Una segunda oportunidad

Para Jung – médico psiquiatra, discípulo de Freud y fundador de la psicología analítica – la segunda mitad de la vida, es el tiempo de importantes posibilidades. Tiempo para el crecimiento personal y la individualización, momento de potenciar tu singularidad.

Podemos pensar la primera mitad de la vida como un río, con movimiento constante y corrientes que nos llevan de un lado a otro. Expectativas o parámetros sociales, patrones o anhelos familiares, que inconscientemente hemos integrado en nosotros, marcan el rumbo de nuestras acciones.

Pese a lo anterior, en la etapa secundaria ocurre una transición, una tendencia a parar y tomar posición, decidiendo el destino deseado, según el nivel de consciencia logrado.

Qué valoramos

Este periodo está frecuentemente cargado de ansiedad, conflicto interior y a veces descontento. El sostener la tensión, entre la motivación de continuar el desarrollo personal y espiritual, con las ganas de quedarse en lo conocido – en términos de valores y logros -, es difícil de articular.

Es cierto, la primera mitad de la vida tiene un gran sentido, pero la segunda nos invita a algo más: a resolver lo que verdaderamente valoramos y preguntarnos cuál es el propósito del rumbo que hemos escogido.

Tal cuestión, me recuerda el planteamiento de Erickson y las etapas del desarrollo psicosocial. A los 40 años, – período de vida que el psicólogo alemán categoriza y llama Generatividad versus Estancamiento -, se tiende a dejar algo en el mundo (ya sea hijos o creaciones, aspectos creativos).

Mientras que a los 65 años y más – estadio de Integridad versus Desesperanza -, se evalúa si se ha sido más o menos exitoso en afrontar retos a lo largo de la vida, estando así en la etapa de la integridad del ego o, en caso contrario, en el lugar de la desesperanza.

Navegación con sentido

Según lo plantea Jung, si se quiere permanecer en las alturas de lo que se ha alcanzado, se debe luchar todo el tiempo para consolidar nuestra consciencia y sus actitudes, ya que con los años (con tal de preservar antiguas convicciones o ideales) esta batalla se rigidiza y estanca el alma.

La fluidez de ir con los tiempos despierta nuevos entusiasmos. Se  incorporan  nuevos hábitos permitiendo de este modo la navegación con un sentido interno y renovado, que provoca el encuentro auténtico con el otro y uno mismo.

 

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