Con cámara en mano y el corazón en sintonía con la naturaleza, Rodrigo Viveros ha logrado capturar mucho más que imágenes, ha inmortalizado emociones. Este ingeniero civil electrónico, que hace doce años decidió aventurarse en la fotografía landscape, hoy nos muestra el mundo desde una perspectiva íntima y reflexiva. Cada rincón de su ciudad natal, La Serena, y los vastos cielos del desierto de Atacama se convierten en un escenario para la introspección y el arte. A través de su lente, la belleza se encuentra en lo cotidiano y en lo grandioso, invitándonos a redescubrir nuestro entorno con nuevos ojos.
- Relato de Cristian Muñoz
- Fotografías de Rodrigo Viveros
- IG @ rodrigoviverosphoto
- www.rodrigoviveros.com
Hace 12 años Rodrigo Viveros, ingeniero civil electrónico de profesión, descubrió una pasión que transformaría su vida por completo: la fotografía de paisajes. Aquel día en que adquirió su primera cámara no solo compró un dispositivo, sino que abrió la puerta a un universo de posibilidades y emociones, tanto externas como internas.
La naturaleza dejó de ser solo un entorno, para convertirse en el reflejo de sus sueños y descubrimientos personales. “Desde entonces, mi vida ha sido más plena, más feliz”, confiesa al recordar ese punto de inflexión.
La cámara no solo le permitió capturar los paisajes que recorría, sino que lo invitó a un viaje interior, donde cada imagen era una oportunidad para descubrir algo nuevo de sí mismo. “Conocerme y descubrir de lo que era capaz… entender que la vida no solo es estudiar y trabajar”, reflexiona.
La ciudad de La Serena, a la que regresó después de varios años en Santiago y Valparaíso, se convirtió en su musa actual, una fuente inagotable de inspiración. Mientras muchos fotógrafos se limitan a inmortalizar los icónicos paisajes del Valle del Elqui o el famoso Faro Monumental, él se dedica a retratar una naturaleza más pura, menos explorada. “La flora endémica, las aves que habitan los alrededores del Cerro Grande, o la arquitectura de la ciudad… todo tiene algo que contar”, explica.
Con un enfoque casi poético, Viveros rompe con la tendencia de esperar a las grandes escapadas para capturar imágenes impresionantes. Para él, no hace falta viajar kilómetros para encontrar belleza.
“A veces nos obsesionamos con buscar el lugar más lejano y recóndito para hacer fotos, pero… ¿significa aquello que debemos esperar a las vacaciones para poder hacer lo que tanto nos gusta?”, se pregunta. La respuesta está en cada rincón del lugar donde vives, en el atardecer que ilumina la calle por la que caminas todos los días. Rodrigo invita a mirar con otros ojos, a maravillarse de lo cotidiano. La belleza puede estar a cinco minutos de tu casa.
CONEXIÓN NATURAL
Su búsqueda de la perfección técnica en cada fotografía no lo ha alejado de la sensibilidad emocional. Pasar horas observando el cielo, sentir el viento en la piel mientras el sol se oculta en el horizonte, es parte esencial de su proceso creativo. En su relato, esos momentos se vuelven casi espirituales, como si el silencio del paisaje revelara verdades que, de otra manera, pasarían desapercibidas.
“Entre tantos momentos de aparente silencio, escuchaba la voz interior que me exigía, que me culpaba o me cuestionaba”, evoca. Esos instantes, en los que la naturaleza y el ser humano parecen dialogar, son los que más atesora.
Uno de sus proyectos más significativos fue capturar la Vía Láctea desde el desierto de Atacama. En plena soledad, bajo el cielo despejado y plagado de estrellas, Viveros experimentó una mezcla de emociones. “Un remolino de sentimientos mientras estás ahí solo… un poco de miedo, paz, asombro”.
Con la precisión técnica que lo caracteriza, utilizó cinco fotografías panorámicas para inmortalizar el cielo nocturno. Sin embargo, más allá del resultado visual, lo que más impactó al fotógrafo fue la experiencia misma. “Apenas hice dos fotos distintas esa noche, era más importante maravillarse con el cielo”, admite.
Rodrigo Viveros es un amante de la naturaleza en su estado más puro. Desde las flores endémicas como la añañuca, que florecen después de las lluvias en la región de Coquimbo, hasta las formaciones rocosas moldeadas por el viento en la costa, cada elemento natural lo inspira.
Para él, capturar una flor bajo la luz del amanecer o la inmensidad del universo son experiencias igual de poderosas. Cada fotografía es una meditación, una forma de conectar con la esencia de lo que lo rodea. “No hay ruido, solo se oyen nuestros pasos y lo que pensamos, a veces solo el aire pasando por nuestros pulmones”, dice con una tranquilidad palpable.
CREATIVIDAD EN TODO
Su faceta como ingeniero también se refleja en su proceso fotográfico. La creatividad que despliega para resolver problemas técnicos en su trabajo es la misma que aplica en cada composición. “Ser fotógrafo me ha ayudado a fomentar mi creatividad en la resolución de problemas como ingeniero. Uno en la vida con sus decisiones crea su propio camino, y la fotografía es parte de esa creación”, reflexiona.
La dualidad entre su formación técnica y su sensibilidad artística le permite abordar la fotografía de manera única. En cada imagen, hay un equilibrio entre la precisión y la emoción, entre lo calculado y lo espontáneo. Viveros no solo retrata paisajes, sino que invita a quienes ven sus fotos a detenerse, a observar y a sentir. “Conectar con la naturaleza es conectar con nosotros mismos”, concluye, convencido de que en la simplicidad de un paisaje se esconde la clave para entender quiénes somos.










