El universo de José Manuel “Totoy” Zamudio

Pinta como quien entra en trance. Sin boceto, sin certezas, dejándose arrastrar por el color y el impulso. En ese estado nacen sus “monos”: figuras que no se explican, pero se reconocen. En el universo de Totoy Zamudio, la pintura no representa, revela.

  • Relato: Cristian Muñoz
  • Imágenes cedidas por el artista
  • Instagram: @totoyzamudio

Pinta durante horas. A veces catorce seguidas. Se detiene solo cuando el cuadro “se estabiliza”, cuando siente que ya no hay nada más que empujar, cuando la imagen encuentra su propio equilibrio. Antes de eso, no hay pausa posible. El gesto insiste, se repite, se expande. Como si algo —más allá de la voluntad— estuviera ocurriendo en la superficie.

En ese ritmo casi físico, entre la repetición y el impulso, se construye el universo de José Manuel “Totoy” Zamudio. Un mundo donde el color no ilustra, sino que irrumpe. Donde las formas no buscan parecerse a algo reconocible, pero aun así generan cercanía. Algo que no se entiende del todo, pero se percibe.

“Solo me dejo llevar”, dice. Y en esa frase, más que una metodología, aparece una forma de estar. Sus pinturas están habitadas por figuras que parecen surgir sin previo aviso. Cuerpos híbridos, en tránsito entre lo figurativo y lo abstracto, que se agrupan, se superponen, se conectan. No hay relato evidente, pero sí una energía compartida que atraviesa cada escena.

En ese universo, lo importante no es explicar, sino activar una experiencia. Detenerse. Mirar sin prisa. Permitir que la obra haga lo suyo.

Este 2026 marca un momento de expansión en su trayectoria. Dos exposiciones —una en Santiago, otra en Ovalle— revelan distintas capas de su lenguaje. Mientras una se abre hacia una reflexión más introspectiva, la otra despliega su faceta más vibrante, cargada de color, intensidad y movimiento. Lejos de responder a una lógica única, su trabajo se mueve entre esos extremos. Entre lo contenido y lo desbordado. Entre la estructura invisible y la libertad total.
“Es un espacio donde el alma desnuda se revela”.

LOS “MONOS”: UNA TRIBU SIN REGLAS

En el centro de su obra aparecen ellos. Los “monos”. Figuras que no responden a categorías fijas, pero que, con el tiempo, se han vuelto inconfundibles. “Todos mis monos pertenecen a una misma familia. No son ni hombres ni mujeres, son todo junto”. Más que personajes, funcionan como una comunidad. Se encuentran, se cruzan, se empujan, se necesitan. Habitan un mismo plano, pero no siempre obedecen a las mismas reglas. A veces parecen jugar. Otras, simplemente coexistir.

“Se joden, se molestan, se quieren… es el todo y la nada”. En ese cruce, los “monos” dejan de ser una forma y se convierten en un lenguaje. Una manera de pensar lo colectivo sin necesidad de explicarlo. Una metáfora abierta sobre la convivencia, el vínculo y la pertenencia. “Estamos contigo. Somos juntos. Somos la multitud”.

EL ORIGEN DE UNA MIRADA

Aunque su pintura se percibe libre, casi instintiva, el camino hacia ese lenguaje fue más largo y menos evidente de lo que parece.

Durante su juventud, Zamudio imaginó otros futuros. La medicina fue uno de ellos, marcada por una experiencia personal intensa: una enfermedad que lo llevó a pasar meses hospitalizado y a reaprender a caminar. “Me dejó cicatrices, dolor… pero también entendí que podía influir en mi cuerpo, que podía volver”.

Esa vivencia no aparece de manera literal en su obra, pero sí como una conciencia profunda del cuerpo, de sus límites y posibilidades. Más tarde ingresó a Ingeniería en Acuicultura. Llegó hasta quinto año. Pero algo no terminaba de encajar. La pintura apareció casi como un accidente. “Un amigo llegó con óleos, pinceles y una tela. Y fue un descubrimiento total”.

Ese momento marcó un punto de inflexión. Dejó la ingeniería e ingresó a la Universidad Finis Terrae, donde comenzó su formación en artes visuales. Más adelante, profundizó en Barcelona con un máster en Animación Digital.

En sus primeros años, las influencias eran evidentes. Matta, Picasso, el grupo CoBrA. Pero con el tiempo, esa huella inicial comenzó a diluirse. “No lo apuré. Solo fui mirando hacia adentro… y apareció algo que era mío”.

EL ESTADO DEL FLUJO

Si hay algo que define su proceso creativo es la ausencia de control previo. No hay bocetos, ni estructuras, ni ideas cerradas. “No tengo proyecto. No tengo claridad. Solo sé que quiero pintar”.

El inicio puede ser mínimo: una línea, un color, una mancha. A partir de ahí, la obra se construye en capas, en aproximaciones sucesivas, en una especie de diálogo constante entre el gesto y la superficie. “A veces lanzo pintura, vuelvo, sigo… y aparece algo”. Ese “algo” no se fuerza. Se deja emerger. Cuando logra entrar en ese estado, todo lo demás se suspende.

“Es como un trance. Un sueño despierto. El cuerpo desaparece. El tiempo también. Solo queda el movimiento. Y al final ves algo que no pensaste. Que apareció. Sin errores. Sin edición”.

COLOR COMO ENERGÍA

En su pintura, el color no es accesorio. Es núcleo. “El color es energía. Es alimento. Es el sentido del universo”. Cada tono actúa como una fuerza que organiza la composición, pero también como un vehículo emocional. Ilumina, tensiona, conecta. “No es decoración. No es moda. Es fundamento”, esboza el pintor.

En ese uso intenso y deliberado, el color se vuelve experiencia. Una forma de afectar al espectador sin necesidad de mediación racional. “Es alegría y resistencia. Es celebración”.

CUERPO, DOLOR Y REFUGIO

Aunque su obra está llena de vitalidad, su relación con el cuerpo está marcada por el dolor. Una condición con la que convive diariamente, pero que no define su discurso. “Aprendí a vivir con dolor. Pero no lo comunico”.

En su rutina, el taller aparece como un espacio de suspensión. Un lugar donde esa dimensión física queda en segundo plano. “La pintura es mi refugio, y en ese refugio no hay dolor”.

Sin embargo, no pinta para escapar. “Pinto porque es mi manera de comunicar lo que considero importante y que a veces se nos olvida. Y es que estamos con otros. No estamos solos”.

ENTRE LA INTUICIÓN Y EL OFICIO

Su trabajo nace desde la intuición, pero se sostiene en una coherencia que el tiempo ha consolidado. “No pinto para vender, mis obras se venden porque soy lo que explico y porque es así como he vivido hasta ahora”. En esa aparente contradicción hay una idea clave: la autenticidad como valor. “No es copia. Está vivo. Y eso se siente”.

A lo largo de los años, ha construido un lenguaje reconocible, sin necesidad de ajustarse a tendencias o discursos externos. Su lugar en la escena contemporánea chilena responde justamente a esa independencia. “Tengo claro que soy un artista atípico y que eso es muy interesante para los demás”, dibuja desde sus labios Totoy.

EL NIÑO QUE SIGUE MIRANDO

Cuando se le pregunta qué le gustaría que permanezca, su respuesta no apunta al reconocimiento ni a la obra. “Me gustaría que recordaran que fui un niño que no quería crecer, y se expresó como un niño y , a ratos, el mundo lo escuchó con agrado”.

En esa imagen aparece una clave de todo su universo: la capacidad de sostener la curiosidad, el asombro, la libertad de no tener que explicarlo todo. “El arte puede cambiar el mundo. No tengamos miedo”. En su pintura no hay conclusiones cerradas. Hay procesos. Capas. Movimientos. Como si cada obra fuera, en el fondo, una invitación a mirar distinto. A detenerse. A sentir. Porque en el mundo de Totoy Zamudio, lo esencial no se entiende: se experimenta.

Edición 191 • Abril 2026

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