Hallstatt. El pueblo más bonito a orillas de un lago

Como transportarse a una tierra mágica, de esas que habla la literatura medieval o ingresar en un cuadro de Monet, semejante a un poema que describe un edén escondido, una perla entre montañas con un espejo que refleja un cielo de un color más azul, así es Hallstatt, una ciudad de fantasía, ubicada en el distrito de Salzkammergut, Austria.

 

Escondida entre los Alpes austríacos y detenido en el tiempo, como si de una postal de navidad se tratase, aparece Hallstatt, una localidad del distrito montañoso de Salzkammergut, en Austria, y considerado “el pueblo más bonito a orillas de un lago”. La majestuosidad de las montañas que rodean a este paraje de unos mil habitantes, sus frondosos bosques alpinos y el turquesa del lago Hallstattersee, o sus románticas callejuelas, amén de una innegable belleza arquitectónica, dan vida a un paraíso creado por Dios y por el hombre.

 

Este idílico pueblo de ensueño sacado de un cuento de hadas y nombrado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1997, atesora un singular encanto al no permitir el tráfico vehicular entre sus angostas travesías. Hay que estacionar en los bordes y adentrarse caminando al centro de la ciudad para visitar el museo

Kulturerbe, la iglesia parroquial católica de estilo gótico construida entre 1181 y 1505 o bien fotografiar la iglesia luterana de estilo neogótico erigida en 1863, poco tiempo después de que el emperador Francisco José I declarara que tanto la fe católica como la protestante debían ser aceptadas por igual en Hallstatt.

EL ORO BLANCO

La actividad humana en este espléndido paisaje natural comenzó en la época prehistórica con la explotación de sus depósitos de sal, 2000 años antes de Cristo. Esta fuente de riqueza ha constituido la base de la prosperidad de la región hasta mediados del siglo XX, que se ve reflejada en la bella arquitectura de la ciudad, donde la

sal fue “el oro blanco” y es tal la importancia que tuvo en la época prehistórica del Bronce que uno de sus períodos fue denominado como “Edad de Hallstatt”. Además es una de las minas más antigua del mundo.

En el siglo XIV, cuando tuvo la autorización de la corona de Austria para organizar mercados, la ciudad de Hallstatt vivió un periodo de resurgimiento. De hecho, se otorga un estatuto especial a ciertos

ciudadanos, es decir los “Salzfertiger” o productores de sal; sus casas, las “Salzfertigerhäuser”, representan un ejemplo único de arquitectura artesanal de la baja Edad Media.

 

TORRE RUDOLF I

Una de las vistas panorámicas más importantes de Hallstatt y de las montañas que la rodean se debe subir hasta la Torre Rudolf I. Esta torre, conocida ahí como Rudolfsturm, forma parte de un antiguo castillo en ruinas construido en 1284 por el Duque Albrecht, con el fin de proteger la ciudad de la amenaza de los Príncipes Obispos de Salzburgo que deseaban anexionársela. La torre lleva el nombre del primer líder del Imperio de Habsburgo.

Años después de su construcción se convirtió en la residencia del encargado de la mina de la sal, cuya entrada se sitúa cerca. Y desde 1960 alberga una cafetería y un restaurante.

 

LA CASA DE LOS HUESOS

Debido a la posición geográfica de este poblado, construido sobre una pequeña franja de tierra entre las montañas y al margen del lago Hallstätter, apenas hay espacio suficiente para algunos edificios y una ruta, por lo que resulta imposible mantener un cementerio grande. Así que con el objetivo de hacer espacio para nuevos cuerpos, los habitantes comenzaron a desenterrar los restos de los muertos más viejos. Los cráneos fueron blanqueados al sol y posteriormente pintados con diversos motivos como el nombre de la familia, flores, hojas o una cruz y el año del fallecimiento.

Hileras de cráneos maravillosamente pintados espían a los visitantes desde órbitas huecas

en este osario austríaco. La práctica tuvo sus inicios en 1970, y de los 1200 cráneos en Beinhaus, unos 610 tiene decoraciones con los estilos más variados, según el tiempo en que fueron exhumados.

 

RECUERDO DE SAL

El pueblo cuenta con un par de calles empedradas y muy tranquilas, donde encontramos pequeños comercios que ofrecen su producto estrella: la sal extraída de las viejas minas del lugar, hoy ya abandonadas y reconvertidas en museo. Si venimos con tiempo lo más recomendable es pararnos a comer en alguna de las terrazas al aire libre junto al lago.

Podremos degustar allí el plato estrella de la región: la deliciosa trucha con almendras pescada en el mismo

lago y acompañarla con uno de los famosos vinos blancos austríacos. Todo, contemplando las imponentes montañas y el ir y venir de los patos en un silencio casi irreal.

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