Doctor Walter Radrigán Vogel. La belleza de vivir

Escribir sobre uno de los más connotados cirujanos que ha tenido Viña del Mar no es tarea fácil. Me lo habían advertido, faltarían páginas para relatar cada historia almacenada en esa lúcida e intacta memoria. A sus 91 años habla cinco idiomas, conoce más de 70 países y hace poco dejó de competir en atletismo. Actualmente, se mantiene ocupado grabando su segundo disco, tallando en madera, dibujando cientos de croquis que inmortalizan su amor por la vida. En estas páginas, contamos parte de la gran historia del Doctor Walter Radrigán Vogel, el “Miguel Ángel de la Cirugía Plástica”.  

Escrito por Cristian Muñoz C. – Fotografía de Olivier Maugis.

“No puedo entender a la gente que se aburre. En la vida hay tanto por hacer”, expresa desde un comienzo el fascinante doctor Walter Radrigán. Tiene 91 años que no parecen suficientes cuando escucho sus historias de viajes o admiro boquiabierto sus más de cien medallas ganadas en el atletismo.

Con más de nueve décadas de existencia, faltarían páginas para relatar cada una de las historias almacenadas en esa lúcida e intacta memoria. “Mientras mis ayudantes lucían un Mercedes Benz del año, yo conducía un Volkswagen escarabajo. Prefería gastarme la plata en viajes”, relata con esa sencillez y sabiduría que lo caracterizan.

Explotando su talento innato para el dibujo, el médico egresado de la Universidad de Chile en enero de 1954, daba rienda suelta a su lado artístico al atender su consulta del Hospital de Niños de Viña del Mar, donde ejerció por más de sesenta años.

“Como fui profesor de anatomía, dibujaba a mis pacientes de forma bien detallada según la anomalía que tuviesen”, recuerda. ¿Su especialidad? Cirugía plástica reconstructiva, que incluye todo tipo de malformaciones congénitas como labio leporino, paladares abiertos, niños sin orejas, entre otras.

Nos sentamos frente a frente – guardando una distancia prudente – en su casa de 1 oriente, esquina 9 norte, su hogar desde principios de los setenta. Antisísmica, construida con fierros y vigas de roble rescatadas de la propiedad anterior, sirvió de refugio para vecinos que sufrieron el derrumbe de sus casas con el terremoto del ´85.

Incólume igual que su hogar, fuerte como las vigas de un viejo roble, Walter Radrigán Vogel – esposo de Patricia Battershill McDonald, padre de 5 hijos y abuelo de 10 nietos – es un hombre de buen porte habituado a vestir tenida deportiva. Ágil, inquieto por naturaleza, sencillo y conversador, el prestigioso cirujano plástico relata a Costa Magazine parte de su fascinante historia.

Artista, deportista, cirujano, ¿estudió medicina por vocación?

“Pensaba estudiar algo relacionado con el dibujo, como la arquitectura. Pero el padre de mi compañero de curso, que era médico, aprovechó sus influencias e ingresamos a la escuela de medicina de la Chile. Pensé que me inclinaría por la pediatría, pero la vida me condujo a la cirugía reconstructiva”.

¿Cómo así?

“Ya titulado como médico decidí darme unas vacaciones en Viña del Mar, donde estaban todos mis amigos, pero mi tío Amílcar Radrigán, cirujano pediatra, me pidió que lo asistiera unas semanas. De allí en adelante solo quería ejercer como cirujano, así que comencé a trabajar en el Hospital de Niños Jean and Marie Thierry de Valparaíso (ahora desaparecido), también fui residente del Hospital Mena, que quedaba en Av. Alemania y finalmente, ingresé en 1955 al Hospital de niños de Viña del Mar, donde permanecí por más de 60 años”.

Entiendo que le encantaba operar.

“Para mí pasar tiempo en la consulta era una lata, yo quería acción, hubiese vivido en el pabellón si de mi dependiera. Recuerdo días en que operábamos por doce horas seguidas. Es más, en una ocasión alcancé a operar veinte pacientes durante la misma jornada”.

Además de operar, ¿qué le apasionaba?

“El esquí. Tenía cinco años cuando a mi padre se le encargó electrificar el ferrocarril trasandino, y aprovechó para llevarnos a Portillo Viejo (donde actualmente se ubica la Escuela de Alta Montaña). La primera vez que me deslicé por la nieve supe que amaba ese deporte. Luego, estudiando quinto año de humanidades íbamos a practicar a Lagunilla y a Farellones.

Para llegar a este último centro de esquí, nos íbamos en unos camiones primitivos que ni le cuento. Ni se imagina las maniobras que debía realizar para tomar las curvas, cuando retrocedía quedábamos al borde de un precipicio. Era muy entretenido”.

¿Siguió esquiando al ingresar a la facultad de medicina de la Universidad de Chile?

“Nunca dejé de esquiar, de hecho, con el poco tiempo libre para entrenar, igual logré subir de categoría hasta formar parte de la reserva del seleccionado chileno”.

Su hijo, el doctor Andrés Radrigán, me contó sobre el increíble viaje de despedida organizado el año pasado.

“Le cuento que seguí esquiando hasta los setenta años. Pero en diciembre del año pasado, quise hacer una despedida a lo grande de este deporte que tanto amé. Así que invité a todos mis hijos y nietos con sus pololos y pololas a la nieve. Arrendé un departamento por unos días y junto a ellos pude esquiar por última vez, pese a que años atrás me habían operado de la cadera”.

Increíble doctor. O sea, con nueve décadas de existencia se despidió de la nieve esquiando.

“Es que en la escuela de medicina de la U. de Chile practicábamos muchos deportes, especialmente atletismo. Corría vallas, saltaba, lanzaba disco, entre otras disciplinas y siempre me mantuve muy activo. Cuando cumplí sesenta años, un amigo me invitó a formar parte del club de mayores del Sporting (o club de masters). De hecho, en diciembre de 2019 salí campeón en Chile en bala, categoría noventa años, y vicecampeón en jabalina. En los últimos treinta años acumulé más de cien medallas”.

Ahora lo voy a llevar a su lado artístico, primero el dibujo.

“Siempre tuve afición por el dibujo. Cuando me invitaban a congresos al extranjero un infaltable era mi croquis con el grafito color sepia para representar todo lo que llamaba mi atención. Creo que contabilicé más de mil dibujos guardados”.

Qué hay de su talento por tallar madera.

“Encontraba muy lindo darle forma a un pedazo de tronco, así que tomé un curso de carpintería, y aprendí algunas técnicas. Incluso monté un par de exposiciones sobre iglesias de Chile talladas. Una en el Congreso, otra en la Sala de la Cultura de Viña del Mar”.

Tengo en mi mano un compilado con canciones de su autoría.

“De joven alcancé a aprender lo justo de piano para solfear leyendo el pentagrama, y cuando estaba por casarme compré el libro de Laura Amenábar, Toque usted guitarra. Así que entre tocar guitarra iba componiendo canciones, las que fueron grabadas y registrada con todos los derechos por un grupo de músicos, resultando en un CD con doce temas cantados en alemán, francés y castellano. Básicamente canciones folclóricas y románticas. Ahora estoy por grabar mi segundo disco”.

Realmente fascinante doctor, ¿y en qué momento duerme?

“Es que hay muchas cosas por hacer. Por ejemplo, cuando ejercía como cirujano plástico en el Hospital de Niños de Viña del Mar, me levantaba muy de mañana para ir a cazar tórtolas a Tabolango. Después me iba a una parcela que teníamos en Peñablanca a alimentar a los chanchos. Recuerdo las noches anteriores, ir con un tarro grande a buscar los residuos de los restoranes en la costa para alimentar a esos tremendos animales. Después los faenaba y los vendía”.

GANAS DE VIVIR

De innumerables recuerdos artísticos, deportivos, médicos, familiares y tanta otra cosa, hay algo que a sus 91 años el doctor Radrigán nunca experimentó, se llama aburrimiento.

“No puedo entender a la gente que venía a mi consulta y me decía ‘Oiga doctor, estoy tan aburrido’. Cómo pueden aburrirse. En el mundo hay tanto por hacer. Vaya a sentarse al mar y contemple las olas. Casa una es distinta. Prenda una fogata y obsérvela, cada llama es única”, manifiesta con un entusiasmo digno de admirar.

“Toda mi vida me he entretenido. Creo que la creación es muy entretenida, la escultura, la música, el dibujo, todo es crear”, sentencia el fascinante doctor Walter Radrigán Vogel, para nosotros el Miguel Ángel de la cirugía plástica.

En cada viaje acumulaba distintos objetos que hoy decoran el living de su hogar, a saber, planchas, exprimidor, máquinas de moler carne, lámparas mineras y lámparas de aceite. Llegó a ser el mayor coleccionista de billetes en Chile.

Nacido y criado en Valparaíso, el doctor Walter Radrigán vivió su infancia con sus padres y único hermano en Terraza Balmaceda, una población de ferroviarios, cuando esta industria era más grande que el propio puerto.

Inició sus estudios en el Colegio Alemán para hacer posteriormente humanidades en el Instituto Nacional. Finalmente, Walter Radrigán se recibiría como médico de la Universidad de Chile.

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