La vida sorprende. No es lineal. Al final, cada uno construye su proyecto de vida bajo sus propias reglas. Así lo enfatiza esta destacada periodista, quien, ad portas de cumplir 50 años, se siente plena y agradecida, valorando cada paso del camino recorrido.
Y no ha sido un camino fácil. Entiende que el dolor y la tristeza también deben vivirse para poder extraer de ellos aprendizajes. Lo sabe por experiencia propia: un quiebre matrimonial y la pérdida de un hijo durante un avanzado embarazo marcaron profundamente su historia. Todo forma parte del proceso. Pero también cree en las segundas, terceras y cuartas oportunidades. Finalmente, encontró nuevamente el amor y la maternidad tocó su puerta a los 47 años.
Hoy, su energía y sus prioridades han cambiado. El trabajo ya no ocupa el primer lugar que tuvo durante gran parte de su vida, porque con el paso del tiempo las cosas han adquirido una dimensión distinta.
En una íntima conversación con Costa Magazine, nos adentramos en el viaje personal y profesional que ha recorrido esta multifacética comunicadora. Habla de sus procesos de transformación, de la dedicación y rigurosidad con que ha ejercido el periodismo, y de una carrera construida a partir de decisiones audaces y desafíos permanentes.
También revela detalles poco conocidos de lo que fue, para ella, una de las experiencias más hermosas y, a la vez, más exigentes de su trayectoria: la animación del Festival de Viña del Mar junto a Felipe Camiroaga. Participó en diversos formatos televisivos, desafiándose constantemente y ampliando los límites de lo que tradicionalmente se esperaba de una periodista de prensa.
Sin embargo, hoy su mayor desafío está lejos de las cámaras y los focos. Su principal desafío —y también su mayor tesoro— tiene nombre propio: Borja.
- Locación: Agradecimientos a Hotel Mandarín
- Entrevista: Pablo Yutronic
- Maquillaje y pelo: Ely Gaby
- Fotografía y producción: Guille Vargas Pohl
- Vestuario: Purificación Garcia
- Enterito estampado: @skfkchile
Es una mañana fría. Una leve llovizna ha caído sobre la capital, creando el escenario perfecto para la jornada que está por comenzar. Desde el quinto piso de una de las suites del Hotel Mandarín Oriental, la vista se roba las miradas mientras nuestro fotógrafo afina los últimos detalles de una sesión que promete ser memorable. A pocos metros, la maquilladora dispone cuidadosamente sus herramientas sobre la mesa, compartiendo espacio con algunas ediciones anteriores de nuestra revista.
El reloj marca las once de la mañana cuando llega Sole. Su amabilidad y cercanía se perciben de inmediato. Apenas se desprende de su celular: entre la contingencia, los mensajes de WhatsApp y las múltiples responsabilidades que implica la maternidad, cada minuto cuenta. Sin embargo, se hace un espacio para conversar, relajarse y compartir un agradable encuentro con Costa Magazine.
Pero ¿cómo definir a nuestra entrevistada? Perfeccionista y disciplinada. Al menos, así se describió durante gran parte de su vida. Aquella periodista apasionada por la tecnología que pasó de leer noticias a participar en matinales y docurrealitys, hasta llegar al escenario más importante del país: la Quinta Vergara. En pocas palabras, ha recorrido prácticamente todos los rincones de la televisión chilena.
Hoy, junto a Ramón Ulloa, es el rostro ancla de Teletrece Central, el noticiero de Canal 13, ¡su querido canal! Fue precisamente allí donde dio sus primeros pasos, realizando su práctica profesional y comenzando una carrera que, con el tiempo, se consolidaría gracias al talento, la constancia y la cercanía que la caracterizan.
Lo que vino después forma parte de una historia ampliamente conocida. Una trayectoria marcada por importantes desafíos, reconocimientos y una permanente capacidad de reinventarse, que hoy la posicionan como una de las comunicadoras más reconocidas y valoradas del país.
Pero hace tres años, su vida dio un giro importante. ¿Inesperado? No necesariamente. Más bien fue una decisión profundamente reflexionada y coherente con el momento que estaba viviendo. Sabía que la maternidad tenía para ella una ventana de tiempo y sentía que estaba llegando a esa etapa de su vida.
Nada ocurrió por casualidad. Cree firmemente en las causalidades y en que cada experiencia tiene un sentido, una convicción que los años no han hecho más que reforzar. Claro que mirar hacia atrás siempre resulta más sencillo. Como suele decirse, “con el diario del lunes” todo parece evidente. Lo verdaderamente desafiante es atravesar la tormenta cuando aún no se vislumbra el horizonte.
A los 39 años enfrentó uno de los cambios más significativos de su vida: el fin de un matrimonio de 14 años. Fue un proceso doloroso, pero también transformador. Tiempo después conoció a su actual pareja y, junto a él, comenzó una nueva etapa. Un recorrido distinto, marcado por aprendizajes, certezas renovadas y la posibilidad de volver a construir desde otro lugar.
¿Cómo defines tu presente, ad-portas de cumplir 50 años?
¡Plena y agradecida! Esos serían los dos conceptos principales para definirme actualmente. Muy plena porque dejé de ser “Sole Onetto la periodista”, y hoy día soy “La mamá de Borja”. Así me siento, y la gente también lo percibe. Fíjate que en el ámbito público desde que nació Borja, lo primero que me pregunta la gente es “¿cómo está tu niño”? Lo que coincide absolutamente con lo que yo misma siento ¿Se entiende? Amo mi trabajo, me encanta ser periodista, pero al final del día, eres ante todo mamá. Por eso hoy puedo decir que me defino más como la mamá de Borja, porque capta mi absoluta atención y es mi prioridad.
¿Postergaste la maternidad por motivos profesionales?
¡No, para nada! Mi vida fue tomando un rumbo que finalmente me llevó a convertirme en mamá a los 47 años. ¿Sabes? Siempre he sentido que la vida tiene algo de mágico y que está mucho más marcada por las causalidades que por las casualidades.
Cuando me casé, tener hijos no estaba entre mis prioridades, ni tampoco entre las de quien era mi marido en ese momento. Los años fueron pasando, luego nos divorciamos y, simplemente, la maternidad quedó en pausa. Más tarde comencé mi relación con Andrés y la vida siguió su curso. Lo que quiero decir es que no hubo una decisión consciente de postergar la maternidad por mi carrera. Más bien, fue el resultado natural de las distintas etapas que fui viviendo. Las cosas fueron ocurriendo de acuerdo con el camino que iba tomando mi vida, y finalmente todo llegó en el momento que tenía que llegar.
¿Sentiste en algún momento la presión social o que se estaba cerrando esa ventana biológica?
Nunca sentí esa presión. Siempre me he sentido con la energía suficiente para llevar adelante mis proyectos y, de alguna manera, creo que el tiempo me ha ido dando la razón. Haber trabajado en tantas cosas, una de ellas la tecnología, me permitió observar de cerca los avances científicos y el enorme desarrollo que ha experimentado la medicina. También fui viendo cómo la expectativa de vida ha ido aumentando con el paso de los años. Por eso, nunca pensé que me iba a quedar fuera de esa posibilidad. Siempre he creído —y lo sigo defendiendo— que cada persona construye su proyecto de vida bajo sus propias reglas. Es una decisión profundamente personal.
Aunque debo ser franca: por una cuestión biológica sabía que mi plazo estaba entre los 47 y los 49 años. Más allá de eso, sentía que las posibilidades se reducían considerablemente.
Lo que sí vivimos —y que fue uno de los grandes duelos de mi vida— fue la pérdida de un hijo cuando yo tenía 44 años. Era un embarazo avanzado, de varios meses, y jamás imaginas que algo así pueda ocurrir. Fue una experiencia profundamente dolorosa y devastadora.
¿Cómo lograste encontrar la fuerza para volver a intentarlo?
Tiempo. Después necesité tiempo. Tiempo para sanar, para reencontrarme conmigo misma y para reunir nuevamente la fuerza necesaria para intentarlo. Finalmente, ese nuevo intento llegó cuando tenía 47 años.
El periodismo te ha dado muchas satisfacciones. ¿Qué es lo que más te gusta de la profesión?
Lo más bonito es la posibilidad de conocer personas y realidades muy distintas. El periodismo te abre puertas que difícilmente se abren en otras profesiones. Cada día es diferente, y eso es algo único. Puedes comenzar la mañana cubriendo un incendio y relatando un drama humano, y terminar la tarde entrevistando al Presidente de la República. Al final, tienes el privilegio de entrar, de alguna manera, en la vida y en la intimidad de las personas.
Recuerdo que para el terremoto de 2010 yo estaba animando el Festival de Viña del Mar. Apenas ocurrió la tragedia, me saqué el vestido y partí a reportear a Constitución. Allí viví momentos que nunca olvidaré. Una señora, mientras la abrazaba para contenerla, me dijo algo que me marcó profundamente: “Yo me dormí viéndolos a ustedes y me desperté en el agua”.
Hay algo muy poderoso en poder acompañar a las personas en momentos tan significativos de sus vidas, tanto en la alegría como en el dolor. Esa conexión humana es, para mí, una de las facetas más valiosas y conmovedoras del periodismo, más allá de la contingencia y de la dureza que muchas veces implica la profesión.
¿Cuál ha sido la experiencia en tu carrera que más te ha marcado?
Creo que, por lejos, el Festival de Viña. Siempre quise hacer un repertorio distinto de mi carrera, y en eso siempre fui atípica. Posiblemente hoy en día está mucho más instalado, pero antes el periodista de prensa no cruzaba esa frontera. Me refiero de participar en docurrealitys, matinales o formatos diferentes, como yo pude hacerlo. Entonces dentro de todo ese repertorio, sin duda que lo más “extremo” y a la vez maravilloso, fue el Festival de Viña del Mar.
¿Lo volverías a animar?
Si la pregunta es sí o no ¡Sí, lo haría, pero en la animación misma!
¿Cómo eso? ¿Qué significa?
Lo que hoy no sé si podría soportar —o, al menos, lo que me resultaría mucho más difícil asumir— es todo lo que rodea al Festival más allá de la animación misma (ríe). Me refiero a mostrar el vestido, desfilarlo previamente, estar permanentemente expuesta a las cámaras y generar contenido constante para las redes sociales. Y ojo, lo entiendo perfectamente. Sé que hoy es parte fundamental del trabajo y que tiene toda una lógica detrás. Pero creo que esa faceta ya no la disfrutaría tanto como antes.
Lo que ocurre es que cuando me preparé para animar el Festival, concentré todas mis energías en lo que realmente me apasionaba: la conducción. Estudié muchísimo. Con Felipe hacíamos un gran equipo; mientras él descansaba, yo seguía repasando información y preparándome para cada detalle (ríe). Y creo que esa dedicación se notó, porque logramos complementarnos muy bien y hacer un gran trabajo.
Por eso, si me preguntas por la esencia de la experiencia —estar sobre el escenario, conducir el espectáculo y enfrentar ese desafío profesional—, sí, lo volvería a hacer. Lo que ya no me acomoda tanto es todo ese universo paralelo que hoy acompaña al Festival. Yo disfruté profundamente la animación, el trabajo propiamente tal. Aunque, por supuesto, entiendo que todo lo demás también tiene su importancia y forma parte del evento.
¡Felipe malo para el estudio, pero con un talento innato! (risas)
¡Cero estudioso! (ríe) Efectivamente apeló a su talento innato, y eso es lo que fue su tremenda contribución al Festival de Viña, y no solo al Festival, a la televisión en general. Siendo a mi juicio, el mejor animador de la televisión chilena, sin ninguna duda. ¡Cuánto se le extraña hoy! Y eso es el complemento. Felipe puso a disposición su talento y yo puse los míos, que venían más del campo de la información, de lo periodístico. Es que siempre mi trabajo lo entendí con una preparación previa.








