Pintar lo invisible. Christopher Brick

Christopher Brick no pinta escenas: abre portales. En su universo, la belleza es lenguaje, la teatralidad es espejo y el símbolo, una llave hacia lo profundo. Imaginario Teatral, su Portafolio 2025, reúne obras nacidas de estados liminales —sueños, visiones, memorias— que se ofrecen como espacios de contemplación. En esta entrevista para Costa Magazine, el artista nos invita a cruzar el umbral de lo visible y dejarnos tocar por esa vibración secreta que solo el arte verdadero es capaz de despertar.

  • Redacción: Cristian Muñoz
  • Fotografías: Diego Zubicueta
  • Instagram: @christopher_brick_

Hay artistas que buscan romper, y otros —como Christopher Brick— que anhelan recordar. Su obra no irrumpe, sino que emerge desde un silencio antiguo, donde lo visible es apenas un umbral hacia lo invisible. Pintor de lo simbólico, de lo arquetípico y lo sagrado, Christopher no trabaja con la urgencia del presente, sino con la paciencia del rito. Cada imagen que compone parece haber sido soñada antes de ser pintada; cada trazo, una resonancia. Su portafolio 2025, titulado Imaginario Teatral, es precisamente eso: una cartografía del alma construida desde la teatralidad, la contemplación y el misterio.

En sus cuadros no hay gritos ni consignas. Hay gestos cargados de sentido, miradas que no se explican, escenas que vibran como ecos. Influenciado por el Renacimiento, el Barroco y el pensamiento simbólico de Jung y Platón, su obra dialoga con la tradición no desde la nostalgia, sino desde una convicción activa: la de que el arte, cuando es verdadero, no se agota en el discurso. Eleva. Transmuta. Despierta. En ese sentido, la pintura de Brick no quiere ser comprendida del todo, sino experimentada, como se experimenta un sueño que deja huella.

Hay una melancolía dulce en sus personajes: Pierrot, la luna, los bosques, los ojos duplicados, los hongos. Todos hablan en un lenguaje más cercano a la intuición que a la razón. Son símbolos que se repiten como notas en una misma partitura secreta. Su mundo está habitado por máscaras que no ocultan, sino que revelan; por gestos detenidos en el umbral de lo numinoso. Christopher pinta para construir espacios donde el espectador no sea solo testigo, sino partícipe de una ceremonia. Donde mirar sea un acto de reconocimiento interior.

En tiempos donde la velocidad y la provocación han vaciado al arte de silencio, Christopher Brick se alza como un alquimista del símbolo. Sus obras no responden, preguntan. No ilustran, evocan. No imponen, acompañan. A través de la belleza formal, de una técnica rigurosa y una profunda fidelidad al alma, este artista nos invita a detenernos, contemplar y recordar lo que ya sabíamos antes de las palabras.

¿Recuerdas ese primer impulso que te llevó a tomar un lápiz o pincel con intención creativa?
Desde que tengo memoria, el dibujo ha sido parte de mi vida. Siendo hijo único, pasaba largas horas solo, y mi pieza se transformaba en un pequeño mundo donde todo podía existir si lograba dibujarlo. No fue algo que decidiera: simplemente, dibujar era mi forma de estar en el mundo.

Aunque vivíamos en la ciudad, mi familia siempre estuvo ligada al campo. De niño solía ir con frecuencia a Coya, hacia la cordillera de Rancagua, donde vivía parte de mi familia. El paisaje era agreste, silencioso, cargado de relatos. Se hablaba de duendes, del tuetue, de luces que aparecían en la noche. Ese imaginario —a medio camino entre lo real y lo mítico— marcó profundamente mi manera de mirar. Uno de mis tíos, allá en Coya, me pidió una vez que le dibujara uno de sus caballos. Fue mi primer encargo y aún está colgado en esa casa.

¿Hubo alguna figura, experiencia o descubrimiento que marcara un antes y un después en tu decisión de dedicarte a la pintura?
Sí, y no fue solo una figura, sino una visión que me marcó profundamente. Recuerdo estar en el Museo de Bellas Artes, frente a Las tentaciones de San Antonio de Claudio Bravo. Me acerqué buscando la pincelada y no la encontré. No parecía una pintura, en algún momento pensé que era una impresión. La técnica era increíble, pero lo verdaderamente inquietante era el contenido simbólico. Me parecía que más que una obra religiosa, aquello era un drama psíquico.

El santo rodeado por formas de seducción y engaño, por un infierno que se disfraza de cielo, hablaba del alma enfrentando sus pruebas más sutiles. Me reveló que el símbolo no se explica: actúa. Que el arte verdadero no debe ser un mero adorno, sino que un espacio de contemplación.

Quedé tan impactado que al llegar a casa comencé a buscar información sobre el artista. Ahí me enteré, con asombro, que Claudio Bravo acababa de fallecer… justo en ese momento en que yo estaba frente a su obra. Nunca más vi el arte como antes. Fue una coincidencia demasiado exacta como para no sentir que había algo más en juego.

Hablas de tus imágenes como si te visitaran en sueños, lecturas o estados liminales. ¿Cómo es ese proceso de traducir una visión etérea en una obra concreta?
Sí, muchas veces las imágenes llegan de forma inesperada, como si no vinieran de mí, sino a través de mí. Muchas de ellas aparecen en sueños, otras imágenes al leer: Creo que la poesía o la prosa, logra darte una experiencia parecida a la de la pintura, frases que no se leen solo con los ojos, sino con el alma. Aún tengo pendiente interpretar algunas de ellas.

La teatralidad es una constante en tu trabajo. ¿Qué representa para ti el escenario, el gesto y la máscara dentro del acto pictórico?
En mi obra la teatralidad conforma un imaginario desde el cual se despliegan las escenas sobre todo en la colección que actualmente estoy trabajando. Me interesa el escenario como campo imaginal, donde se manifiestan fuerzas interiores bajo una forma visible. Las figuras que habitan este espacio aparecen con máscara o maquillaje, revestidas con ciertos elementos como claves de lectura. Cada uno de estos detalles —el gesto, el atuendo, la postura— son presencias construidas con la lógica del arte mnemónico, evocando el antiguo arte hermético de la memoria, una arquitectura visual capaz de activar zonas profundas de la conciencia.

El universo de la commedia dell’arte, en su origen, articulaba funciones arquetípicas a través de figuras reconocibles, formas codificadas que trascendían lo anecdótico. Cada personaje encarnaba una tensión, una función que se expresaba mediante gestos, movimientos, silencios y exageraciones. Ese teatro hablaba en símbolos, y su potencia residía en esa capacidad de acceder a lo esencial a través de lo formal. En ese mismo espíritu, mi pintura busca rescatar ese espacio de aparición.

Hay una delicada tensión entre lo clásico y lo contemporáneo en tu obra. ¿Cómo dialogas con la tradición sin caer en la nostalgia?
La tradición no es una reliquia: es una corriente viva que atraviesa el tiempo. En mi trabajo, no cito al pasado como un museo que se admira desde lejos, sino como una fuerza estructurante, vertical, que ordena el caos. Dialogo con lo clásico no desde la melancolía, sino desde la conciencia de que todo arte verdadero se enraíza en principios metafísicos inmutables.

Vivo inevitablemente en un mundo contemporáneo, pero mi trabajo nada tiene que ver con la ruptura vacía del «arte» posmoderno, que se agota en su contingencia, que se pliega a modas o consignas pasajeras. Ese arte panfletario, que cree estar rompiendo algo pero en realidad solo confirma el desarraigo general. La ruptura por la ruptura me parece que es ruido: no transforma, no eleva, no revela nada. Yo no busco romper con la tradición, sino reconectarla con un presente que ha olvidado el alma.

En piezas como “Requisito sine qua non” exploras el sacrificio del artista. ¿Qué lugar ocupa el dolor, la entrega o la sombra en tu camino creativo?
Requisito sine qua non nace de un poema —El oficio del escritor, de Edmundo Moure— que no romantiza la creación, sino que la describe como lo que es: un acto de riesgo y consagración. Junto al equipo de Mapocho Arte Vivo, tomamos esa premisa y la transformamos en imagen. La mujer que abraza al escarabajo no está actuando solo desde la ternura, sino desde la consciencia de que ese abrazo puede costarle la vida. Y aun así, lo sostiene. Porque el arte —cuando es verdadero— exige esa entrega.

El sacrificio no es pose: es el núcleo. El arte no nace desde el confort, sino desde un llamado interior que muchas veces implica romper con lo conocido, incluso con los vínculos cercanos. Elegir este camino genera quiebres, incomprensión, soledad. Y, sin embargo, no hay retorno. Es como un salto al vacío: uno se lanza sin saber si va a volar o estrellarse. Pero ese acto, precisamente por su riesgo, tiene potencia transformadora.

El bosque, el ojo, el hongo, la luna: símbolos que se repiten en tu portafolio. ¿Qué significado personal tienen estos elementos en tu imaginario?
Estos símbolos son hilos que entretejen la narrativa de mi obra. Los uso como elementos que permiten integrar el mensaje, y marcan el ritmo interno de lo que pinto. Me permiten conectar los elementos y darles una estructura casi mítica.

El bosque, por ejemplo, es el escenario del tránsito. Es el lugar donde uno entra siendo alguien y sale siendo otro. Hay algo del mito del héroe ahí, un viaje silencioso hacia dentro. El bosque, como lo vivo yo, es iniciático. Exige que uno se enfrente a lo que no entiende, y aun así persista en su búsqueda.

El hongo remite a mi infancia. A los cuentos donde eran casas de gnomos, portales diminutos a otros mundos. Quizás como esa flor inexistente de la que hablaba Miguel Serrano en su poema. El hongo como signo de lo mágico, de lo que crece en lo oculto, de lo que habita la frontera entre vida y muerte. Me atrae su ambivalencia: puede ser medicina o veneno, real o alucinación. Es símbolo de mutación, de saber antiguo, vegetal y prohibido.

El ojo aparece muchas veces duplicado. Uno es el ojo interior, el que observa desde el silencio y no necesita pupila para ver. El otro es el ojo de Pierrot, siempre vuelto hacia la luna, capturando su reflejo como si pudiera poseerlo con la mirada. Entre ambos se da una tensión: uno mira hacia dentro, el otro hacia lo inalcanzable. Me interesa esa dualidad. La pintura ocurre entre ambos: en lo que se ve y en lo que nos ve.

Y la luna es el gran espejo del anhelo, imagen del eterno femenino. Por eso está ligada a Pierrot, porque él no quiere la luna por ambición, sino por necesidad interior. Porque sin esa luz, algo se apaga.

Dices que tus obras no ofrecen respuestas, sino espacios de contemplación. ¿Qué esperas que experimente quien se detiene frente a una de tus pinturas?
No espero que alguien se pare frente a una de mis obras buscando entenderla como si fuera un rompecabezas intelectual. Tampoco me interesa llegar con una copa de vino a explicarla —como suele ocurrir con ciertas instalaciones posmodernas— donde la obra, desgeometrizada, desprovista de alma, muchas veces incluso de forma, necesita del discurso para justificar su existencia. En mi caso, la pintura no está ahí para ser explicada: está para ser contemplada.

Y contemplar no es un acto pasivo. Es estar en el templo. Es ingresar, aunque sea por un instante, en un espacio distinto al de lo cotidiano. Cuando alguien se detiene ante una obra y realmente la contempla, no está observando un objeto: está participando de una presencia. Y si la imagen está bien construida, si hay verdad en la forma, en el símbolo, en la energía que contiene, puede elevar al espectador, abrirle una experiencia interior.

Edición 183, julio 2025

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