Pedaleando entre gigantes: la aventura del Tupungato

A más de 6.500 metros sobre el nivel del mar, el volcán Tupungato desafía a quienes se atreven a explorar sus laderas. Entre pendientes inexploradas y senderos remotos, un grupo de bikers combinó ascenso y descenso en mountain bike, convirtiendo cada tramo en una aventura extrema. Más que un reto deportivo, fue un encuentro con la altura, los paisajes inéditos y la naturaleza intacta, recordándonos la riqueza de los rincones de Chile que aún esperan ser descubiertos y protegidos.

  • Redacción: Cristian Muñoz C.
  • Fotografías: Sebastián Prieto D.
  • Instagram: @inner_mountain

En enero de 2022, un grupo de bikers y montañistas emprendió un desafío que parecía rozar lo imposible: subir y descender en bicicleta el volcán Tupungato, un coloso de 6.570 metros sobre el nivel del mar que se alza imponente en la cordillera de los Andes, en la zona central de Chile. El gigante, visible desde gran parte del valle, no solo es una de las cumbres más altas del país, sino también un símbolo de la fuerza natural que guarda la cordillera.

El proyecto, bautizado Guardián del Valle, iba mucho más allá de una hazaña deportiva. Se trataba de una expedición audiovisual y humana que buscaba llevar una bicicleta hasta la montaña más alta de la zona central, no como un acto de conquista, sino como un ejercicio de exploración, un homenaje a la cultura incaica que alguna vez veneró estas cumbres y, sobre todo, una declaración de respeto hacia el medioambiente. Cada pedaleo, cada porteo y cada decisión tenía el propósito de conectar con la montaña desde la humildad.

Detrás de la iniciativa estaba Patricio Goycoolea, productor audiovisual, explorador, amante de las alturas y fundador de Inner Mountain. Su visión era clara: unir el deporte con el relato, la aventura con la reflexión. “Cuando uno está a cargo de expediciones así, las decisiones, todo el estudio de la logística deben ser lo más certeras posible para lograr el objetivo. En este caso, era llevar una bicicleta a la cumbre del volcán Tupungato”, explicaba.

El plan exigió nueve meses de preparación y un equipo multidisciplinario de nueve personas, entre riders, guías, cocineros y el equipo audiovisual. Nadie podía improvisar. A esas altitudes, la amenaza no es una caída, sino la hipoxia, los edemas cerebrales o pulmonares y el riesgo de un paro cardiorrespiratorio. “Tú no puedes subir una montaña de más de seis mil metros si no te preparaste. Aunque seas una máquina, puedes morir sencillamente”, insistía Goycoolea. Antes de enfrentar al gigante andino, el grupo realizó expediciones de aclimatación en cerros como El Plomo y Las Tórtolas, ambos cercanos a los seis mil metros.

La expedición se planteó como una mezcla de esfuerzo físico y narración audiovisual. El documental de 25 minutos que resultaría de esta experiencia sería el quinto capítulo de la serie “Guardián del Valle” – modalidad Big Mountainbike -, un registro que busca documentar cómo las bicicletas no sólo conquistan maravillosos senderos, sino también los imponentes colosos de nuestra cordillera de Los Andes.

Pero más allá de la pantalla, el proyecto se convirtió en una experiencia vital para todos los involucrados, incluidos los arrieros locales de la familia Ortega, quienes con sus mulas y experiencia ancestral hicieron posible lo que de otro modo habría sido una locura logística.

CAMINO AL CAMPAMENTO BASE

Desde el primer día, la expedición se adentró en un mundo sin conexión. Los celulares quedaron mudos y la comunicación dependió de teléfonos satelitales y radios, herramientas esenciales en un terreno remoto y salvaje. El punto de partida fue Chacayar, donde Ismael Ortega, arriero de Los Maitenes, organizó las cargas.

Su familia conoce la montaña desde generaciones: su padre cruzaba a caballo hasta Argentina, guiando expediciones que podían durar hasta 18 días. Ahora, con mulas cargadas de equipo, tiendas y comida, los Ortega repetían la tradición, esta vez acompañados de bicicletas de montaña que pesaban entre 14 y 16 kilos.

El primer día llevó al equipo hasta Aguas Buenas, a 2.630 metros, tras 17 kilómetros recorridos en seis horas y media. Werner Ebner, rider italiano, quedó maravillado: “Es un tremendo pasaje pasando por este cañón, que es uno de los más profundos de los Andes, como una pequeña introducción a lo que nos espera. Paisajes salvajes, un área muy remota, buenos sentimientos”.

Al día siguiente alcanzaron Vega Los Pacos, a 3.330 metros, tras un trayecto marcado por lluvias, cruces de ríos y la primera visión majestuosa del Tupungato, recortado contra el cielo. “Después de dos horas y media, pudimos sentir la magnitud de lo que se venía”, recordaban.

Cada jornada era un equilibrio entre el asombro y el cansancio. José “Roca” Vásquez, rider y cocinero del grupo, resumió lo duro de la convivencia: “Fueron días muy duros donde, cuando ya estabas cansado, debías hacerte el ánimo y cocinar para todo el grupo”. El desgaste físico se combinaba con la exigencia mental de mantener el ánimo en un lugar que, como diría Goycoolea, era “tan remoto que uno no puede jugar con la vida de nadie”.

Tras tres días y unos 40 kilómetros de recorrido, el equipo instaló su campamento base a 4.400 metros. Allí levantaron un domo que serviría como centro de operaciones. Desde ese punto comenzaría la verdadera misión: aclimatarse, portar las bicicletas hacia alturas mayores y preparar el ataque a la cumbre.

El porteo – cargar las bicicletas en las espaldas – se volvió rutina: subir hasta los 4.800 o 5.200 metros, dejar equipo, regresar a dormir abajo y repetir, en un vaivén agotador pero indispensable para que los cuerpos resistieran la hipoxia. Werner lo reconocía con humildad: “Personalmente este tipo de expediciones es algo nuevo para mí, pues no acostumbro ir a la alta montaña como Pato y su equipo. Esto es algo grande, puedes sentirlo en cada detalle”.

Los días en el campamento base eran intensos. A veces, mientras cargaban equipo o descansaban, surgían momentos de contemplación. En los Baños Azules, Goycoolea se detuvo a reflexionar: “Esto podría estar fácilmente protegido para que la gente conozca y se informe de lo que tiene acá. A una hora de Santiago, un lugar maravilloso para trekking”. El contraste entre la cercanía con la capital y la sensación de aislamiento total impresionaba a todos. “Lo que realmente me impresiona es que estamos solo a 80 o 90 kilómetros de Santiago y pasamos de una metrópolis a un área superior remota”, decía Werner.

EL ATAQUE A LA CUMBRE

El séptimo día, a las dos de la madrugada, comenzó el asalto final. La temperatura rondaba los 25 grados bajo cero y el viento obligaba a buscar refugio tras pircas de piedra improvisadas. Avanzaban con paso lento, las bicicletas a cuestas, los pulmones exigiendo aire en un ambiente cada vez más delgado. A los 5.800 metros, José Vásquez comprendió que debía regresar. “Perdí todas las energías, fue bastante desgastante, sobre todo con el frío que nunca había vivido y que llega a dañar el cuerpo”, confesó después.

La altura iba cobrando factura. A los 6.250 metros, Andreas Tonelli, rider italiano, comenzó a sentirse desorientado: “Comencé a sentir una sensación muy extraña en mi cabeza, escuchaba de lejos las voces de mis compañeros. Estaba super asustado, debía bajar lo más rápido posible”. Fue acompañado por Diego Marín, chileno, quien entendió que la seguridad estaba por encima de la cima.

Poco después, el propio Goycoolea alcanzó los 6.350 metros, a apenas 200 metros de la cumbre, y también se detuvo: “En un lugar así, tan remoto como lo es el Tupungato, uno no puede jugar con la vida de nadie. Es más importante la vida de una persona que la cumbre de una montaña. Y al final la montaña es también la experiencia de vivir todo el proceso”.

El único en alcanzar la cumbre norte, a 6.560 metros, fue el guía Ivanno Valle, el guía del grupo que no cargaba bicicleta con tal de prestar ayuda a los demás. Su logro fue individual, pero en nada disminuyó el esfuerzo colectivo. La montaña había puesto límites claros, y cada uno entendió que la verdadera victoria no era plantar una bandera, sino regresar con vida. La cumbre no era obligatoria. La experiencia, sí.

En el descenso, las bicicletas volvieron a tomar protagonismo. A 5.800 metros, los riders encontraron sectores vírgenes ideales para freeride, con nieve y rocas que nunca habían sentido el rodado de un neumático. La adrenalina del descenso contrastaba con el agotamiento acumulado. Desde los 5.200 metros hasta el campamento base, algunas secciones obligaron a caminar, pero otras permitieron pedalear, cumpliendo así el sueño de abrir rutas donde antes solo reinaba el silencio de la montaña.

EXPERIENCIA EN LA MONTAÑA

Al final, la expedición dejó una lección poderosa: la cumbre siempre estará allí, esperando. Lo que queda es la experiencia compartida, la convivencia en condiciones extremas, la certeza de haber estado en uno de los lugares más hermosos y remotos de la cordillera. “La montaña nos enseñó que lo más importante no es alcanzar la cumbre, sino vivir todo el proceso. La experiencia, el esfuerzo y la convivencia con el equipo son el verdadero logro”, resumieron.

El proyecto Guardián del Valle también dejó claro su trasfondo ético. Inner Mountain mantiene una vara alta: rechazan auspicios de mineras o forestales, conscientes de que no pueden promocionar empresas que atentan contra el mismo entorno que buscan proteger. “Nuestro país tiene sus mayores ingresos por explotar minerales, cuando podríamos vivir en gran porcentaje del turismo outdoor, como lo hacen Canadá o Noruega. Lugares como el Cerro Castillo o el mismo Tupungato están abandonados, con un potencial enorme para el turismo sustentable”, reflexionó Goycoolea.

Ese espíritu de protección se conecta con la visión ancestral que los incas tenían de estas montañas: guardianes del valle, santuarios naturales que merecen respeto. En esa línea, la expedición no solo buscó conquistar la altura con bicicletas, sino también recordar que cada pedaleo en la nieve, cada paso en el nevero y cada fogón encendido en la carpa son un acto de humildad frente a la naturaleza.

El Tupungato seguirá allí, inmenso, esperando el regreso de quienes alguna vez intentaron alcanzarlo. Pero para este equipo, el viaje ya cumplió su propósito: demostrar que el verdadero triunfo no es llegar a la cumbre, sino honrar la montaña, aprender de sus límites y pedalear en sus laderas vírgenes. Porque, en definitiva, el guardián del valle no es solo el volcán, sino también quienes lo miran con respeto y deciden volver a intentarlo, una y otra vez.

Conocer y recorrer lugares como el Tupungato no solo invita a desafiar los propios límites, sino también a reflexionar sobre la riqueza natural que Chile aún guarda en sus rincones más apartados. Al explorar estas montañas, se hace evidente la urgencia de conservarlas, de proteger sus aguas, su flora y fauna, y de apostar por un turismo consciente que valore la experiencia sin dañarla. Porque mientras más aprendamos a descubrir y respetar nuestro territorio, más cerca estaremos de asegurar que estas maravillas permanezcan intactas para las futuras generaciones.

Edición 184, agosto 2025

 

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