En 1985, durante un invierno disfrazado de fiesta, Theodoro Elssaca llegó a Italia para capturar con su lente el renacer del Carnaval de Venecia. Tenía 25 años, dos libros publicados y una cámara Pentax cargada de rollos de diapositivas. Cuatro décadas después, esas fotografías análogas resurgen en una exposición realizada en el Teatro Municipal de Viña del Mar, donde imagen y palabra se entrelazan: cada retrato visual va acompañado de un poema en español e italiano. Es un viaje de regreso a la ciudad de los canales, pero también una celebración del arte como memoria viva y mirada que no envejece.
- Entrevista: Cristian Muñoz
- Fotografías: Theodoro Elssaca
Con cámara en mano y el corazón latiendo al ritmo de la comparsa, un joven de 25 años con alma de artista y prosa de poeta, atraviesa la bruma del invierno tardío en la ciudad de los canales. Ha llegado a Venecia como quien busca un sueño antiguo, y lo encuentra disfrazado entre máscaras doradas y sedas bordadas. El aire huele a historia y misterio, a siglos de secretos ocultos tras el anonimato de un antifaz.
Fascinado por la teatralidad del carnaval, Theodoro Elssaca se mueve entre callejones y palacios iluminados como un visitante urbano, un flâneur renacentista, dispuesto a capturar con su lente los gestos silenciosos de una ciudad que, por unos días, se convierte en escenario y personaje.
“Como si el tiempo no hubiera pasado, aún resuenan en mi memoria los ecos de la música barroca deslizándose entre las rendijas de los ventanales en un suspiro que se resiste a morir”, esboza el artista visual en su papel de fotógrafo antropológico y expedicionario.
Pero la verdad es que han transcurrido 40 años. Cuatro décadas que conmemoran el trabajo visual de Elssaca retratando aquella festividad religiosa iniciada el sábado 9 de febrero de 1985, extendida hasta el día 19, justo antes del Miércoles de Ceniza.
En aquel entonces, Theodoro había cumplido un año residiendo en Alemania y ya era autor de dos libros. Trabajaba en la Feria Internacional del Libro, en el tercer piso del edificio Messe Frankfurt, donde se celebraban reuniones privadas entre cuadrillas de editores y agentes para decidir futuras publicaciones y colaboraciones.
Su inagotable capacidad de asombro, atizada por su insaciable interés en el arte y las letras, conspiraron para que cumpliera ese anhelado viaje a la ciudad flotante, una experiencia inolvidable donde inmortalizaría en imágenes análogas el Carnaval de Venecia.
CARNEVALE DI VENEZIA
Hoy, a sus 66 años, el poeta, ensayista, narrador, artista visual, fotógrafo antropológico y expedicionario comparte con el público esta extraordinaria muestra de 12 fotografías del afamado carnaval. Captadas con una cámara Pentax y rollos de diapositivas, estas obras fueron recién exhibidas entre el 29 de abril y el 2 de junio en el renovado Teatro Municipal de Viña del Mar.
Durante la inauguración, rodeado de artistas, poetas, académicos y estudiantes, Elssaca se refirió a la exposición como “una relevante oportunidad de conmemorar los 40 años de su realización (1985-2025). Es un trabajo que plasmé en Venecia y que hoy se muestra como un hijo independiente que ha ido viajando por el mundo, con largas estadías de varios años en Alemania, Bélgica, Grecia, Suiza, Países Bajos, España y Francia”.
A cuatro décadas del registro, la emoción de reencontrarse con estas imágenes sigue intacta. “Lo sentí como un reconocimiento del Alma Mater y mi país natal”, expresa. “Siempre he sentido que los reconocimientos son un estímulo para seguir hacia adelante. Trato de avanzar. No mirar para atrás. Todos los días estoy aprendiendo algo nuevo, y eso es fantástico”.
Su voz adquiere un tono introspectivo al hablar del aprendizaje continuo. “Incluso cuando he dado clases a los jóvenes, en literatura o artes visuales, siempre aprendo algo nuevo de las conversaciones. Siempre se abren posibilidades de crear. La enseñanza es un espejo”.
Elssaca ha cruzado fronteras no solo geográficas sino también disciplinarias. Fotógrafo y poeta, investigador y artista visual, ha hecho del cruce de lenguajes su territorio natural. “He pensado en romper todos los límites geográficos y temporales para crear un diálogo entre las disciplinas del arte. En esta exposición, cada fotografía es acompañada de un poema en español e italiano. Las imágenes hablan y los versos susurran”.
Para el alumno de Nicanor Parra, el arte es también una forma de resistencia. “Desde mis inicios está presente la ecología. He sido testigo de cómo los bosques nativos han ido desapareciendo. En mi nuevo libro hay un poema titulado ‘Selva de mi sur’ donde digo: ‘He conocido árboles mejores que personas’. Y también: ‘He visto asesinar bosques, caer como dignos gigantes’”.
La dimensión ética de su obra no se limita al paisaje. Alude también al desplazamiento humano, a la identidad y a la pérdida. “Muchos de los problemas migratorios están ligados al cambio climático. El arte tiene que decir algo frente a eso. A veces es un grito, a veces una elegía”.
DE NIÑO ENTRE GRANDES
La infancia de Theodoro está marcada por un constante estímulo y sensibilidad artística. “Recuerdo estar de pie, tras una butaca, porque sentado no alcanzaba a ver el escenario. El teatro y el cine fueron un alimento poético. De ahí absorbí mucho, como por ósmosis, de escritores, actores, diseñadores y músicos”.
Su educación temprana en el Kent School le abrió las puertas a una formación singular. “Tuve profesores exiliados del Winnipeg. En literatura, el maestro Vicente Mengod me marcó profundamente. Le dediqué un relato, como forma de prolongar el diálogo con él, aunque ya no esté vivo”.
La universidad también fue un espacio de revelación. «Entré a estudiar Ingeniería Civil en Química, pero luego supe que en la escuela de la Universidad de Chile existía un Departamento de Humanidades, donde Nicanor Parra daba clases. Ahí descubrí a Pezoa Véliz – el mejor poeta de Chile, según Neruda-, a Merton, a D´Halmar. Tras las clases, continuábamos en una fuente de soda por avenida República -en el actual Barrio Universitario- hablando de Huidobro, Pablo de Rokha, los Runrunistas. Era un carnaval literario».
Ese aprendizaje lo condujo a circular entre los grandes. “En París escuché a Uribe en la Sorbonne. En Madrid estuve en charlas de Benedetti, Adonis, García Márquez, Onetti y Alberti con quien desarrollo un especial vínculo literario y de amistad. También conocí a Octavio Paz. Todo ese bagaje es mi columna vertebral”.
Sobre las corrientes poéticas, se declara libre. “He valorado las distintas escuelas. Cada una representa una forma de estar en el mundo. Fui amigo de Enrique Gómez-Correa, Lihn, Teillier, Anguita. Con Lihn leímos en el Hospital Barros Luco. Eran tiempos convulsos, pero cargados de lucidez”.
¿Qué significa para usted mirar hacia atrás? – “No es nostalgia, es gratitud. Cada instante vivido alimenta mi obra. Sigo escribiendo como si fuera mi primer poema. Sigo fotografiando, pintando y realizando caligramas como si cada imagen fuera una revelación”.
¿Y a los jóvenes artistas, qué les diría? – “Que se pierdan. Que duden. Que se contradigan. Que se enamoren. El arte no nace del control, sino del asombro. Y sobre todo, que nunca dejen de observar».
Con su mirada afilada por los años y la ternura intacta, Theodoro Elssaca sigue siendo ese joven que recorría Venecia con una cámara al pecho y el alma abierta. Hoy, vuelve con una ofrenda: una exposición que es también una invitación a detenerse, a ver, a escuchar lo que el tiempo, la memoria y la belleza tienen para decir.











