José Miguel Viñuela: “Aprendí a conocer la madurez emocional”

Tocó el cielo televisivo antes de los 30. Masticó prematuramente el éxito, y le terminó pasando factura. ¡Le dio todo a la tele! Se casó joven, pero el matrimonio duró apenas ocho meses. Pero el sueño de ser padre no era transable y, casi llegando a los 40, comenzó a cotizar un vientre de alquiler, hasta que conoció a su actual esposa y todo cambió.

Pese a ser durante años uno de los animadores más populares de la televisión chilena, un episodio puntual lo marcaría públicamente colocándolo en el centro de la crítica social. Para más remate una estafa millonaria le arrebató gran parte de sus ahorros.

Entender su presente sin mirar ese pasado es imposible. Hoy, a los 51 años, José Miguel Viñuela habla de paz, de estabilidad y de una vida que finalmente se ordenó. Su concepto de éxito cambió. Bajó las revoluciones. Reordenó prioridades. Y encontró en su familia su verdadero centro. Actualmente realiza charlas motivacionales donde la resiliencia es el eje principal.

  • Entrevista: Pablo Yutronic
  • Maquillaje y Pelo: Ely Gaby
  • Fotos y producción : Guille Vargas Pohl
  • Vestuario: Ferouch
  • Locación: Carmine, Casa Costanera

Supo conducir uno de los programas más exitosos de la televisión chilena: Mekano. Un fenómeno de baile, juventud y energía que marcó época. Su estilo de juego siempre lo mantuvo, con esa alegría, humor y revoluciones a todo dar, impregnándolo en matinales y programas de concurso de los que participó y lideró. Todo era un éxito. La verdad… casi todo.

El fin de Mekano coincidió con su primer gran quiebre personal: un matrimonio que no prosperó más de un año. Desde ahí comenzaría su primer gran punto de inflexión, iniciando un viaje interno que perdura hasta hoy. Más tarde, en 2016, perdería sus ahorros tras una estafa millonaria. Y en 2020, un episodio en televisión abierta lo pondría nuevamente en el centro de la polémica, derivando en su salida de Mega y una fuerte exposición en redes sociales.

Hoy lo recibe la cámara con calma. Sonríe fácil. Está relajado durante la sesión de fotos para Costa Magazine, realizada en el restorán Carmine de Casa Costanera. Su risa es inconfundible, una marca registrada. Disfruta el momento. Cuando termina la sesión, se acomoda en la mesa para una conversación más íntima. “Tomémonos una copita de vino”, dice entre risas. La disposición está, se nota, se percibe, y, sobre todo, se siente que tiene mucho que contar. Sin más, empezamos.

¿Cómo defines tu presente a los 51 años?

Me siento con mucha paz y tranquilidad. Y, sobre todo, con una madurez emocional que me costó mucho alcanzar. En la época más intensa de la televisión, con Mekano y todo eso, era un gallo tremendamente inmaduro emocionalmente. Muy inmaduro. Me costó un matrimonio que duró solo 8 meses, precisamente por enfocarme demasiado en la tele, le di la vida, y no le di importancia a cosas que hoy entiendo que son las realmente importantes.

¿Qué te ha llevado a replantearte tu perspectiva de la vida?

Hoy me siento una mejor persona. Más calmado. Mis cuatro hijos y mi señora son todo para mí. Después de todo lo que me ha pasado, entendí cuál es el verdadero amor de la vida: la familia. En mi caso estaba destinado a venir a la vida a formar una familia.

¿Siempre quisiste ser papá? Lo fuiste recién a los 40…

¡Siempre, siempre! Después de mi separación tuve varias relaciones, conocí distintas personas, pero me di cuenta de que el problema era mío. Cuando las cosas se ponían más serias, yo me frenaba. Era honesto y lo decía: no estaba preparado.

El tiempo pasó y, cerca de los 40, empecé a explorar la posibilidad de un vientre de alquiler en Argentina. Yo quería ser papá igual, solo o acompañado. En ese proceso conocí a mi actual esposa. Ella se había separado hacía poco. La invité a comer, muy piola, porque al principio no quería saber nada conmigo (ríe). Pero nos fuimos conociendo, y ahí lo tuve claro y dije: “acá me quedo, ella es”. Y así fue.

¿Ha cambiado tu concepto de éxito?

Completamente. Para mí el éxito era ser el número uno en la televisión. Quería ser el mejor animador de Chile. Pero aprendí con el tiempo que todos tenemos una época. Al final el éxito es transitorio ¡Lo que pasa que a mí me tocó muy chico! Si tú analizas a los animadores hoy en día, hay muchos que explotaron antes, y otros después.

Pero más allá de todo eso, tener éxito para mí, es tener paz en la vida. Es despertarme en la mañana sin deberle un mango a nadie. Sin cargas. Vivo mi vida tranquilo y feliz. Para mí el éxito es la familia que tengo. Lo demás va y viene.

¿El “Viñuela personaje” te pasó la cuenta?

Sí, 100%. Me pasó la cuenta no haber tenido filtro para muchas cosas, ni un cable a tierra para otras, y también mi ansiedad —que tengo diagnosticada hace años— terminó pasando la cuenta. ¡Ojo, sin ser nunca un gallo mal intencionado! Pero sí, totalmente. Era un tipo que perfectamente podía generar que la mitad de Chile me detestara y la otra mitad me quisiera. ¿Pero sabes qué? Hoy miro hacia atrás y es muy valioso poder entender todo eso en perspectiva, sacar lecciones y crecer. Efectivamente hoy no estoy en la primera línea de la televisión, pero con todo lo que he aprendido, al final soy feliz con lo que soy y lo que tengo.

¿Hiciste las paces contigo mismo?

A los 40 años, ¿hay un antes y un después en mi vida?: ¡Totalmente! ¡De todas maneras! Y si me preguntas por el Viñuela entre los 25 y los 35 años, “era un saco de hueas”. Pero ahora, a mis 51, es otra historia. Mis gustos y mis pasiones ya no tienen nada que ver con la televisión. Yo a los 25 años moría por la tele, era capaz de hacer cualquier estupidez. Pero hoy me siento en mi centro. Creo ser un buen ser humano, un buen papá, un buen marido, un buen hijo, un buen hermano.

No es que entierre ni odie mi pasado, pero hoy no me identifico en absoluto con ese Viñuela que andaba saltando, hueveando de arriba abajo, haciendo el loco. Estoy muy lejos de ese personaje, porque aprendí a conocer la madurez emocional.

¿En qué momento te decepcionaste de la televisión?

Creo que fue cuando ocurrió el episodio del corte de pelo. Ahí me decepcioné profundamente de colegas, de pares, de personas que me conocían, con las que carreteaba, con las que conversaba de todo. Gente con la que fui muy cercana y que después salió en los medios haciéndome bolsa.

En ese momento aprendí a levantar una coraza y a darme cuenta de que mis verdaderos amigos no están en la televisión. En la tele no existen las amistades, aunque algunos puedan decir lo contrario. Son vínculos que duran mientras estás arriba de la pelota, pero cuando bajas, desaparecen: no te invitan nunca más a nada.

Y eso lo sostengo porque lo he vivido, y porque también lo he visto en gente a la que le ha pasado algo similar.

¿Volverías a un canal grande? A la primera línea como se dice…

No reniego de eso en lo absoluto. Pero me gustaría más bien hacer un formato de entretención, los prime de concursos, de destreza, de las cosas que yo hacía antes. Obvio, feliz. Pero no podría ser un José Antonio Neme. Él es único, junto con —me atrevería a decir— Julio César Rodríguez. Me parecen tipos inteligentes, chistosos, con opinión, que lo tienen todo.

Yo al final entendí, y lo que he sacado en limpio con el tiempo, que “pasteleros a tus pasteles”. Hay cosas que no volvería a hacer, como, por ejemplo, nunca más meterme en política.

¿En qué momento participaste?

En el primer gobierno de Piñera, el Piñera uno. Animé un par de eventos por ahí, eventos que no cobraba, los hacía gratis. Pero lo que vi adentro no me gustó, y dije “nunca más”. Y así ha sido. No me gustó ver personas que se destrozaban entre ellas y que después aparecía uno que era ministro del otro, y así.

Hoy en día detesto la política, detesto cómo está la política, detesto a los políticos como están. La clase política la encuentro una mierda, y creo que la gran mayoría de la gente piensa igual, por todo lo que hemos visto. Yo si bien tenía una alternativa, no me volvería como comunicador a meterme ni a participar en política. Fue la peor hueá que hice en mi vida, no lo volvería a hacer jamás.

¿Crees que la gente te quiere hoy?

Yo creo que hoy día la gente me quiere más de lo que me quería. Porque el gallo que me tenía mala, creo que de alguna manera empatizó con el dolor. Mira, yo me equivoqué, pedí perdón y pagué. Y creo que la gente eso lo ve en mí. Cuántas personas en Chile —empresarios o políticos— se han cagado al sistema, han dejado de pagar impuestos, lo que genera un daño a la gente, y se han hecho los hueones, y jamás han pedido perdón. Esos tipos no han pagado ni un cuarto de lo que pagué yo.

Y lo otro, como complemento, es que en esas plataformas donde digo lo que pienso —en los lives, en los podcasts— soy como soy realmente. Cosa que en la televisión abierta es difícil hacer. Al mismo tiempo, aprendí a entender que nunca vas a ser del gusto del 100% de la gente.

¿Qué te motivó a hacer charlas motivacionales?

Creo que tiene que ver con la persona que soy hoy. Entré a los 50 y me vino otra crisis, y me dije: “Ya compadre, no voy a tener más de lo que tengo”. Tengo a mis hijos, mi señora, una vida estable… ¿qué más?

Al final quiero transmitir lo que yo pude aprender en la televisión, devolverlo a través de la ayuda a la gente, compartiendo experiencias en charlas donde el foco es la resiliencia, y donde el mensaje es que “lo que no te mata, te hace más fuerte”.

Finalmente, trato de entregar herramientas concretas de cómo se sale adelante, más allá de comparar experiencias con los asistentes de las charlas.

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