Luis Jara: «Volví a la simpleza, a la sencillez. A las cosas esenciales»

Hay momentos en la vida en que todo se reordena. Para Luis Jara, ese punto llegó con el tiempo, la experiencia y una mirada más honesta sobre sí mismo. Hoy, lejos de las métricas tradicionales que alguna vez marcaron su carrera, pone el foco en lo esencial: su familia. Sus tres hijos se han convertido en su mayor orgullo, desplazando cualquier otro tipo de logro. Un cambio de perspectiva que no llegó de un día para otro, sino como resultado de un proceso profundo. Porque si algo tiene claro, es que toda historia tiene costos. Y asumirlos ha sido parte de su aprendizaje. Con los años, ha logrado reconciliarse con sus decisiones, entendiendo que incluso las ausencias pueden transformarse en oportunidades para reconstruir. Desde ese lugar, más libre y sin ataduras, enfrenta lo que define como su “segundo tiempo”. Una etapa donde conviven la madurez personal y una renovada energía artística.

  • Entrevista: Pablo Yutronic
  • Maquillaje y pelo: Ely Gaby
  • Fotos y producción: Guille Vargas Pohl

«Chiquillos, ¿qué quieren, un cafecito, un jugo, agua?” Es lo primero que dice Luis Jara al recibirnos en su parcela, en la comuna de Colina. El sol del mediodía cae con fuerza sobre la terraza, pero el ambiente se vuelve amable entre la sombra, las sandías y las uvas dispuestas sobre la mesa.

De short, sandalias y camisa de lino, se mueve con naturalidad, taza de café en mano. Hay algo distinto en su forma de estar: más liviano, más presente. La escena no necesita mayor explicación. La hospitalidad se percibe en los gestos, en los tiempos, en los detalles.

Este 2026 no gira en torno a un hito puntual, sino a una trayectoria. Su libro, No sabía vivir sin ti, ya en segunda edición, expone el lado más íntimo del artista: la infancia en el barrio Victoria, la figura paterna, las dificultades y la certeza temprana de que la música sería su camino. Hoy, tras más de veinte discos y cuatro décadas de carrera, observa su historia con distancia y gratitud.

“Estoy listo, cuando quieran”, dice, tomando asiento en la terraza. El café sigue sobre la mesa. Nosotros también nos acomodamos. La conversación comienza ahí, en la comodidad de su propio espacio.

¿Cómo has logrado mantener una carrera de 40 años de trayectoria?
Fundamentalmente en base a la intuición y al respeto. A la intuición porque le hago mucho caso a lo que siento. Me costó mucho visibilizar mi carrera – tuve que hacer mi propia hoja de ruta, mi propio manual- entonces la cuido todo lo que puedo. Y el respeto no solo por mi trabajo, sino también por la gente que me rodea. Creo que esa fórmula me ha funcionado, aunque al principio era muy impulsivo, y eso me trajo varios problemas.

Ser impulsivo es parte de mi naturaleza, pero aprender a escuchar ha sido parte del proceso. Igual, hoy tengo una mirada muy cariñosa de ese joven. Uno cuando es cabro cree que se puede comer el mundo. Y, a fin de cuentas, esa energía también me tiene donde estoy hoy. Hay que ser muy valiente para sostener una carrera de larga distancia en Chile. Más que una carrera, ha sido una maratón.

¿Qué es el éxito para ti hoy en día? ¿Te consideras una persona exitosa?
Para mí, el éxito ha adquirido una dimensión muy distinta a la que imaginaba antes, cuando lo asociaba casi exclusivamente a la acumulación de trofeos, al rating, al dinero o a la cantidad de discos vendidos.

Hoy creo que, más allá de esas métricas, el verdadero éxito está vinculado al legado, no a las circunstancias del presente. Estas pueden ser un reconocimiento al esfuerzo o la consecuencia de nuestros actos, pero son pasajeras. Cuando hablo de legado, me refiero a lo que permanece: con qué se van a quedar de mí las personas que me conocieron. En ese sentido, lo que más me importa es el éxito de mi condición humana; lo que soy capaz de transmitir en términos de cariño, amor, así como mi capacidad de perdonar y de perdonarme. Ahí, en ese espacio íntimo y esencial, sitúo hoy el verdadero sentido del éxito.

A mis 60 años, me parece una etapa especialmente interesante para sacarse ese velo del éxito que uno creía que existía. Hoy me concentre en el verdadero éxito: tener tiempo, saber administrarlo y relacionarme mejor con las personas. Pero sin duda, mi mayor trofeo es mi familia. Lo esencial hoy en día son mis hijos.

¿En su momento te consideraste un padre ausente?
Logré, a través de un proceso personal, no cuestionarme desde la culpa, porque siempre actué de forma responsable. Pero el rol de mi compañera fue clave; ella sostuvo la cotidianidad de la crianza.

Yo estuve diez años en televisión, y entre 2013 y 2019 trabajé a tiempo completo en el matinal Mucho Gusto. Durante ese período, claramente no pude estar presente en cosas básicas: llevar a mi hijo al colegio, asistir a reuniones de apoderados o acompañarlo en sus actividades. Mi hijo menor, que hoy tiene 18 años, lo vivió con cierta ausencia y le costó entender por qué yo no estaba.

¿Y cómo lograste recuperar ese tiempo?
Me fui tres años y medio a Estados Unidos pensando en mis hijos, y al regresar a Chile empecé a llevar al menor conmigo a mis giras. Para él fue todo un descubrimiento: veía muchos videos míos en YouTube animando el matinal, y finalmente entendió por qué no había estado antes. Incluso lo encontró bacán.

En este segundo tiempo de mi vida me he reencontrado con él. Las deudas, al final, se pueden pagar, se pueden renegociar, y si realmente quieres saldarlas… ¡lo haces!

¿Qué es lo más complejo de ser artista en nuestro país?
Lo más complejo es que no hay una industria sólida. Durante mucho tiempo, antes de que llegara la música urbana a Chile, los proyectos fueron de corto plazo, y el circuito se agota rápido. Además, todo está muy supeditado al rating.

También, siendo un país chico, cuesta que se reconozcan las trayectorias. Hay una especie de resistencia al éxito. Y no hablo solo del mundo artístico, es algo más general. Chile es un país maravilloso, yo no lo cambiaría por nada. Pero sí creo que existe el chaqueteo, cierta envidia, una cultura que a veces no celebra el éxito ajeno como debería. Y todos somos parte de eso, de alguna manera. El artista no está fuera de esa realidad.

Mirando por el retrovisor, ¿te arrepientes de algo?
No tengo la arrogancia de decir que no me arrepiento de nada. Por supuesto, hay cosas que podría haber hecho mejor. Me arrepiento de haber sido tan impulsivo, de haber estado tan aferrado a mis ideas. Me hubiese gustado tener más capacidad de escuchar.

Pero también me lo he perdonado, porque fui muy autogestor. Nunca tuve un mánager, una oficina, ni alguien que me explicara cómo funcionaba la industria. Me armé mi propio camino, con lo que tenía.

También creo que en algún momento fui un poco miedoso. Podría haber sido más arrojado, especialmente con la internacionalización de mi carrera. Pero en paralelo, tomé decisiones desde mi rol de hijo y de padre, como acompañar a mi madre hasta el final. Entonces, esas “deudas” también las siento saldadas. La vida me llevó por otro camino, y hoy ya no es un tema pendiente.

En una prueba de sinceridad, ¿cuál crees que es tu mayor defecto?
La intensidad. Me gustaría ser menos intenso. Soy muy exigente conmigo y con los demás, y eso a veces genera fricción. No todo el mundo vive o siente al mismo ritmo, y eso puede ser difícil. Pero en este segundo tiempo de mi vida he trabajado mucho en eso. He aprendido a soltar.

Hoy puedo estar en una reunión y decir “hasta aquí llego”, irme a mi casa, cocinar, tirarme en el pasto. Eso, hace cinco años, no existía en ningún ámbito. Bajé varios cambios. La intensidad siendo un defecto, pero es algo en lo que estoy consciente y trabajando.

¿Qué es lo que te moviliza hoy en día?
Mi casa, mi entorno. Hoy hago un tránsito bien bonito entre el escenario y lo cotidiano: la cocina, el dormitorio, el patio. Me muevo en ese espacio. Ya no necesito grandes cosas. Volví a la simpleza, a la sencillez. Hoy me movilizan las cosas esenciales.

¿Algún pendiente que te quede por hacer?
¿Sabes lo que me sorprendería hoy día? ¡Trabajar en una película! Ser actor, o hacer una gran comedia musical en un teatro donde no sea yo. A veces me aburro un poco de salir a la calle y ser Luis Jara, en el banco, en la tele… la gente que no me conoce me ve como un personaje. Pero me gustaría desdoblarme desde el arte, interpretar un personaje que no sea yo; creo que es un ejercicio que aún no he hecho.

No hablo de una teleserie de 90 capítulos, eso me aburriría (ríe). Pero hacer una película me parece fascinante y un desafío enorme: poner todo lo que he aprendido de la vida y del arte al servicio de otro personaje. Pablo Larraín, antes de triunfar, me dijo un día “quiero hacerte un videoclip”. Todavía no pierdo la esperanza de que algún día diga: “¿Y si llamamos al Lucho Jara?” y así poder ser un villano. Me encantaría interpretar a un hijo de puta (ríe). Nunca le he pegado a nadie, ni le he contestado a nadie, y créeme que ganas no me han faltado. ¡Pero sería fascinante hacerlo en el arte!

Edición 190 • Marzo 2026

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