Desde los cielos estrellados del desierto de Atacama hasta los bosques y humedales del sur de Chile, Natalia Ekelund transforma cada instante capturado en una historia. Sus fotografías no solo muestran la belleza de la fauna y los paisajes, sino que invitan a detenerse, contemplar y comprender la fragilidad del mundo natural. Cada imagen es un llamado a la reflexión, a la conexión y a la protección de los ecosistemas que nos rodean.
- Relato: Cristian Muñoz
- Fotografías: Natalia Ekelund
- Instagram: @ekelundfotos
Para Natalia Ekelund, la fotografía de naturaleza es mucho más que una expresión artística: es una herramienta de conocimiento y conservación. Cada imagen que captura busca provocar una reflexión, una pausa, una conexión emocional con el entorno. Su trabajo invita a mirar el mundo natural no como un paisaje lejano, sino como un sistema vivo del que somos parte.
Nacida en Valparaíso y criada entre colinas y brisa marina, desde niña creció mirando documentales de National Geographic y Discovery Channel. Aquellas imágenes encendieron en ella una fascinación temprana por la naturaleza y por las historias que esta guarda. Su madre, amante de la fotografía, fue quien le mostró la magia de atrapar un instante. Con apenas ocho años, Natalia recibió su primera cámara análoga: un pequeño tesoro que le reveló la emoción de capturar recuerdos propios.
“Recuerdo la primera vez que fui a revelar mi rollo, no eran fotos muy buenas, pero me sentí tremendamente feliz”, dice entre risas. Aquella sensación de asombro infantil aún la acompaña. Con los años, la tecnología cambió, llegaron las cámaras digitales, las réflex y las mirrorless, pero la esencia siguió siendo la misma: observar el mundo con curiosidad y respeto.
UNA VOCACIÓN QUE DESPIERTA
Aunque la fotografía la acompañó desde siempre, su camino profesional comenzó en otra dirección. Siguiendo la tradición familiar, estudió Contador Auditor en la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso. Sin embargo, pronto comprendió que su inquietud iba por otro sendero. “Siempre fui una persona muy activa, me costaba estar encerrada en una oficina. Necesitaba salir, conectar con la naturaleza”, recuerda.
Durante años alternó su trabajo en contabilidad con escapadas al aire libre. A los 19, su madre le regaló una cámara réflex con lente intercambiable, y ese gesto marcó el punto de inflexión. Empezó a mirar el entorno con una nueva perspectiva: la de quien busca historias que no se cuentan con palabras, sino con luz.
En 2018 decidió invertir en su primer equipo profesional y explorar el modo manual, experimentando con cada parámetro hasta entender cómo domar la luz y el movimiento. Fue un aprendizaje autodidacta, hecho de ensayo y error, pero también de una pasión inquebrantable.
“Fui aprendiendo moviendo botones de un lado a otro”, confiesa. “Después comencé a seguir en redes a fotógrafos de fauna y me impresionaba lo que hacían. Pensaba que jamás podría lograr algo así. Pero poco a poco entendí que el secreto estaba en la paciencia y la observación.”
ENCUENTROS CON LA NATURALEZA
La compra de su primer teleobjetivo, un 200-500 mm, le abrió un mundo completamente nuevo. De pronto, los animales que antes parecían distantes se convirtieron en presencias íntimas y reales. Sus ojos descubrieron detalles invisibles: el brillo de un plumaje, la textura de una piel, la mirada alerta de un ave en vuelo.
A través del lente, Natalia empezó a conocer la fauna chilena en profundidad. “Comencé a estudiar sus hábitos, sus comportamientos, sus movimientos. Cada especie tiene su ritmo, y uno tiene que aprender a adaptarse a él”, explica. Esa convivencia prolongada con la naturaleza no solo la hizo mejor fotógrafa, sino también una observadora más consciente.
Su lema, “conocer para proteger”, resume la filosofía que guía todo su trabajo. Para ella, no hay conservación sin conocimiento, ni conocimiento sin empatía. “No podemos cuidar lo que no sabemos que existe. Por eso es tan importante mostrar, divulgar, contar las historias de estos seres maravillosos que nos rodean.”
Una de esas historias ocurrió durante una jornada en el sur de Chile. Mientras permanecía inmóvil entre los pastizales, un pudú —el ciervo más pequeño del mundo— se le acercó con una confianza inesperada. “Fue un momento muy emocionante. Se acercó tanto que perdí el enfoque. Solo pude quedarme quieta, contemplándolo. Sentí que la naturaleza me estaba regalando algo único.”
La experiencia la marcó profundamente. Desde entonces, se ha convertido en una voz activa en la defensa de la fauna nativa. “El pudú sufre constantes amenazas: atropellos, ataques de perros, pérdida de hábitat. Hay que recordar que ellos estaban aquí antes que nosotros; somos los invasores de su territorio”, advierte con convicción.
FOTOGRAFIAR PARA CONCIENTIZAR
En los últimos años, esta apasionada fotógrafa ha encontrado en las redes sociales un espacio para divulgar su trabajo y su mensaje. Desde su cuenta @ekelundfotos comparte imágenes de paisajes, aves, mamíferos y cielos estrellados, acompañadas de reflexiones sobre conservación. “El lenguaje visual es una herramienta poderosísima para generar conciencia”, afirma.
Su trabajo ha sido reconocido por distintas marcas tecnológicas y ambientales. Es Partner de Sony Alpha y embajadora de empresas como Samsung y Gnomo, además de colaborar con iniciativas que promueven la educación ambiental y la observación responsable de fauna.
Lejos de buscar fama o seguidores, su propósito es otro: inspirar a que más personas salgan a observar el entorno con respeto. “Mucha gente vive en la ciudad, trabaja todo el día, y nunca tiene contacto con la naturaleza. Si mis fotos logran despertarles curiosidad o ganas de cuidar lo que nos rodea, siento que mi trabajo cumple un sentido.”
Su disciplina se refleja en la forma en que se prepara para cada salida. Antes de una sesión, revisa la zona, estudia el comportamiento de las especies, analiza la luz y adapta su equipo. En sus talleres enseña a ajustar la cámara según la escena y a priorizar siempre el bienestar del animal por sobre la imagen. “Prefiero perder una foto antes que interferir en su comportamiento”, dice con firmeza.
EL ARTE DE ESPERAR
En su práctica fotográfica, la paciencia es tan importante como la técnica. Natalia Ekelund habla de la “observación inmóvil” como una forma de meditación: quedarse quieta, respirar, dejar que la naturaleza siga su curso. Esa quietud, que podría parecer pasiva, es en realidad un acto de profunda conexión.
Cada fotografía es el resultado de un encuentro honesto entre ella y su entorno. “No busco solo una imagen bonita; busco transmitir respeto y asombro. Que quien vea mis fotos entienda que ese momento fue real, que ese animal vive ahí, que debemos protegerlo.”
Sus viajes por Chile la han llevado desde los desiertos de Atacama hasta los bosques australes, pasando por los lagos, montañas y humedales que resguardan una biodiversidad única. Cada destino le ofrece un nuevo desafío técnico y una nueva lección emocional. “Cuando estás en la naturaleza, aprendes humildad. Entiendes que no controlas nada, que solo puedes esperar el instante justo.”
DE LA CONTABILIDAD A LA CONSERVACIÓN
Hoy, esta talentosa e inquieta viñamarina combina su trabajo en áreas de contabilidad y asesoría empresarial con su carrera fotográfica, dedicando la mayor parte de su tiempo a proyectos de naturaleza, talleres y divulgación. “Mi vida cambió completamente. Encontré una pasión que me llena el alma, algo que no sabía que tenía dentro.”
Su historia es también un recordatorio de que los caminos no siempre son lineales. “Estudié algo que me daba seguridad, pero no felicidad. Y eso es algo que muchos vivimos. Lo importante es atreverse a seguir lo que realmente nos mueve.”
Más allá de las cámaras, la fotografía se convirtió para ella en una forma de reconciliar ciencia, arte y propósito. Una herramienta para observar con detenimiento, para entender y cuidar.
Hoy, mientras mira sus imágenes —zorros en el altiplano, cóndores en vuelo, cielos que parecen infinitos—, Natalia sabe que cada disparo es una declaración de amor y respeto por la vida. “La fotografía me enseñó a mirar distinto, a entender que todo está conectado. Y si logramos que más personas vean eso, quizás todavía estemos a tiempo de proteger lo que amamos.”
Porque, al final, su obra no es solo una galería de paisajes y fauna. Es un llamado sereno y firme a mirar el planeta con otros ojos: los de una fotógrafa que, cámara en mano, decidió convertir la belleza en conciencia.











