Resiliencia: el mundo post coronavirus

Ricardo Guerra – Presidente ASIVA

Desde el año 2020, el mundo enfrenta la crisis sanitaria más grande de la historia actual, arrastrando pérdidas de vidas humanas y poniendo al límite la capacidad de los sistemas de salud. La crisis también está teniendo consecuencias sociales y económicas sin precedentes debido al distanciamiento físico y al confinamiento. En nuestro país, esto se da en un contexto en el que ya veníamos enfrentando las consecuencias de la crisis social que estalló en octubre de 2019, la que está lejos de ser resuelta y que la pandemia sólo profundizó.

Para gestionar la incertidumbre y hacer frente a las adversidades entra en juego la resiliencia. Según la American Psychological Association, “la resiliencia es el proceso para adaptarse bien a la adversidad, ya sea un trauma, una tragedia, una amenaza o fuentes de tensión significativas, como problemas familiares, interpersonales o de salud, o situaciones estresantes a nivel laboral o financiero para salir fortalecido“. Para visualizarlo, es un árbol que soporta estoico las acometidas del viento. El término se toma de la resistencia de los materiales que se doblan sin romperse para volver a su forma original.

Ante esto, es preciso entender que, todos los países han tratado de ser lo más resilientes posibles y con las mejores características que su modelo económico se lo permita. Por ejemplo,  la magnitud de la respuesta económica desplegada por los países para enfrentar la emergencia sanitaria y reactivar la economía post-crisis no tiene precedentes, superando largamente los estímulos fiscales de la crisis financiera del 2008. A los esfuerzos desplegados para reforzar los sistemas de salud, sostener el ingreso de las familias e intentar proteger el empleo, se suman políticas de estímulo e incentivos a la inversión pública y privada con el fin de impulsar la reactivación.

Ahora bien, ¿las personas nacen resilientes se transforman en ello? Adam Grant, profesor de Administración y Psicología en la Universidad de Pensilvania y coautor del libro Opción B: afrontar la adversidad, desarrollar la resiliencia y alcanzar la felicidad señala que “hay un conjunto de comportamientos que se pueden aprender de manera natural y que contribuyen a la resiliencia“.

Desde esa perspectiva, podemos entender por qué en un período de crisis algunas personas pueden resistir o no y surgir. Ahora, lo importante, es mirar hacia adelante y ver cómo enfrentar el último tramo de esta pandemia. Sin duda, la economía es el eslabón que más se resiente, ya que es aquello que nos permite llevar el sustento al hogar, por ende, hay que contribuir en apoyar todas aquellas medidas e iniciativas que incentiven a la reactivación del país y la región.

El modo en que se diseñen e implementen estas medidas de reactivación serán determinantes para un adecuado ritmo de recuperación e inicio de una etapa de desarrollo de nuestra economía y de nuestra sociedad, tanto en el corto como en el largo plazo. Por lo tanto, hacerlo bien constituye una inversión concreta en la creación de ese mejor futuro al que aspiramos post COVID-19.

Esta es la oportunidad de alcanzar una recuperación económica bajo un enfoque de desarrollo sostenible y resiliente, y para ello, resulta fundamental vincular las agendas económica, social y ambiental, privilegiando la inversión en innovación, ciudades resilientes, educación inclusiva adecuada al siglo XXI, además de empleos dignos, movilidad social y estímulo a las pequeñas y medianas empresas, entre otros.

Debemos adoptar estrategias de reactivación con la mirada en el Chile sostenible que queremos construir, para las generaciones actuales y futuras. Nuestra Región necesita del trabajo mancomunado de todos aquellos que de verdad queremos a nuestra gente y al Gran Valparaíso. Trabajadores, autoridades públicas y políticas,  empresarios, emprendedores, estudiantes, jóvenes y adultos.

 

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