El surrealismo sí tiene rostro de mujer

Por Isabel M. Saieg

Hasta el siglo XIX, la presencia femenina en la Historia del Arte era escasa. No porque no hubiera artistas mujeres, sino porque pintaban a la sombra de los grandes maestros de la época, ganando su merecido reconocimiento décadas e incluso siglos después de su muerte, tras extensas investigaciones llevadas a cabo por historiadores contemporáneos.

Pero el siglo XX y sus vanguardias permitieron a grandes artistas surgir en un campo gobernado por hombres, hallándose entre ellas las surrealistas. En este escenario aparece una artista británico-mexicana que manifestó interés por el arte a muy temprana edad, sin saber que algún día se convertiría en una de las más reconocidas pintoras de todo México.

Leonora Carrington nació en Lancashire, Inglaterra, en el año 1917. Estudió en la academia de arte Ozenfant en Londres, camino que la llevó a conocer a uno de los padres del surrealismo, Max Ernst, en 1936. “Rápidamente iniciamos una relación romántica. Cambió la trayectoria de mi carrera y de mi vida, pues dio el puntapié inicial de mi carrera, llevándome a París para volverme parte del movimiento surrealista francés, pero también me llevaría a las situaciones más oscuras de mi vida”, confiesa.

Si bien nunca se casaron, su relación fue intensa y pasional, una gran inspiración para la posterior obra de ambos artistas. La obra de Carrington se caracterizó por sus elementos oníricos, mitológicos y simbólicos, incursionando también en la literatura al escribir historias cortas y una novela. Hasta este punto, su vida seguía un curso maravilloso, pero pronto se vio acechada por la desgracia.

“Tras llegar la Segunda Guerra Mundial, Max fue detenido tanto por las autoridades francesas como por los Nazis, ya que lo consideraban extranjero enemigo”, comentaba. “La crisis emocional que tuve fue tan fuerte que terminé internada en el hospital psiquiátrico. Escapé del hospital y emigré a Lisboa, donde fui refugiada en la embajada de México”.  Aquí conoció a su futuro marido, el poeta y diplomático Renato Leduc, junto a quien emigró a México en 1942.

México llevó a Carrington a la gloria, convirtiéndose en uno de los personajes más importantes del círculo artístico y literario de Ciudad de México. “El arte mexicano influenció tremendamente mi obra, especialmente en la escultura”, decía al referirse a esta nueva etapa. “Exploré una serie de medios, temas y estilos, la magia y la conexión entre el ser humano y la naturaleza fueron dos temas que abarqué en una gran mayoría de ellas”.

Estas obras hoy residen en grandes museos, como el Museo de Arte Metropolitano de Nueva York, el Museo Nacional de Antropología en la Ciudad de México y el Museo de Arte Latinoamericano de California.

Carrington falleció a mediados del año 2011 a la edad de 94 años. Su larga vida fue tempestuosa, con altibajos en lo amoroso, personal y psicológico. Fue esto mismo lo que la llevó a convertirse en una de las principales exponentes del movimiento surrealista y un ícono del arte feminista latinoamericano del siglo XX, habiendo plasmado el mundo onírico y mitológico de forma incomparable, tanto en la literatura como en las artes visuales.

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