Legado Lickanantay: tejedoras de San Pedro de Atacama

Entre los cerros y silencios del desierto más árido del planeta, en San Pedro de Atacama, el arte del tejido continúa vivo gracias a las manos de mujeres artesanas que han heredado un conocimiento ancestral. Más que una técnica, es una forma de vida que nace del vínculo profundo con la tierra, los animales y la memoria de quienes transmitieron este saber. Cada hilo guarda una historia y cada telar se convierte en un puente entre el pasado y el futuro de la cultura Lickanantay, que sigue latiendo en medio del majestuoso Desierto de Atacama.

  • Relato: Marcela Cademartori
  • Instagram: @casatelarchile

Sus paisajes nos cautivan con una paleta de colores que invita a contemplar los secretos del desierto más árido del mundo, el Desierto de Atacama. La tierra se despliega en tonos ocres, rojizos y dorados que parecen pintados por el sol. Allí la naturaleza muestra su belleza con una intensidad sobrecogedora, pero también revela su lado más desafiante: la dureza del clima y el sacrificio cotidiano que deben enfrentar las comunidades que habitan estos territorios.

Para quien no está acostumbrado a las alturas, la falta de oxígeno hace sentir su presencia. El cuerpo se vuelve consciente de cada respiración y el paisaje, tan hermoso como imponente, deja ver otra dimensión de la vida en el desierto. Es entonces cuando, frente a esa maravillosa postal de colores, comienza a revelarse el verdadero significado de habitar estas tierras.

En medio de parajes abiertos, cerros silenciosos, algarrobos y chañares, emerge un oficio que guarda siglos de memoria. Allí, en San Pedro de Atacama, a unos 2500 metros sobre el nivel del mar, aparece la historia de un legado que se ha transmitido de generación en generación. Es el trabajo de artesanas de la cultura Lickanantay, quienes frente a un telar fabrican, con admirable destreza, piezas únicas. Con cada hebra entrelazada no solo crean tejidos: también van hilando las fibras de una historia que busca ser contada y preservada.

Para comprender verdaderamente la labor de estas mujeres atacameñas, es necesario mirar hacia abajo, hacia el suelo que pisan y que también los sostiene.

“Somos un pueblo originario”, declaran con una identidad que no admite dudas. Su historia no comienza en un taller moderno ni en una fábrica, sino en la vida cotidiana de familias que han sido, por generaciones, el motor de la agricultura y la ganadería local. Esta base productiva es el sustento de su arte: la lana no es un insumo comprado al azar, sino el resultado de una relación profunda con el territorio y con los animales que lo habitan.

El sueño de estas artesanas es claro y urgente: necesitan ser escuchadas. Su anhelo no apunta a una industrialización masiva, sino al rescate y la preservación de lo auténtico. Trabajar con lanas autóctonas y colores naturales no es simplemente una elección estética; es un acto de resistencia cultural y de amor profundo por su cultura y por su tierra. Es ese amor por la raíz lo que las convoca y las impulsa a permanecer en su lugar de origen, transformando la materia prima en un testimonio vivo de quiénes son.

Para muchas de ellas, el oficio comenzó como un juego que, con el tiempo, reveló el esfuerzo silencioso que sostenía a la familia. Irene Cruz, artesana de Casa Telar de Socaire, recuerda con claridad. “Gracias a la artesanía estudiamos y nos alimentamos. El juego era tomar un ovillo y ayudar a mi mamá. Era jugar con los animales y apoyar en el hilado. Era un trabajo en equipo”.

“Recuerdo a mi mamá, a mis abuelitos… ellos tejían. La mujer la llevaba más en la agilidad, pero siempre era en conjunto. Se trabajaba en familia, lo mismo al momento de la esquila”, relata por su parte, Carmen Vilca, artesana de Casa Telar de Larache.

UNA EXTENSIÓN DEL ALMA

El tejido, para estas artesanas y artesanos, es mucho más que una técnica, es una extensión del alma. No se trata simplemente de cruzar hilos, sino de un proceso constante de aprendizaje y resiliencia. El oficio implica “armar, desarmar y no rendirse ante un objetivo”. Es, en muchos sentidos, una metáfora de la vida misma, donde el error no es un fracaso, sino parte necesaria del camino.

Existe además un ingrediente invisible, pero esencial, en cada pieza que sale de sus manos: el sentimiento. Comparan su arte con el acto íntimo de alimentar a la familia.

“Es lo mismo que cuando uno cocina. Si lo haces con amor, sale rico”.

Para estos artesanos y artesanas, trabajar con lanas autóctonas y colores naturales también es una forma de preservar el vínculo con la tierra. La lana es fruto de esa relación profunda con el territorio.

“Me gusta la lana natural en su pureza. Por ejemplo, la llama tiene mucha variedad de tonos y uno puede trabajar sin usar tintes. Es algo que me conecta”, comenta Carmen.

Para Irene, todo remite a la naturaleza. “Cuando una pastorea ve esos cerros, los lleva de inmediato a sus tejidos. Si el animal se alimentó bien, tenemos buena fibra”.

El tejido adquiere así un grado de afectividad que solo se logra cuando se hace con cariño, recordando a las madres y abuelas que recorrieron ese mismo camino. Al tejer, no solo crean prendas: también buscan sentirse parte de una historia mayor, conectando el presente con un pasado que sigue latiendo en cada nudo y en cada trama.

UN LEGADO QUE SE NIEGA A DESAPARECER

La mayor preocupación de estas artesanas no es la técnica, sino la permanencia. “Ojalá que esto no se acabe nunca”, repiten con una mezcla de esperanza y responsabilidad. La transmisión de conocimientos es vital para que la tradición continúe viva; es un llamado a su propia comunidad para que las nuevas generaciones se involucren, porque el futuro de este saber depende de ellas.

“El tejido es lo que tenemos. Es nuestra esencia. Mi alma sigue viviendo del tejido; está dentro de la cultura Lickanantay. Es algo que va en la sangre. Deseo mucho continuar con el legado; como originaria quiero que nunca se pierda mi cultura, por eso tengo que seguir practicando y enseñando, para que las futuras generaciones se identifiquen con nosotros. El ganado y la tierra nunca van a pasar”, reflexiona Carmen.

A lo que Irene agrega: “Es el reflejo de todo lo que nos enseñaron nuestros papás; seguimos replicando imágenes, figuras, tipos de urdimbre, de tejidos y de tramas. Lo que hacemos es algo que vimos en la infancia. Pese a que hemos aprendido nuevas cosas, seguimos replicando. Ese conocimiento sigue saliendo”.

A pesar de la maestría que demuestran, mantienen la humildad de quien sabe que el aprendizaje nunca termina. “Uno nunca deja de aprender”, dicen. Y quizás es precisamente esa apertura la que permite que este oficio siga vivo, esperando siempre nuevas manos dispuestas a continuar la historia.

Así, mientras el viento del desierto sigue recorriendo los cerros y quebradas, el tejido permanece como un lenguaje silencioso que cuenta la historia de un pueblo. Un legado que se sostiene en la tierra, en el ganado y en la voluntad de quienes se niegan a dejarlo desaparecer.

Porque mientras exista alguien dispuesto a sentarse frente a un telar y escuchar lo que la lana tiene que contar, la cultura Lickanantay seguirá viva, latiendo en cada trama, en cada color y en cada historia tejida en las alturas.

Edición 190 • Marzo 2026

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