Pasaporte a la Aventura. Madagascar

Separada del continente hace 65 millones de años, Madagasikara tiene una diversidad de asombrosos paisajes como variados son sus once dialectos, su prehistórica flora y fauna, y la multiplicidad de genotipos de su gente. Indios, asiáticos, árabes, africanos, y europeos, conviven en un lenguaje común, el malgache, y el francés. Características son sus fábricas de ladrillos que se encuentran a la vera del camino, en donde trabajan hombres, mujeres y niños por igual.

Relato y fotografías de Marisol Ortiz Elfeldt

IG @marisolortizphotography

Nunca sospeché lo que me iba a encontrar en esta isla ubicada en el océano Índico cuando acepté la invitación a participar en una expedición científica española. Rodeada de un océano transparente, sus paisajes son extraordinarios. Playas de arena blanca, plantaciones de arroz de un verde profundo, paisajes desérticos, pueblitos con sus propios oficios, lémures únicos en el mundo, selvas tipo Jurassic Park, una carretera insufrible, flores gigantes, animales increíbles y curiosos. Madagascar es una sorpresa tras otra, una aventura de esas que uno no se puede imaginar.

Tonga Soa

Esa frase en el letrero del aeropuerto nos da la bienvenida a Antananarivo, la capital.  Un guía y una van no muy moderna nos esperan. Noto el contraste de edificios altos y acristalados contra las calzadas de tierra, casas sin terminar, muchísima gente en las calles, y una mezcla entre autos, carretones tirados por burritos e incluso por hombres que trasladan fierros, ladrillos, y bidones con agua. Me entero de que el noventa por ciento de la población no posee agua potable, y las mujeres lavan la ropa en el río o lavaderos.

Salir de la capital nos toma al menos dos horas, el tránsito es lento y desordenado pero poco a poco estamos en la carretera principal que une las ciudades. Aparecen los humeantes hornos en los que se hacen los ladrillos, donde trabajan hombres, mujeres y niños por igual. Se hacen a mano, se cuecen quemando la cáscara del arroz. Me sorprendo al ver una mujer cargando una pila de ladrillos en su cabeza. No será la única…

A la búsqueda del ‘Indri-Indri’

Me encuentro en la selva profunda de Madagascar. En Andasibe. Nos ha tocado una tormenta de truenos y relámpagos. Una pesada lluvia nos retrasa la partida pero premunidos de bototos para caminar en la selva, pantalones largos – hay que tener cuidado con los bichos que pican -, gorro y una parka liviana, esperamos que amaine el aguacero y salimos en búsqueda del lémur más grande que existe.

Luego de cuatro horas de caminata entre árboles enormes, subiendo y bajando, ahí está. Sus aullidos avisan la presencia de ‘afuerinos’ en su territorio. Veo una mamá lémur con su cría a la espalda que con una rapidez asombrosa desaparece encumbrándose a las copas de los árboles, otros saltan de rama en rama.

De repente un ruido suave, y aparece a un costado una boa gigante entre el pasto. Le aviso al guía, y al resto. Él nos dice que nos quedemos quietos, que sólo está pasando por ahí. Mi corazón late a mil, no me atreví ni a hacer click con mi cámara. Después tendría otra oportunidad de fotografiar a una que estaba colgando en un árbol.

También encontraremos un cocodrilo que transita libremente a través de la hierba alta, varios tipos de camaleones, curiosas avispas cuyos nidos cuelgan de árboles secos, pequeñas ranas rojas que saltan a un lado del camino, flores en troncos que no son flores, ¡caminan!, y un enorme ‘milpies’ caminando sobre una hoja gigante. Reconozco que esta naturaleza es un tanto abrumadora.

“¿Qué es eso que se ve allá?”

Llevamos más de 1.200 kilómetros recorridos en estos días. La única carretera es de dos vías, sin muchas señaléticas – en la mayoría de las partes no hay ninguna, como tampoco hay semáforos en las ciudades- y con muchos hoyos. La gente transita por la berma, se cruzan todo tipo de vehículos,  los niños saludan y sonríen cuando nos ven pasar.

A primera vista se ve un caos pero nadie alega, nadie toca bocina, todos nos sonríen y seguimos avanzando a no más de 80 km/hr como máximo. Así las cosas, los trayectos se tornan bastante eternos entre un pueblo y otro. Pasamos de los verdes campos de arroz de las tierras altas donde abunda el agua, a las tierras bajas donde se prepara la tierra seca a la espera de alguna nube llorona.

La agricultura en Madagascar es totalmente artesanal, no existe ningún tipo de maquinaria, nada industrializado, es una economía de supervivencia, se produce para comer, para vivir, se trabaja colaborativamente, todos necesitan del otro de alguna manera y se ayudan entre sí.

Estoy en uno de los mercados. Hemos parado un rato a estirar las piernas y a conocer el pueblo. De pronto veo a lo lejos algo que está sostenido en los cables de los postes de la calle, como una nota negra en un pentagrama. ´¿Qué es eso que se ve allá?´, pregunto a uno de los biólogos. Mira con los prismáticos y me dice ‘una araña’. Y sí, en Madagascar hay unas arañas gigantes ¡que casi me quise morir! No fue la única que vi.

Pollitos fucsia

Los científicos recogen sus muestras de tierra, de bichitos, de hojas, mientras yo una vez terminado el registro fotográfico, me maravillaba con la gente, especialmente los niños. Todos descalzos, apenas vestidos, generalmente con una sonrisa a flor de piel, corriendo felices, acercándose con un ‘Bonjour Madame’. Unos jugaban con unos pollitos pero, ¿hay pollitos fucsia en este lugar? No, los tiñen para que los depredadores no se los coman.

La escolaridad es limitada, la educación básica es gratuita pero no es para todos, solo quedan los que tienen las capacidades necesarias. La educación privada se distingue por tener otro color de delantal, y son quienes no quedaron en la educación pública. Aún muchos padres se niegan a educar a sus hijos porque son parte de su fuerza de trabajo.

“No se puede pasar, hay Peste Negra”

A medida que vamos cruzando las diversas ciudades también va cambiando la diversidad étnica, Ambositra es la cuna de la etnia Betsileo y es la ‘ciudad de la madera’. Es famosa por su marquetería.  Ambalavao, ‘la ciudad del papel’, es donde fabrican el papel Antemoro, oficio traído por los inmigrantes árabes alrededor del siglo VII.

Ilakaka es ‘la ciudad de los zafiros’, y se pueden ver a niños buscando zafiros en las aguas barrosas, entre muchas otras en que cada una tenía su oficio, con productos que no se encontraban en otro lado. De eso me percaté como en el tercer pueblo cuando quise comprar algo que vi en el primero, ya no se podía encontrar. Artesanía, pañuelos de seda salvaje, utensilios de cuernos de cebú, ollas de aluminio, el mejor ‘foie gras’ que he comido en mi vida, entre muchas otras cosas se encontraban sólo en el pueblito correspondiente.

De pronto en un cruce nos topamos con personal militar cortando la ruta, no se podía pasar, esa zona de la isla estaba en cuarentena por la peste negra. ¡Peste negra! Nos toman la temperatura, revisan nuestros pasaportes, y después de un rato nos dejan ir. No pudimos conocer la Avenida de los Baobabs. Aunque ya he visto algunos.

Un merecido descanso

Así que nos vamos a un lugar sacado de una película y a un lodge maravilloso, ¡un Cinco Estrellas! en medio de un paisaje desértico de cañones, barrancos, y macizos que esconden cascadas, plantas y flores gigantes en su interior,  bichos curiosos e insectos raros. Ya estoy agotada. Hemos pasado del frío al calor, de la lluvia al viento. Llegar a Isalo es una bendición.

En la terraza del hotel, con una vista magnífica al gran murallón de piedra que esconde tesoros de pequeños oasis de aguas cristalinas, nos sentamos a contemplar el atardecer anaranjado que nos envuelve en una calidez relajante. Con una cerveza ‘Three Horses Beer’ hecha en Madagascar hago un salud con mis compañeros de viaje, agradecida de esta tremenda aventura.

Otras lecturas

Suscríbete a nuestro Newsletter