Valentina y el sudeste asiático

Con 22 años, ansias de conocer el mundo y cámara en mano, Valentina Espejo Antognoli decidió confiar en su intuición y dejar que el océano marcara el rumbo. Entre olas, culturas y encuentros inesperados del sudeste asiático, la joven surfista y fotógrafa construyó un camino propio donde el viaje es tan importante como la mirada.

  • Fotografía y relato: Valentina Espejo
  • Instagram: @awuasala
  • Edición: Cristian Muñoz

A fines de 2024, Valentina Espejo Antognoli emprendió un viaje en solitario por las costas del sudeste asiático, hacia parajes que rara vez aparecen en los mapas turísticos. Con su tabla de surf como guía y la cámara lista para capturar cada instante, se internó en pueblos donde el mar marca el pulso de la vida cotidiana y afinó su mirada allí donde la luz irrumpe sin pedir permiso. Tenía 22 años y un objetivo claro: usar el océano como punto de entrada y la fotografía documental como brújula para narrar ese territorio desde dentro.

Valentina creció en Concón contemplando el mar como un espacio cotidiano, no como un paisaje lejano, y desde ahí fue desarrollando una mirada sensible hacia quienes viven de él. El surf surgió primero como práctica y luego como lenguaje común; la fotografía, como una herramienta para contar historias reales sin intervenirlas.

“Me impulsó las ganas de querer mejorar, de querer expandir mi fotografía, afinar mi ojo, conocer nuevas culturas”, cuenta. Desde niña supo que quería irse fuera, pero esta vez la motivación era concreta: unir fotografía y mar en una experiencia prolongada, sin prisa.

El sudeste asiático apareció como un territorio fértil. “Lo tiene todo porque es barato, hay buena ola y harta oportunidad para gente que está en la misma mía”, explica. Costas activas, comunidades diversas y una vida cotidiana profundamente ligada al océano hicieron de la región un escenario ideal para el desarrollo de un trabajo documental honesto.

EL PRIMER IMPACTO

Filipinas fue el primer destino y también el primer golpe de realidad. “Ahí recién me cayó el vértigo”, recuerda. Acostumbrada a actuar desde la intuición, viajó sin sobreplanificar, confiando en referencias sueltas y en la idea de encontrar un lugar menos intervenido que otros destinos más conocidos.

La llegada fue intensa. “Yo no pienso mucho las cosas, si quiero algo lo hago y después mido las consecuencias”, dice. En Filipinas apareció todo junto: la felicidad de estar donde quería y el miedo de haber asumido demasiado. “Pensaba: ya está, ya estoy acá, no hay vuelta atrás”.

La bienvenida fue directa y sin adornos. “Fue caótica y cálida al mismo tiempo”, recuerda. Esa mezcla la obligó a soltar rápido el control y a confiar en el viaje, en los tiempos y en sí misma. La fotografía comenzó a acompañar ese proceso: menos expectativa, más observación.

EL MAR COMO PUNTO DE ENTRADA

Desde el inicio, el océano fue más que un paisaje. “El mar es como mi punto de entrada”, explica. A través del surf y de las costas, se acercó a pescadores, comerciantes, familias y viajeros que viven en relación directa con el agua. Desde ese lugar íntimo, la fotografía documental se volvió una extensión natural de su vida.

La intención original incluía registrar imágenes desde dentro del mar. Sin embargo, el viaje se encargó de reordenar el proyecto. La carcasa acuática de su cámara se rompió en Filipinas, y cuando llegó a Sri Lanka, donde más la necesitaba, ya no la tenía.

“Fue frustrante porque era como el objetivo principal del viaje”, cuenta. Las carcasas son caras y difíciles de reemplazar en ruta. Aun así, la cámara sobrevivió intacta, y esa pérdida técnica abrió una nueva dirección narrativa.

“Me obligó a adaptarme, mirar afuera del agua, acercándome a las personas, a la vida en tierra”, explica. El límite técnico se transformó en una oportunidad para ampliar la narrativa y profundizar en los vínculos humanos.

ROSTROS, OFICIOS Y COSTAS VIVAS

En Sri Lanka, especialmente en Arugam Bay, ese giro se hizo evidente. Allí compartió varios amaneceres con un pescador local que terminó convirtiéndose en una figura clave del relato visual. “Se hacía llamar Mister Fisherman”, recuerda. Tenía una pequeña pescadería-restaurante y hablaba poco inglés, pero conectaba con todos.

“Siempre estaba feliz, le encantaba conocer gente, sacarse fotos, aunque no pudiera hablar tanto”, dice. Cada encuentro era espontáneo, sin poses ni artificios. La cámara se limitaba a observar.

Ese tipo de escenas se repite en estas páginas. Hombres, mujeres y niños con esa sensación de libertad, vidas sencillas y rutinas que sostienen la vida costera. No hay estereotipación ni búsqueda de lo extraordinario; lo cotidiano es suficiente.

Precisamente eso es lo que más la apasiona de la fotografía documental, “la posibilidad de contar historias reales, que gente que no está ahí pueda conocer estas culturas o personas”. La imagen funciona como puente entre mundos, no como espectáculo.

El surf sigue presente, pero no domina el relato. Es una excusa para entrar, para quedarse, para volver al mismo lugar varias veces. Desde ahí surgen las historias que realmente importan.

Pero hubo días intensos de producción y otros dedicados simplemente a estar, a surfear o a observar, el viaje definitivamente no ofreció equilibrio perfecto entre trabajo y vida personal. “Nunca tuve equilibrio, y eso también es parte del viaje; aprendí a escuchar mi propio ritmo y a no exigirme producir todo el tiempo”.

Esa escucha se refleja en su archivo visual. Las imágenes no responden a una agenda rígida, sino a una lógica orgánica, donde la fotografía aparece cuando tiene que aparecer.

VOLVER CON MENOS PESO

El regreso trajo cambios silenciosos. “Volví más simple y más consciente de las cosas que necesito y de las que no”, dice. Viajó liviana de equipaje, cargando casi exclusivamente su equipo de trabajo, y esa experiencia terminó permeando su forma de vivir y de crear.

“Uno empieza a valorar más los procesos, los encuentros y las experiencias en sí”, reflexiona la joven fotógrafa. También a confiar en las decisiones incluso cuando no hay certezas, a sentirse cómoda en la incomodidad.

Hoy, con 23 años recién cumplidos este febrero, vive nuevamente en Concón. Sus próximos pasos aún no están completamente definidos, pero sí orientados. Le interesa profundizar en la fotografía documental medioambiental, volver al agua con una nueva carcasa y seguir viajando con un propósito claro detrás de la cámara.

MAR Y OFICIOS

Entre los proyectos que comienza a desarrollar Valentina Espejo aparece “Mar y Oficios”, una plataforma pensada para generar comunidad a través de exposiciones y talleres artísticos ligados al mar y a los oficios costeros, como una extensión natural de lo vivido durante el viaje.

El año en el sudeste asiático no fue solo un recorrido geográfico. Fue un ejercicio de observación prolongada, de adaptación constante y de escucha atenta. Un fotorreportaje construido desde la vida tal como ocurre, a ras de tierra y agua.

Edición 189 • Verano 2026

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