VIAJANDO AL LÍMITE

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“He visto cobardes dando la vuelta por el mundo y valientes sentados en el sillón de su casa”, reflexiona Ayleen Martínez, la primera mujer latinoamericana que se atrevió a unir los poblados más extremos de América, de sur a norte, recorriendo durante 9 meses 19 países en un total de 58 mil kilómetros en motocicleta.

Gozaba de una vida tranquila, gran estabilidad laboral, económica y familiar, pero en su mente resonaba una y otra vez la célebre frase de Einstein  “si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo”. En esencia Ayleen Martínez (33) es esa clase de mujer, alguien que necesita salir de su zona de confort y darle un quiebre a la rutina para alcanzar su mejor versión. ¿El plan? Unir en motocicleta los poblados más extremos del sur y norte de América. Una travesía por 19 países recorriendo sola durante 9 meses un total de 58 mil kilómetros.

“Tengo miedos como cualquier otra persona, he fracasado mil veces, he tomado malas decisiones, así es la vida – reconoce la odontóloga apasionada por la aventura -. Pese a ello, y conociendo mis limitaciones y talentos, deseaba emprender un viaje de renovación desprendiéndome de todo lo material y emocional con tal de explorar más allá de mis propias fronteras y aprender la técnica de vivir intensamente el presente, el ahora”.

Viviendo la mayor parte de su vida en el mágico sur de Chile, aprovechamos la estadía de Ayleen en Reñaca para conocer más de cerca las emociones y dificultades experimentadas en la ambiciosa odisea de unir los poblados sur y norte más extremos del continente: Puerto Toro, en isla de Navarino, con Prudhoe Bay, Alaska respectivamente.

¿Por qué decides realizar tamaño viaje?

“Muchos emprenden un viaje-travesía cuando ocurre algún tipo de catarsis en sus vidas, algún suceso impactante. Pero yo gozaba de un pasar muy estable en todos los sentidos, aunque no me sentía en paz. Necesitaba un cambio radical que me permitiera alcanzar una mejor versión de mí misma, generar mi propia actualización. Debía apretar el botón Reset”.

Si te apasiona la aventura, escogerías una moto, ¿verdad?

“Me encanta la aventura. Pero también me crié en el taller  mecánico del Club Aéreo de Purranque, en la Región de Los Lagos. Allí mi padre me enseñó a los seis años a manejar motos, que para una niña de esa edad es como conducir un transbordador espacial. Al cumplir los 32 esa nave ya tenía un nombre: Fénix”.

Haces hincapié en los preparativos ya que tu moto quintuplica tu peso.

“Es una BMW F650 twin motor 800 cc que pesa 250 kilos. Compáralos a mis 48 kilos y un metro 55 de estatura.  Me preparé físicamente para resistir el peso de mi moto y poder levantarla en caso de caída, tomé clases de conducción off road y  cursos de mecánica básica, todos tremendamente útiles en el viaje”.

¿Cómo viviste esos nueve meses sola arriba de una moto?

“Viajé sola la mayor parte de mi tiempo, en contadas ocasiones decidí compartir ruta, pero en solitario tienes libertad respecto a tu tiempo y a las atracciones turísticas que deseas recorrer, no eres responsable de nadie y nadie lo es de ti. Pero sobre todo, te acostumbras a estar contigo mismo y ves la vida desde otra perspectiva”.

Hay un impulso o motivación bastante potente en ti, ¿cómo se alimenta?

“Mi motivación diaria era y sigue siendo disfrutar el presente, comprender que la vida es ahora. Dejar de tejer el presente con los palillos del pasado, que ya bastante peso lleva uno cargando en el viaje de la vida. Saber ir soltando peso en el camino, saber viajar liviano en alma y equipaje”.

EL PLAN ES QUE NO HAY PLAN

Había estudiado con anterioridad la ruta, pero iba siendo fácilmente modificada por los planes del día a día. Sabía que debía unir Cabo de Hornos con Alaska, era la única certeza para Ayleen. Pero el contacto con la gente, sus recomendaciones bien intencionadas y datos turísticos que no aparecen en internet la llevaba a generar nuevos trazados. “De esa forma conocí lugares fantásticos que no me los recomienda ningún mapa ni aplicación”, recuerda.

Aunque hubo momentos duros e intensos, corriendo riesgos en dos ruedas sobre  rutas complejas por su clima y geografía y peligrosas por el narcotráfico que las controla. “Los 73 kilómetros entre Gobernador Gregores y Tres Lagos, en la Patagonia argentina, poseen vientos muy fuertes y piedras resbalosas – relata la aventurera chilena -, pero en las carreteras que recorren  Santa Cruz hacia Cochabamba (Bolivia) debes sortear a imprudentes camioneros conduciendo en sentido contrario, con tramos mojados, resbalosos, cruce inesperado de animales y  cambios drásticos de altura que te provocaban el Soroche”.

Tienes una definición particular del miedo…

“El miedo es necesario, te prepara física y psicológicamente ante una amenaza. El desafío consiste en impedir que te paralice, controlarlo con destreza y hacer de él un instrumento útil a tu favor”.

Pero hubo un momento en que no sentiste miedo, fue pavor.

“Quizás fue el momento más revelador de mi vida, aquella que me hizo valorar mi existencia, mi forma de ser. Mientras cruzaba el desierto de  Baja California en México rumbo a Tijuana,  desde Guerrero Negro – ruta conocida mundialmente por el narcotráfico existente – me desvié del camino principal por sólo un kilómetro, suficiente para que todos los factores coincidieran en una experiencia aterradora.

Debía pasar la noche en medio de aquel desierto sin ningún tipo de  ayuda, rodeada de serpientes y coyotes en un camino arenoso donde tuve que dejar caer la moto sin poder volver a levantarla, expuesta a días de alimentación ligera, cansancio acumulado y 44 grados Celsius de temperatura. El mayor problema es que sufro de fobia a las serpientes…” (Continuará en la próxima edición).

   

Imágenes de @ayleen_al_limite · ayleenallimite.cl

 

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