminó convirtiéndose en una prueba física y emocional. “Es un sendero que se hace en siete días, yo lo terminé en cinco”, cuenta. De seis personas, solo dos completaron la travesía.

Las turberas, el barro, los envaralados de ciprés, los incendios pasados y la humedad constante transforman el paisaje en un desafío físico permanente. “Caminar en turberas es súper complicado”, dice. Hubo jornadas de hasta 30 kilómetros en un día. El cansancio fue extremo, pero también formativo.

No es una aventura romántica. Es una experiencia de resistencia, donde la naturaleza impone sus propias reglas.

En el Parque Nacional Chiloé también existen senderos poco conocidos, algunos de apenas dos kilómetros, otros más complejos como Abtao o los recorridos del sector del Pacífico.

COMUNIDAD, REDES Y FAUNA EN RIESGO

En paralelo a la exploración, Diego ha construido una comunidad digital activa. Sus publicaciones incluyen relatos de expediciones, registros de fauna y reflexiones sobre conservación. En una de ellas, resume parte de su filosofía: mostrar animales no es solo estética, también es protección. El caso del zorro chilote lo evidencia: pérdida de hábitat, perros asilvestrados y caza ilegal.

Las acciones de conservación incluyen educación, restauración de hábitat y coordinación entre comunidades y servicios públicos. La fotografía, en ese contexto, funciona como evidencia y difusión.

También ha documentado momentos íntimos, como la llegada inesperada de flamencos al humedal urbano de Ten Ten, en Castro. Un lugar donde comenzó a fotografiar hace años y donde ha visto cisnes, pelícanos, martín pescador y otras especies. “Me hace pensar que el humedal está más vivo que nunca”, escribe.

Ese tipo de hallazgos refuerza su vínculo con el territorio. No como espectador, sino como habitante activo. Hoy, Diego Navarro sigue trabajando en la clínica veterinaria, pero su mirada ya no es la misma. La isla tampoco. Lo que comenzó como una cámara para viajes familiares terminó convirtiéndose en una forma de entender Chiloé desde dentro: no como postal, sino como ecosistema vivo, frágil y en constante transformación.

Edición 191 • Abril 2026

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