Junto con descubrir su trabajo, Felipe Riesco nos invita a adentrarnos en su mirada personal sobre el arte, la técnica y el proceso creativo. Una búsqueda íntima que nace en el taller de su madre, entre telas, colores, libros y momentos, y que con los años fue dando forma a una manera de entender y sentir la pintura. Para el artista, el desafío no ha sido perfeccionar una técnica ni conquistar mercados, sino emprender un viaje hacia la autenticidad visual. “Uno de los aspectos más difíciles fue encontrar mi sello. Hoy puedo decir que está construido. Me considero un pintor realista”.
- Relato: Marcela Cademartori
- Fotografías: Pía Bahamondes
- Foto Retrato: Tita Host
- Instagram: @felipe_riesco
Desde Florencia hasta las galerías de Nueva York y México, el pintor chileno Felipe Riesco reflexiona sobre el oficio, la figura femenina como enigma y la honestidad radical necesaria para encontrar una voz propia en la pintura contemporánea.
Hay algo indiscutiblemente noble y riguroso en la palabra pintor. En una época saturada de discursos abstractos, conceptualismos ambiguos y etiquetados efímeros, Felipe Riesco rehúsa refugiarse en la comodidad de la etiqueta de “artista”. Con una determinación serena, prefiere definirse desde la raíz misma del oficio: “Me considero más que artista, pintor. Pintor lo encuentro mucho más serio. Siempre he abordado esto de manera profesional”, afirma.
Para él, su taller no es una trinchera ideológica ni un espacio de improvisación bohemia. Asume su quehacer con una pragmática e impecable vocación cotidiana: “Para mí es trabajo, oficio, rutina y disciplina”.
Heredero de una tradición que exige dominio del trazo y respeto por la materia, Felipe Riesco ha labrado un camino donde la técnica académica dialoga con una sensibilidad contemporánea, marcada por el uso audaz del color y un enigma figurativo que cautiva a la crítica y a coleccionistas internacionales.
La génesis de esta devoción por la pintura se encuentra en un viaje de inmersión total. Tras un año de preparación en Chile, con solo 21 años partió a Florencia, el epicentro del Renacimiento. Allí, el choque no fue solo cultural o lingüístico —enfrentándose a una academia de rígidos profesores rusos que enseñaban mediante traductores—, sino también conceptual.
Su posterior paso becado por la Florence Academy of Art terminó de cincelar su maestría técnica. Sin embargo, al regresar a Chile, descubrió que el dominio de una técnica no bastaba sin una estructura sólida. Fue en este proceso que se avocó a formalizar lo que parecía un pasatiempo, transformando su taller en una estructura profesional con horarios y metodologías rigurosas.
Para Felipe Riesco, el mayor desafío de su carrera no ha sido el perfeccionamiento de una rígida técnica ni la conquista del mercado exterior, sino el viaje introspectivo hacia la autenticidad visual. “Creo que una de los aspectos más difíciles de mi carrera fue encontrar mi sello y aquello que me identificaba. Me tomó un tiempo hacerlo, pero hoy puedo decir que ese sello ya está construido. Me considero un pintor realista”.
LA IDENTIDAD DE UN PJNTOR
En esa búsqueda de un sello identitario, Felipe Riesco comprendió que la pintura debe ser una presencia habitada. “Como decía Diego Rivera: “Un pintor pinta. Te pueden decir lo que quieras, pero pase lo que pase, yo pinto”.
Bajo esa premisa, Felipe concibe la obra como un objeto vivo que entabla un diálogo cotidiano con el espectador: “Uno finalmente convive con la obra de arte. Si pasas por ahí, tiene que entregarte buena energía”.
Esa energía se despliega con fuerza en su serie “Cromática”, una exploración donde el color opera como un lenguaje emocional autónomo. A través de paletas intensas y estudiadas composiciones, se van construyendo figuras de mujeres que cautivan por su gracia y misterio.
Sin embargo, estas mujeres no corresponden a modelos reales: son construcciones caleidoscópicas que el artista crea fusionando rasgos, miradas y gestos tomados de distintas mujeres observadas en el tiempo. Son presencias imaginadas que habitan un territorio suspendido entre lo tangible y lo sugerido, generando un diálogo fascinante en contraste con su serie “Vicios”, centrada en la crítica al consumo a través de latas y cajetillas aplastadas.
Dentro de esta arquitectura figurativa, hay un elemento que adquiere un protagonismo magnético: las manos. Lejos de ser meros complementos anatómicos, en la obra de Felipe Riesco estas articulan un mensaje cargado de secreto. Para el pintor, la gestualidad de los dedos encierra un lenguaje enigmático que le resulta irresistiblemente atractivo. “Hay en ellas una tensión poética o una postura implícita que complementa o desafía la mirada del rostro”. A su juicio, ellas sintetizan la gracia, la emoción y la densidad del alma humana, convirtiéndose en el verdadero eje dramático y narrativo de sus lienzos.
MIRADAS REFLEXIVAS
La propuesta de Felipe Riesco dotada de una impecable factura le ha permitido cruzar fronteras. Memorable resulta su hazaña en Nueva York, cuando en pleno invierno desembarcó junto a su esposa para tocar las puertas de la prestigiosa Arcadia Gallery en el SoHo.
En una demostración de convicción absoluta, cerró una venta tras un ultimátum de apenas tres horas antes de abordar el vuelo de regreso a Chile. Aquella conquista fue el preludio de una proyección internacional que se coronó con una exposición realizada el año pasado.
Para este pintor, el talento sin disciplina queda trunco. De ahí su consejo medular para las futuras generaciones de artistas: si tienen la oportunidad, aprovechen de estudiar afuera. Salir al extranjero no solo refina la técnica bajo estándares globales, sino que abre la mente a la dimensión profesional del arte. La trayectoria de Felipe Riesco demuestra que la verdadera libertad creativa nace del rigor, de la honestidad radical con la propia voz y del compromiso de tomar el pincel cada día. Una sinceridad con la cual se reencuentra cada jornada cuando un nuevo día comienza en su taller.











