La historia no contada de Francisco Reyes Cristi

El actor de 31 años y rostro de la teleserie nocturna de Mega, se prepara para su rol protagónico en la obra “Cocinando con Elvis”, a estrenarse en el Teatro Mori, mientras mira hacia atrás en tono reflexivo y con total honestidad. Dejó la televisión siendo apenas un adolescente para reencontrarse años después con su verdadera pasión. Hoy, desde la calma de su hogar, habla de amor, pérdidas, del suicidio de su mejor amigo y de la muerte de su padre. Pero también de los afectos que lo sostienen, de su soledad elegida, del teatro como refugio y de ese niño que fue. Con la sensibilidad de quien ha aprendido a sanar, el actor nos deja entrar en su mundo más íntimo.

  • Entrevista: Cristian Muñoz
  • Fotografía: Francisca Hun
  • Instagram: @franciscoreyescristi

Alos 13 años, Francisco Reyes Cristi se subió al tren de la televisión sin planearlo. Fue un profesor de teatro de su colegio quien le sugirió presentarse a un casting de TVN. Así llegó a interpretar a Tomás Fritzenwalden en Floribella, la adaptación chilena de la exitosa telenovela argentina. Compartió pantalla con su hermano, el también actor Andrés Reyes, y tuvo un debut que cualquier niño habría soñado.

No obstante, decidió dar un paso al costado y se alejó de la televisión para enfocarse en sus estudios. Recién en 2017 volvió a la pantalla, esta vez por la puerta de Mega, interpretando al desordenado Raimundo Aldunate en Tranquilo Papá, donde fue el hijo mayor de Francisco Melo y Francisca Imboden.

Aunque está a punto de estrenar su rol protagónico en Cocinando con Elvis, el actor de 31 años se da el tiempo para conversar con Costa Magazine desde la tranquilidad de su hogar. Sin ansiedad ni discursos preparados, se sienta a hablar con la sinceridad de alguien que ha transitado pérdidas, cuestionamientos y decisiones.

¿Te sientes más atraído por el teatro que por las teleseries u otras plataformas?

Me gustan todas las plataformas —cine, teatro, streaming, televisión— mientras pueda actuar, estoy tranquilo. El teatro trata de estar vivo, es único e irrepetible, uno comparte con el espectador el mismo aire. Es vertiginoso, adrenalínico, amable, placentero, generoso. Si hay un accidente en escena o si un espectador se levanta de su butaca enojado y les grita a los actores, no hay nada que impida que eso pase. Eso lo hace peligroso, único e irrepetible. Denzel Washington decía que él aprende y crece actoralmente con el teatro, y luego esas herramientas se las comparte a su trabajo audiovisual. En gran parte, estoy de acuerdo con él.

Uno puede encontrar herramientas actorales interpretando un personaje en el formato audiovisual, sobre todo en los desafiantes, pero hay una potencia emocional expresiva que te empuja a aprender del teatro —que, en mi caso— no se ha comparado con la cámara. Lo que me gusta de contar historias, en el formato que sea, es que cuando la gente las ve puede verse reflejada en un personaje, lo que conlleva a una reflexión. Y eso es porque los personajes son contradictorios, al igual que nosotros.

¿Cómo es tu ritual personal antes de enfrentar el estreno de una obra?

Van cambiando según el trabajo. Siempre he tenido mi camarín, y suelo poner una foto de mi papá, la imagen de algún actor que admiro y algo que me conecte con el personaje que estoy interpretando. Y los “toitoi” —así les decimos— son regalos que nos damos entre actores el día del estreno. En esta obra (Cocinando con Elvis), lo que más me ayuda es hacer la primera escena, decirla con mis compañeras, y así se va soltando. Cada montaje te exige algo distinto.

Mencionas la foto de tu padre en el camarín. ¿Qué lugar ocupa el dolor en tu camino como actor?

He sentido rabia, he sentido rencor, pena. Pero creo que los momentos que me han ayudado a crecer como actor han sido justamente esos: cuando me traicionó esa persona, cuando yo traicioné y me sentí culpable, cuando creí que no era capaz, cuando se suicidó mi mejor amigo, cuando murió mi papá. En la vida, cuando algo se abre o se rompe, es ahí cuando uno, como intérprete, tiene un nuevo «conejo en el sombrero». Luego, en escena, si tienes mucha suerte y el cuerpo sin querer recuerda, algo interesante puede aparecer.

¿Qué te hizo alejarte tanto tiempo de la televisión después de Floribella?, ¿no te gustó ese mundo?

Sí me gustó. Además, siempre me trataron muy bien. Pero aunque me siguieron llamando para distintos proyectos, mi madre decidió que me dedicara a mis estudios y a mis amigos. Y aunque transcurrieron más de diez años, hoy es una decisión que agradezco.

¿Y qué queda de ese niño de 13 años?

¿Qué queda de ese niño? Yo creo que casi nada. En esa época me decían “el Floribello” en el colegio. Me gustaría tener esa falta de prejuicios para entregarse con arrojo a la escena. Hoy miro a ese niño con mucho cariño. Creo que era un niño alegre, pero muy inseguro. Y si pudiera decirle algo al Francisco de 13 años, le diría que no tenga miedo, que es muy capaz de lograr lo que quiera, que confíe, que todo va a estar bien.

¿Cómo se enfrenta el Francisco de hoy a su infancia, a aquellos fantasmas del pasado que, de vez en cuando, imagino resurgen?

Si bien agradezco el haber nacido en una familia llena de amor, soy de una generación en donde nuestros padres no tenían acceso a las herramientas emocionales y educativas que se tienen hoy. De igual manera, decido ver el vaso medio lleno. Me enfrento a mi familia con comprensión, compasión y cariño. Aunque tengan sus “yayas”, no es ahí donde pongo mi atención. Creo que parte de crecer es ponerse a prueba a uno mismo y, además, liberarse de creencias que te transmitieron en el pasado —colegio, familia, amigos—, opiniones que respondían a momentos específicos de sus vidas, pero que no son verdades sobre uno.

¿Volverías a elegir a tu familia?

Yo creo que ellos me amaron con todo lo que pudieron, y volvería a nacer una y mil veces más ahí. Soy un afortunado, eso lo sé, y me encargo de amarlos constantemente. Mis amistades también son muy importantes, y de un tiempo a esta parte disfruto mucho de mi soledad.

¿Qué valoras de apartar tiempo de calidad para ti mismo?

Me gusta leer, hacer ejercicio, cocinarme, meditar. Antes tenía esta necesidad imperiosa de siempre estar haciendo algo, rodeado de más gente. Ahora estoy cada vez más solo y me gusta. También me encanta lo social, pero se me agota más rápido la batería. Hoy mi enfoque está en disfrutarme a mí, a los míos, y vivir de la actuación.

¿Vivir de la actuación?

Claro, y es que he tomado una decisión que me tiene muy motivado: ahora tomo el rumbo, el camino de vivir exclusivamente de la actuación y voy con todo por aquello. Obvio puedo aceptar pegas de coaching para empresas o algunas clases específicas, pero mi enfoque está cien por cien en actuar que es lo que realmente amo y me encanta hacer.

Edición 182, junio 2025

 

 

Otras lecturas

Los aprendizajes de Luz Valdivieso: “Yo no respeté mis límites”

En una conversación profunda, Luz Valdivieso comparte los aprendizajes que marcaron su vida: la importancia de poner límites, su proceso de transformación tras la separación y cómo hoy vive una etapa de plenitud, valentía y autoconciencia que la llevó a reconstruirse desde adentro.

Suscríbete a nuestro Newsletter