En un mundo donde la piedra parece inerte, Mauricio Guajardo descubre en ella una voz antigua y profunda. Con más de treinta años de trayectoria, este escultor chileno ha convertido materiales milenarios como el granito y el mármol en relatos que conectan pasado y presente, invitando a quienes se acercan a sus obras a vivir una experiencia única. Más que formas, sus esculturas son puentes que unen la historia del planeta con las emociones humanas, despertando sentidos y dejando huellas imborrables en espacios públicos y corazones.
- Relato: Cristian Muñoz
- Fotografías: Fuentes Audiovisuales
- Instagram: @mauricioguajardoescultor
Mauricio Guajardo no es solo un escultor. es un narrador que escribe con la piedra, tallando el tiempo y la memoria en cada superficie que toca. Desde hace más de treinta años, ha encontrado en materiales como el granito, el mármol y el acero un aliado silencioso, capaz de contar historias profundas y ancestrales.
Su formación en la Universidad Finis Terrae, donde destacó con honores, fue solo el comienzo de un camino en el que la materia y la forma se entrelazan para dar vida a un lenguaje propio, tan sólido como delicado, tan eterno como efímero.
En su taller, cada bloque de piedra es una promesa, un susurro del pasado que aguarda ser descubierto y transformado. Mauricio no impone su voluntad sobre el material, sino que lo escucha, lo respeta, y dialoga con él. Esa relación íntima con la materia se refleja en sus esculturas, donde la fuerza y la nobleza conviven con la sutileza de líneas y vacíos que invitan al espectador a acercarse, a tocar, a habitar el espacio que sus obras crean.
Su obra trasciende fronteras físicas y culturales. Ha llevado su arte a América, Europa, Asia y Oceanía, dejando su huella en espacios públicos y colecciones privadas. En cada viaje, cada exposición, el artista formado en la Universidad Finis Terrae con honores, recoge fragmentos de nuevas historias que nutren su mirada y enriquecen su lenguaje.
Su última exposición, “Días de Arte”, inaugurada en agosto en el espacio cultural Búho Blanco, en Bolivia, fue una invitación a sentir esas piezas vivas, esculturas que parecen respirar y que desafían al público a entrar en un diálogo sincero, más allá de lo visual.
Ese encuentro con el público es la esencia misma de su obra: un puente donde el arte se convierte en experiencia, y la piedra, en emoción. En ese cruce entre lo tangible y lo intangible, Mauricio Guajardo reafirma su lugar como uno de los grandes creadores de nuestra contemporaneidad, un escultor que no solo talla formas, sino que también despierta sentidos y recuerdos.
La piedra, el mármol, el granito y el acero son protagonistas en tu trabajo. ¿Qué tiene cada uno que te seduce y desafía como escultor?
El granito me atrae especialmente porque gran parte de mi trabajo nace a partir del rodado natural, respetando su forma original tal como la encuentro. El metal fue el primer material con el que comencé a trabajar la escultura, modelándolo a fuego en la forja, lo que me permitió entender la fuerza y transformación en caliente. El mármol, por otro lado, suele aparecer en mis obras de gran formato, muchas veces realizadas fuera de Chile en simposios de escultura. Cada material tiene su propio carácter, su propio diálogo conmigo.
Has dicho que trabajar la piedra es como tomar “la historia del planeta” en las manos. ¿Cómo se traduce esa idea en tu proceso creativo?
Para mí, trabajar la piedra es literalmente conectar con la historia del planeta. Los granitos con los que trabajo tienen, al menos, 250 millones de años. Ahuecar la piedra, dejar que la luz se asome por primera vez después de tanto tiempo, es algo que me fascina. Es como habitar una caverna subterránea de millones de años y traerla a la superficie. Esa fuerza que contiene el tiempo geológico me inspira profundamente y guía mi creación.
En obras como Puente de Luz o Ascenso Pétreo invitas a habitar la escultura. ¿Por qué es importante para ti que el espectador se relacione físicamente con la obra?
Creo que las esculturas de mayor formato, ahuecadas, permiten una interacción más profunda. Invitan a que el espectador no solo las observe, sino que las habite, que se mueva dentro o a su alrededor, creando una experiencia viva. En obras como “Ninguna ciudad es más grande que mis sueños” —un homenaje al poeta Jorge Teillier— y “Raíces” —dedicada al expresidente Patricio Aylwin— he explorado cómo la escala y la dimensión de la obra en el espacio público permiten que las personas se conecten físicamente, generando una relación íntima entre la escultura y su entorno.
Has expuesto en América, Europa, Asia y Oceanía. ¿Qué aprendizajes te deja presentar tu trabajo en contextos culturales tan distintos?
El simple hecho de estar en esos lugares es un aprendizaje enorme. Por ejemplo, en la mezquita Santa Sofía, en Estambul, vi un muro de mármol que separa a los fieles de los religiosos, con pequeños huecos que permiten entrever la misa. Esa experiencia me inspiró para pensar en la habitabilidad en mis esculturas, en cómo el espacio puede invitar a habitarlo desde distintas perspectivas. Viajar abre el sentido del arte y nos conecta con otras formas de ver y sentir.
En tu reciente exposición “Días de Arte” en Bolivia, lograste una conexión especial con el público. ¿Qué significó para ti llevar tus esculturas a este encuentro y cómo fue la experiencia?
Parte de las obras que expuse fueron creadas en Bolivia, como una pieza inspirada en el toborochi, un árbol endémico y símbolo de Santa Cruz. Poder traducir esa imagen tan icónica en una escultura y recibir la respuesta honesta y emotiva del público fue conmovedor. Además, el compromiso de la gente con el arte en Bolivia es impresionante; en una exposición previa en Santa Cruz, más de once mil personas visitaron la muestra en un mes. Eso habla del valor cultural que tiene el arte en sus vidas.
Has coordinado simposios de escultura que han dejado huella en espacios públicos. ¿Qué valor tienen estos encuentros para la ciudad y para los artistas?
El espacio público es el lugar natural para la escultura. Participar en la renovación del paisaje urbano a través de estas intervenciones es muy importante para mí. Liderar estos eventos artísticos, a través de “Puentes” —la productora cultural que manejo junto a Beatriz Castro—, ha sido un orgullo y una satisfacción enorme. Hasta ahora hemos instalado 128 esculturas en espacios públicos y mixtos, dejando una huella tangible y viva en la ciudad.
¿Cómo ves el futuro de la escultura contemporánea en Chile?
Creo que las nuevas generaciones de escultores están trabajando sin ataduras, ni materiales ni conceptuales. Siento que vienen nuevos aires para la escultura nacional, más frescos y libres. Mientras sigan existiendo concursos que impulsen la escultura en el paisaje urbano, nuestra disciplina seguirá más viva que nunca. Destaco especialmente el trabajo de la Comisión Nemesio Antúnez en ese sentido.
Si tuvieras que definir tu filosofía artística en una sola frase, ¿cuál sería?
“La vida entre piedras deja una montaña de recuerdos.” Para mí, la escultura es un camino de autoconocimiento, un descubrimiento personal a través de la materia subterránea. Esa conexión sensorial y profunda nos ancla a una historia andina, a estar presentes en el tiempo y el espacio.
¿En qué proyectos estás trabajando ahora y qué nuevos desafíos materiales o conceptuales te gustaría explorar?
En mi última exposición, “Coexistir pétreo”, exploré obras murales que le dan un matiz distinto a mi trabajo escultórico. Mi intención es seguir replanteando mi obra, dándole nuevas vueltas y desafíos. Siempre estoy desarrollando proyectos nuevos, buscando crear piezas que realmente impacten al espectador y que me permitan crecer como artista.







