Poder sentir, vibrar, expresarse y sorprenderse es lo que mantiene más vivo que nunca a Francisco Reyes, uno de los actores más destacados de nuestro país. Fueron esas mismas pulsiones las que, hace más de 35 años, lo llevaron a dejar la arquitectura para seguir el llamado del teatro. No fue una transgresión, sino una escucha profunda de esa voz interior que lo empujó a cambiar de rumbo. El tiempo le dio la razón: su trayectoria está marcada por éxitos, reconocimientos y galardones, pero también por una coherencia íntima que sigue guiando cada uno de sus pasos.
Lejos de hablar de metas cumplidas o de un camino cerrado, el emblemático intérprete de 71 años entiende la actuación como una búsqueda permanente. La incertidumbre no lo paraliza, al contrario: la transforma en un motor creativo. No cree en el destino final ni en las certezas absolutas; prefiere habitar el tránsito, el movimiento, la exploración constante de nuevas emociones y territorios expresivos. Esa mirada, honesta y sin artificios, es la que ha sostenido su vigencia a lo largo de las décadas.
Entre la casualidad que lo llevó al teatro y el miedo —al que reconoce como uno de los grandes enemigos del ser humano—, “Pancho” Reyes se abre con Costa Magazine en una conversación íntima y reveladora. Habla de reinvención, de los temores que acompañan el oficio y de los rincones más oscuros del alma humana, sin perder nunca el amor profundo por la vida. Un retrato sincero de un actor que no siente haber llegado a destino, porque su verdadero impulso sigue siendo, simplemente, seguir buscando.
- Entrevista: Trinidad Rendich
- Edición: Pablo Yutronic
- Fotografías y producción: Guille Vargas Pohl
- Vestuario: Wendy Pozo – IG: @wendypozosasteria
Hablar de Francisco Reyes es hablar de una presencia que ha acompañado por décadas a la ficción chilena. Desde los años noventa, su rostro y su voz quedaron asociados a personajes complejos, muchas veces incómodos, que marcaron a la audiencia y permanecen en la memoria colectiva. Más que un intérprete prolífico, Reyes se transformó en una referencia: alguien capaz de sostener el peso emocional de una historia sin recurrir al exceso, siempre desde la búsqueda y la honestidad.
Esa huella se construyó a lo largo de más de 35 años de carrera en televisión, cine, teatro y series. Fue galán en la época dorada de TVN, encarnó personajes que estremecieron al público —como el antagonista de ¿Dónde está Elisa?— y se permitió romper con toda solemnidad en La Ley de Baltazar. Hoy, vuelve a sorprender interpretando a un empresario tradicional y conservador en la nocturna de Mega Reunión de Superados, confirmando una trayectoria que no se acomoda ni se repite.
Su trabajo en el cine y las series refuerza esa coherencia. Películas como Machuca, El Club, Neruda y Una mujer fantástica, junto a ficciones como Prófugos, Los Archivos del Cardenal y La Jauría, dan cuenta de una filmografía sólida y diversa, marcada por la elección de historias complejas y personajes con múltiples capas.
La entrevista ocurre en los estudios de Chile Films, en Las Condes, en medio de una jornada de grabación. Entre técnicos, actores y pasillos en movimiento, Francisco Reyes se da el tiempo. Interrumpiendo su hora de almuerzo propone un lugar más tranquilo, un espacio que acompañe el tono de la conversación.
En una sala de maquillaje, frente a dos grandes espejos iluminados, responde con calma. Sonríe ante algunas preguntas, guarda silencio ante otras. “No había pensado hace mucho tiempo en eso”, dice, con naturalidad. A sus 71 años, sigue activo, atento y dispuesto a conversar desde la reflexión, sin imposturas ni certezas definitivas.
DE LOS PLANOS A LAS TABLAS
Antes de subirse a un escenario, el reconocido actor vivía entre planos y maquetas. Cursaba la carrera de arquitectura, siguiendo una ruta que parecía natural: venía de una familia de arquitectos y jamás había cuestionado ese destino previamente trazado. Sin embargo, cuenta con seguridad que algo empezó a desacomodarse.
“Estaba estudiando y empecé a sentirme necesitado de herramientas más cercanas a la expresión… necesitaba sentir”, recalca.
Esa inquietud lo llevó primero a la música, en un instituto impulsado por profesores de la Universidad de Chile. Fue allí donde, casi por azar, apareció la escena que cambiaría su vida: frente a la sala donde tomaba clases había un estudio de teatro. Una puerta discreta que terminaría siendo decisiva.
“No fue una decisión planificada”, dice. “Fueron muchas casualidades, pero todo partió porque estaba buscando algo, estaba mirando. Todo comienza desde un motor inquieto”.
EL ARTE DE NO DETENERSE
Francisco Reyes no habla de su trayectoria como una línea ascendente ni como una suma de logros. Más bien, la describe como un desplazamiento constante, empujado por una inquietud que nunca se apaga. “Siempre estoy partiendo. Nunca he sentido que he llegado a una cierta meta. Nunca, en ningún aspecto”, dice con mucha tranquilidad, que incluso puede ser notada en su mirada. Al parecer su relación con el oficio está marcada por el movimiento más que por la estabilidad.
Explorar ha sido una necesidad vital más que una estrategia profesional. Cambiar de rumbo, partir solo a otro país, asumir personajes incómodos o habitar espacios desconocidos forman parte de la misma pulsión. No se trata de acumular experiencias, sino de mantenerse disponible. De no quedarse quieto. De seguir probándose.
Esa disposición explica también su rechazo a las certezas. “Tratar de asegurar la vida, en cualquier término, es una pérdida de tiempo gigante”, menciona con seguridad, convencido de que lo más fértil ocurre precisamente cuando no todo está controlado. Para Reyes, el riesgo no es un obstáculo, sino un motor.
Esa necesidad de lanzarse al vacío se materializó, por ejemplo, en Hamlet, la obra que realizó junto a su hijo Simón. “Yo tenía 60 años, pero quería darle vida a Hamlet, un chico de unos 20, entonces me las arreglé”, recuerda entre risas. La montaron en distintos espacios al aire libre, viajando a lugares cargados de historia. “¡Salió precioso!”, expresa.
EL CUERPO COMO MEMORIA
A la hora de actuar, el intérprete no parte desde la técnica pura ni desde un cálculo racional del personaje. Su trabajo se construye desde la experiencia acumulada, desde aquello que el cuerpo recuerda incluso cuando la conciencia intenta olvidarlo. “Me gusta más la cosa orgánica”, afirma, entendiendo la actuación como un ejercicio profundamente ligado a lo vivido. En medio de la conversación, una actriz entra por error a la sala, ¡es Elisa Zulueta! Se disculpa en voz baja y continúa su camino. Reyes sonríe con naturalidad y retoma el hilo…
“Uno tiene dentro el malo, el bueno, el cariñoso, el maldito… tienes toda la paleta de personajes porque has sentido de todo”, explica. Actuar, entonces, no implica inventar desde cero, sino permitirse acceder a zonas propias que muchas veces se mantienen ocultas.
Por eso, los personajes más oscuros no le resultan ajenos, sino desafiantes. “Son los más entretenidos, porque son a los que tú más has castigado. A los que más les has echado tierra para que no existan mucho en ti”, dice. En ese gesto, Pancho Reyes entiende la actuación como una forma de reconocimiento: mirar de frente aquello que también es humano, aunque incomode.
Al pensar en un personaje que marcó un antes y un después, recuerda Trampas y caretas, una de sus primeras teleseries. “Era un personaje que tenía un quiebre muy entretenido, dramático”, dice sobre ese hombre conservador que descubre tardíamente la sexualidad y ve cómo “se le da vuelta el mundo completamente”. Ese proceso también fue personal: “Me causó un compromiso con el trabajo potente… significó conocerme más como actor”, recuerda, confirmando que actuar, para él, es también una forma de explorarse a sí mismo.
LA VIDA SIN GUIÓN
Fuera de los escenarios, el también director de teatro se piensa desde la contradicción. Lejos de cualquier imagen pulida o complaciente, se describe con crudeza: “En la vida, en general soy más o menos neurótico, soy un poco rabioso, un poco malhumorado”. No busca encajar en una versión heroica de sí mismo; prefiere habitar sus propios claroscuros.
Su relación con las personas también se mueve en esa ambivalencia. Si bien confiesa que el afecto es una de las formas más profundas de reconocimiento, también observa la complejidad del vínculo humano sin idealizarlo: “me encanta recibir afecto, pero así como me gusta la gente, también la detesto. El ser humano es un bicho complejo”.
Esa manera de mirar la vida se refleja también en la forma en que habita el mundo. “No soy un gran constructor de hogares, pero sí soy constructor de espacios”. Estamos sentados frente a frente, cada uno en una silla, rodeados de espejos y luces blancas, y la escena confirma sus palabras: el espacio no es el lugar, sino lo que ocurre dentro de él.
CON EL MIEDO A CUESTAS
Para la estrella de las teleseries chilenas, el miedo ha sido una presencia constante, como cree también lo ha sido para todo el mundo, “el miedo es uno de los grandes enemigos del ser humano; te frena, te inmoviliza, te hace dejar de intentar”, reflexiona, mientras se acomoda y piensa cada respuesta con pausa.
Pareciera conocerlo de cerca cuando habla de él. Decidir soltar una carrera segura para lanzarse al teatro y, más tarde, partir solo a París para formarse, fueron experiencias atravesadas por esa misma incertidumbre.
No obstante, con el paso del tiempo, el actor recalca: “tienes que saber manejar el miedo para que no te frene los sueños, la locura. Esa cualidad es la más entretenida del ser humano”, haciendo alusión a que haberse atrevido a saltar fue la mejor decisión que pudo tomar, y a que es lo que seguirá haciendo, aún con 71 años.
QUEDA POR EXPLORAR
El actor evita cualquier relato de cierre. No piensa su trayectoria como un ciclo completo, sino como un tránsito abierto. “Nunca he sentido que ya esté listo”, comenta, más desde la honestidad que desde la solemnidad. Para él, el oficio no responde al cumplimiento de etapas, sino a la posibilidad constante de sorprenderse con lo que aún no conoce de sí mismo ni de los roles que asume.
“Me gustaría practicar el gitanismo, conocer distintas culturas, tirarme en paracaídas, volar con ese traje de ardillas, volver a bucear…”
Esa disposición también se cruza con una reflexión serena sobre el paso del tiempo. Lo reconoce sin dramatismo: “Pienso en la muerte, obvio… da lata. A mí la vida me gusta mucho”. No habla desde el miedo que paraliza, sino desde el deseo de mantenerse activo, atento, emocionalmente disponible. La curiosidad, dice sin decirlo, sigue siendo un ejercicio vital más que una ambición artística. Y frente a cualquier duda, lo deja claro con una frase simple, directa, sin matices: “No me pienso jubilar”.











