Sanando, aprendiendo de lo vivido y buscando ser mejor. En esas aguas navega hoy Luz Valdivieso, a sus 48 años, en un momento de despertar y empoderamiento que jamás imaginó vivir. Madre, mujer y actriz, atraviesa una etapa de profunda reflexión personal. Reconoce que su gran lección en la vida ha sido aprender a poner límites, una enseñanza que emergió tras su mediática separación del actor Marcial Tagle, luego de 17 años de matrimonio.
El puzle se desordenó, pero Luz ha logrado rearmarlo. Con el paso del tiempo, las piezas comenzaron a encontrar su lugar. Hoy se siente tranquila, en paz consigo misma y con su entorno. Es una madre más valiente, más cercana a sus tres hijos y, además, ha vuelto a abrir su corazón al amor, esta vez con un francés que vive en México. La distancia no la asusta: “A esta altura de la vida, todo lo contrario”, dice entre risas.
En lo profesional, también se ha atrevido a salir de su zona de confort. Luego de más de dos décadas dedicada a las teleseries, participó en “Sin Frenos”, serie de comedia disponible en Amazon Prime Video, que aborda la migración en Chile.
- Entrevista: Pablo Yutronic
- Fotografías y producción: Guille Vargas Pohl
- Maquillaje & Pelo: Ely González
- Vestuario: Di Trevi Boutique
Luz Valdivieso es sinónimo de teleseries. Su carrera televisiva comenzó en 2001 en Canal 13, y desde entonces no ha parado. Es una de las figuras más reconocidas del género, pionera en la irrupción de las producciones nocturnas de TVN a mediados de los 2000, con títulos como Los Treinta, Separados, Alguien te mira, Casa de Muñecos y El Señor de la Querencia. Hoy se luce en las pantallas de Mega formando parte del elenco de Reunión de Superados.
Son 25 años de trayectoria —más de la mitad de su vida—, en los que ha vivido de todo: amor, maternidad, crisis y reinvención. Se casó en el 2005 con el conocido actor Marcial Tagle, con quién tuvieron a María (16), Marcial (13) y Lucía (7). Sin embargo, en el año 2022 oficializaron su separación definitiva. Un punto de inflexión en la vida de Luz.
En íntima conversación con Costa Magazine, Luz Valdivieso se abre con total honestidad para recorrer etapas poco conocidas de su vida, tanto en lo profesional como en lo personal. Habla por primera vez de sus procesos de transformación, de las lecciones que le ha dejado el paso del tiempo y de cómo cada experiencia —incluso las más difíciles— le ha enseñado algo valioso. Para ella, nada ocurre por azar, todo deja una huella, todo enseña. De eso y mucho más, nos habla en esta profunda e inspiradora entrevista.
¿Por qué crees que has perdurado tanto tiempo en teleseries? ¿Cuál es tu ‘receta del éxito’?
¡Uf, no lo sé! De verdad que no. Hay miles de actrices mejores que yo, más lindas, más talentosas… ¡más todo! Creo que tengo una gran estrella y unos angelitos que me cuidan desde arriba. Le agradezco infinitamente a mi jefa, la Quena Rencoret, con quien llevo muchos años trabajando.
Pero pensándolo bien, tal vez mi secreto sea que soy una especie de “comodín”. No soy la protagonista ni la estrella, pero soy útil. No soy un “rostro A”, sino un “rostro B”, y eso me ha permitido ganarme un lugarcito. Esa es mi teoría.
¿Sentiste prejuicio en tus inicios por ser actriz de televisión?
Existía ese prejuicio hacia los actores de televisión, como si fuéramos “menos actores” o “peores” que quienes hacían teatro. Era otra época, claro, pero incluso se producían divisiones con el teatro comercial. Se hablaba de “unos más artistas que otros”. ¿Me explico?
A mí, la verdad, no me importa si soy o no artista, me da exactamente lo mismo. Tengo un oficio que amo profundamente y del cual me siento muy orgullosa… ¡probablemente no soy artista! Soy una ejecutora. Me gusta ser una especie de marioneta en manos de mis directores o del guion que me toca interpretar, y poder transmitir lo máximo posible a partir de eso.
Eres una referente del género. ¿Qué te enamora de las teleseries?
Crecí viendo teleseries, me fascinaban las teleseries y me siguen encantando hasta el día de hoy. Siento que es un género maravilloso, profundamente latino, muy nuestro, con toda esa esencia del “culebrón”, del melodrama, de las grandes emociones. Por eso lo reivindico completamente. No es un trabajo fácil: se hace a un ritmo vertiginoso, casi sin tiempo, y muchas veces con recursos limitados. Aun así, hay que lograr contar historias creíbles, que se vean bellas y conmuevan al público. Y eso, además, en un escenario donde competimos con producciones de streaming de altísimo presupuesto. Entonces, el desafío es enorme: hacer algo atractivo, ágil y que, pese a todo, logre sostenerse y mantener el interés durante 90 capítulos.
¿Qué es lo que menos te gusta del medio televisivo?
Lo que menos me gusta es la falta de proyectos, la incertidumbre laboral, en el fondo, la falta de trabajo. Esa sensación de que ya no existe estabilidad, de que somos el único canal —Mega— que todavía está haciendo teleseries. Ya no hay competencia, ya no hay movilidad. Es vivir con la idea constante de que esto se va a terminar… ¡pero con la esperanza de que dure lo máximo posible!
Siempre tengo ese temor, siempre. Nunca desaparece. Y también trabajo pensando en eso. Por eso soy una persona súper austera, dentro de lo posible. No me doy grandes lujos, porque sé que la vida del actor tiene una duración limitada, como la de los futbolistas —aunque ellos ganan mucho más que nosotros, claramente—, pero va por ahí. ¿Cuántos personajes mayores de 55 o 60 años ves hoy en televisión? Disminuyen drásticamente.
¿Y qué pasa con la exposición de la vida privada? “Los costos de la fama”
El tema de la exposición es error de uno.
¿En qué sentido lo dices?
Yo me expuse. Yo me dejé exponer. Yo no me respeté. Yo no respeté mis límites. No es la prensa.
Te refieres a lo que fue tu quiebre matrimonial
Sí. A todo lo que fue el escándalo de mi separación, y qué sé yo. En el fondo pude haber sido más piola. No puedo decir que “es el costo de la vida que elegí”. La gran mayoría de las cosas yo las pude haber cuidado más, eso es responsabilidad mía.
¿Y por qué crees que te expusiste en ese momento? ¿Falta de guía o de consejos?
Falta de límites. Ese, creo yo, es mi gran tema en la vida. Parece que es lo que vine a aprender. En general, me cuesta decir cuando no quiero algo, cuando algo me molesta, o cuando alguien me transgrede… me callo, ¿cachai? Eso lo he tenido que ir trabajando con el tiempo, y me ha costado muchísimo.
¿Te cuento algo? Tiempo atrás, cuando mi hija mayor era más chiquitita, tuvo que autodescribirse y dijo: “Me llamo María y no sé decir que no”. Ahí me derrumbé. Y con el paso del tiempo, hoy, viéndola a ella mirar a su mamá y en lo que me he ido transformando, creo que sí he sido un buen ejemplo. Esa María que dijo eso hace unos años ya no es la misma. Ahora no se deja transgredir por nada. ¿Por qué te digo esto? Porque siento que esa era una de mis tareas en la vida, una parte de mi crecimiento personal. Y creo que lo estoy logrando. Hoy me considero un buen ejemplo para mis hijas.
¿Cuándo tomaste verdadera conciencia de poner límites?
Con la llegada de la menopausia, creo. Tuve una menopausia precoz, bastante adelantada, y fue una mezcla de todo: la separación, los cambios, el replantearse quién soy y quién quiero ser en lo que me queda de vida.
¿Te afectó emocionalmente el tema de la menopausia precoz?
No, para nada. En realidad, estaba súper agobiada con la regla, y además ya tenía tres hijos, no quería más. Pero sí, creo que inevitablemente, aunque no sea de forma consciente, una empieza a mirarse, a revisar quién es y quién quiere ser en el tiempo que queda, porque ya no me queda la mitad de la vida, me queda bastante menos, ¿cachai? Entonces me pregunto si a los 60 años voy a decir que a los 40 debí haberme dado cuenta de ciertas cosas. O que tendría que haber hecho lo que no me atreví a hacer, haber cruzado ese puente que me daba miedo. ¿La verdad? No quiero llegar a esas edad pensando que hoy tuve miedo y no me atreví.
¿Qué aprendizajes te dejó tu separación?
Chuta… no sé. Todavía estoy en eso, creo. Mira, tuve como un estallido, que tuvo que ver con todo: con la vida, con mirarse, con revisarse profundamente. Fue una especie de emancipación, donde siento que no hice bien las cosas. Un poco como en el estallido social: hubo violencia de mi parte, hubo momentos en que arremetí. Por eso hoy me resuena tanto la palabra “disculparse”, porque tiene que ver con quitarse la culpa. Es un proceso del que no me arrepiento por lo que hice, pero sí por las formas en que lo hice. Y entendí que disculparse no es aliviar al otro, sino aliviarse a una misma.
¿A qué te refieres con que arremetiste con violencia?
A que arrasé con todo, sin medir consecuencias. Pasé a llevar sentimientos, no me importó nada. Estaba enceguecida por esa revolución interna. Pero ese proceso me permitió reconstruirme.
Mirando por el retrovisor y después de todo lo vivido, ¿te consideras otra persona, tras la separación?
Han sido años súper necesarios para ser la persona que soy hoy. Me siento bien conmigo misma, mucho más valiente, independiente, empoderada de mi vida, de mis niños.
¿Te consideras una buena madre?
Creo que es lo mejor que hago. Me he equivocado harto, como todas las mamás, he tenido mis errores, sobre todo con la más chica, que nació justo cuando yo estaba en pleno duelo por la muerte de mi mamá. Entonces a mi hija mayor le tocó una mamá muy deprimida. Aun así, di una pelea heavy, por ejemplo con la lactancia: no tenía leche, y además atravesaba una depresión postparto que nunca me traté. Pero al final logré que esa fuera la mejor lactancia de las tres, la más conectada, la más profunda. Logramos un apego increíble. Ser mamá es, sin duda, una de las cosas que mejor hago, más que cualquier otra. No soy buena dueña de casa —aunque he aprendido—, sobre todo ahora que soy una mujer empoderada y sola (ríe). Pero antes, era pésima dueña de casa.
Actualmente, ¿cómo es tu relación con tu exmarido (Marcial)?
Bien, ¡súper bien! Mira, no debería hablar de él, pero solo puedo decir que es el mejor papá que mis hijos podrían haber tenido, sin duda. Y eso es lo más importante. Vamos a ser una familia siempre. Tenemos tres hijos juntos, y mis niños lo adoran; están igual de bien con él que cuando están conmigo. Para ellos es exactamente lo mismo, lo extrañan cuando están conmigo, y al revés también. Y fíjate que en eso, al menos, jamás nos hemos perdido. Siempre, todo lo que tiene que ver con los niños lo conversamos perfectamente, y siempre estamos de acuerdo. Podremos haber tenido nuestras diferencias por otros temas, pero en lo que respecta a los niños, nunca nos hemos perdido, ni él ni yo.
¿Te casarías de nuevo?
¡Oh, no sé! Nunca digas “de esta agua no beberé”, pero… difícil. Es que, sinceramente, me pregunto: ¿para qué me casaría? ¡Si divorciarse es tan difícil! (ríe) Es complicado después separar las aguas, sobre todo en lo económico, en la división, en todo eso. Pero como te decía antes, una nunca puede decir “de esta agua no beberé”, aunque, siendo honesta, lo veo difícil.
¿Tu corazón está ocupado? Tengo entendido que estás en una relación…
Estoy bien, súper bien. Construyendo poco a poco, porque es una relación a distancia. Él es francés, pero vive en México, así que tampoco está tan lejos. Intentamos vernos lo más posible dentro de lo que se puede, al menos una vez al mes. Y así vamos, tranquilos, paso a paso, dejando que las cosas fluyan y construyendo de a poco.
¿Te afecta la distancia?, ¿Cómo se vive una relación así en este momento de tu vida?
Creo que son varias cosas. Por un lado, la distancia cuesta, claro, pero también se puede. Tiene sus pros y sus contras, aunque en este momento de mi vida siento que tiene más ventajas que desventajas. Además, conocer a alguien con una mentalidad tan distinta, con otra forma de ver el mundo, me ha hecho muy bien. Me ha ayudado a crecer mucho y a mirar las cosas desde otro lugar.











